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El auge del malestar

La polarización de la estructura social, con la merma de la clase media, conduce a que también se extreme la política

La desconfianza en las instituciones, la desafección, el ascenso de los extremismos y los populismos, el desencanto con el sistema liberal y el auge de los nacionalismos y el proteccionismo están directamente conectados con la dinámica de regresión que vive la clase media y con el infortunio de los perdedores de la globalización, origen y causa de un malestar social al alza. Cuando la estructura social se polariza hacia los extremos, la política también lo hace. Lo admitió el FMI en 2017 al ligar "las políticas aislacionistas" con la "elevada desigualdad de ingreso" y se ha visto en las pulsiones electorales en los territorios desindustrializados.

El brexit, la guerra comercial, las tensiones sociales en diversos países (caso de los chalecos amarillos en Francia) y la llegada al Gobierno (como ocurrió en Italia) de fuerzas populistas eurófobas drenaron el crecimiento, explican -según todos los analistas- la desaceleración internacional de los dos últimos años (la Comisión Europea les atribuyó hace un año la merma de 0,5 puntos porcentuales en el PIB de la UE) y marcaron la pauta de los mercados financieros con alzas y bajas al compás de estos fenómenos. La revisión a la baja en 0,1 puntos el pasado día 19