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Bálsamo para el 'brexit' norirlandés

Una parte de la población se planteaba unirse a la República de Irlanda

Vista del Ayuntamiento de Belfast.

Vista del Ayuntamiento de Belfast. TURISMO DE IRLANDA DEL NORTE

Los norirlandeses vivían hasta este fin de semana con incertidumbre e inocultable temor un "Brexit" capaz de dinamitar su frágil sosiego actual, de cerrar de nuevo su frontera de más de 400 kilómetros con la República de Irlanda y de provocar el naufragio de su próspera economía, a flote desde el fin del sangriento conflicto protagonizado por el Ejército Republicano Irlandés (IRA) durante tres décadas.

El flamante acuerdo alcanzado entre Bruselas y Londres concluye que no habrá "frontera dura" entre las dos "Irlandas" a la vez que garantiza "la integridad del Reino Unido", dos premisas aparentemente contradictorias que siguen manteniendo en vilo a los habitantes de la isla.

"Seguimos sin saber lo que va a pasar", lamenta Fergus Boyle, un conductor de autobuses, a las puertas del Hotel Europa, el más bombardeado del mundo durante aquel largo episodio bélico y donde se hospedó el presidente estadounidense Bill Clinton cuando acudió a la firma del Acuerdo de Viernes Santo de 1998 que pacificó Belfast sin acabar con la desconfianza entre los nacionalistas católicos, históricamente partidarios de unirse a la República de Irlanda o incluso de la independencia, y los protestantes, firmemente decididos a seguir en el Reino Unido. Poco más de la mitad de los norirlandeses votó en contra de la salida de Europa, y el "Brexit" amenazaba con reavivar la histórica pugna entre las dos comunidades de menos de dos millones de habitantes asentados en 14.130 kilómetros cuadrados, poco más que la región de Murcia.

La capital de Irlanda del Norte ha vivido con una tensión máxima el indeseado abandono de la Unión Europea. Sería un drama si el acuerdo de ayer no acabara con nuestros temores, claman los combativos vecinos de Belfast, que ven con desazón un negro futuro para su floreciente economía con una envidiable tasa de paro del 4 por ciento a pesar de convivir con las secuelas de muros y de una segregación indisimulada tras 30 años de choques violentos entre católicos y protestantes.

Mirada atrás

La oscuridad del panorama invitaba a muchos norirlandeses a volver temerosos la mirada atrás y a plantearse la posibilidad de un referéndum para unirse a la República de Irlanda creada en 1949 por el tratado anglo-irlandés de 1922 que dividió en dos a esta isla de origen celta, rica en mitologías y salpicada de monasterios consagrados a su patrón San Patricio, una isla que sufrió en el siglo VIII la barbarie de los vikingos y recibió cuatro siglos después la influencia inglesa-normanda con sus deslumbrantes castillos y fortalezas. "Somos una curiosa mezcla de escoceses, irlandeses e ingleses", explica la guía turística Mairead Sweeney, mientras muestra orgullosa las exuberantes vistas del norte de la isla, a dos horas en coche de Belfast, donde fueron rodados varios capítulos de la exitosa serie de HBO "Juego de tronos".

Son las rutas que según la tradición recorren los muertos de tumbas cercanas para agrandar el misterio de "The Dark Hedges", la mágica avenida de hayas entrelazadas que plantó en el siglo XVIII la familia Stuart, descendiente del rey Jaime I de Escocia y emparentada con la española Casa de Alba, con arraigo en el condado norirlandés de Antrim, que tanto inspiró a Edgar Allan Poe.

Dos siglos antes había comenzado la colonización inglesa de la católica isla del trébol por orden de Enrique VIII tras romper con la iglesia de Roma. Temeroso de Felipe II de España y de Francisco II de Francia, "ordenó el cierre de todos los monasterios y empezó a traer a ingleses a estas tierras", explica Sweeney al pasar por La Calzada del Gigante, una formación rocosa en forma de columnas hexagonales de basalto formada hace 60 millones de años a la orilla del mar del Atlántico Norte donde la Armada de Felipe II dejó de ser invencible en 1588 cuando 24 barcos españoles se hundieron frente a las escarpadas costas de la isla.

Cerca de este extraordinario paisaje que Led Zeppelin inmortalizó en su disco "Houses of the Holy" naufragó la galeaza "Girona". Frente a los acantilados de Lacada Point, una tormenta huracanada de viento Norte acabó con las esperanzas de huir a Escocia de los marineros de la "Girona" comandados por Alonso Martínez de Leiva, cuyas pertenencias, incluida la salamandra de oro y rubíes que a modo de amuleto llevaba la tripulación en el malogrado barco, se exponen hoy como trofeos en el Museo del Ulster de Belfast.

La historia de Irlanda del Norte está muy ligada a la emigración, sobre todo a los Estados Unidos. Nada menos que 16 de los presidentes norteamericanos son de origen gaélico, desde Andrew Jackson en 1830, hasta los más recientes John Fitzgerald Kennedy, Ronald Reagan, Bill Clinton o los Bush. El éxodo iniciado en el siglo XVII por los presbiterianos fue seguido en el XIX por los católicos, empujados por la gran hambruna que dejó sin patatas a Irlanda entre 1845 y 1849.

La verdadera ocupación de la isla se produjo a principios del siglo XVII cuando el anglicano Jaime I de Inglaterra e Irlanda y VI de Escocia (1566-1625) se propuso dominar el católico Ulster y entregó este paraíso verde a sus seguidores. Las tensiones se dispararon entonces dando origen a la primera crisis religiosa y de identidad entre los pacíficos irlandeses.

Con Jaime II de Inglaterra y VII de Escocia (1685-1688), el último rey católico de lo que después sería el Reino Unido, llegó el primer gran enfrentamiento entre los unionistas protestantes que lideraba Guillermo de Orange y los jacobitas, derrotados en 1690 en la Batalla del Río Boyne. Los católicos lo perdieron todo en aquel choque que los unionistas celebran bulliciosamente cada año, pero en 1800 reclamaron un Parlamento en Dublín independiente de Londres, que no consiguieron hasta la división de la isla en 1922, primer gran paso hacia la República de Irlanda, fundada en 1949.

En Irlanda del Norte presumen de ser como el ave fénix que resurge de sus cenizas. Con una gran riqueza agrícola se muestran aún inquietos por el futuro de sus exportaciones antes de conocer la letra pequeña del acuerdo alcanzado entre la primera ministra británica, Theresa May, y el jefe de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. "Hemos remontado la separación de la isla de 1922, el bombardeo de los alemanes de 1941 durante la Segunda Guerra Mundial y el conflicto entre católicos y protestantes que comenzó en 1969", celebran varios viandantes en Belfast cerca de donde se levanta el R. M. S. ''Titanic'', un imponente museo y un hotel de lujo que ocupa las oficinas en las que fue diseñado el transatlántico. El museo es desde hace cinco años un reclamo turístico de la capital del Ulster que vivió durante varios siglos del lino para dedicarse después a la construcción de barcos en el astillero de Harland&Wolff, motor de la economía gaélica hasta hace menos de una década. El altivo transatlántico, de la White Star Company, que con soberbia apodaron "el insumergible", se llevó por delante la vida de 1.517 personas tras chocar contra un iceberg en la noche del 14 de abril de 1912, doce días después de salir del dique seco de Belfast para partir desde Southampton rumbo a Nueva York.

Las cuatro proas del museo diseñado por el arquitecto norteamericano Erik Kuhne con una estructura de cristal en el medio, en recuerdo del fatídico bloque de hielo que hundió el barco, iluminan con sus placas de aluminio una ciudad de 500.000 habitantes aún marcados por los años de plomo del IRA, el brazo armado del Sinn Féin, católico y republicano, que nunca aceptó la soberanía de los británicos en su territorio. Católicos y protestantes viven en paz, pero sin mezclarse, sobre todo en los barrios del Oeste, donde un inmenso muro vallado separa a las dos comunidades hasta el punto de que cada noche se cierran las puertas para bloquear el paso de un lado al otro. El color verde que distingue a los católicos en Belfast sigue sin casar con el naranja, en homenaje a Guillermo de Orange y a su victoria en el Río Boyne, de los protestantes.

Años duros

"Aquí nadie se atreve a cruzar el muro", o líneas de paz, como las llaman con ironía, en un barrio en el que unos y otros se provocan mutuamente con el menor pretexto. Y eso que la paz fue firmada hace ya veinte años después de que una escalada de atentados dejara por el camino más de 3.500 muertes. "Fueron años muy duros", reconoce Laura McAuley, una norirlandesa protestante frente al Parlamento construido en 1932, actualmente cerrado a cal y canto desde el pasado enero al romperse la extraña coalición que mantenían desde hace años los republicanos europeístas del Sinn Féin de Gerry Adams con los populistas de derechas y euroescépticos del Partido Unionista Democrático (DUP), hoy aliado de Theresa May en Londres. La situación está tan enconada que Westminster prepara excepcionalmente unos presupuestos para los norirlandeses mientras trata de cerrar en la Unión Europea el debate sobre el nudo gordiano irlandés.

Entre tanto, el "Titanic" reflota reconvertido en museo en la capital de Irlanda del Norte como una poderosa atracción turística, cerca del mismo dique seco donde fue construido. "The Titanic Experience" resulta una visita inolvidable por las nueve salas temáticas para revivir la historia de aquel desafiante reto que no llegó a puerto en su viaje inaugural.

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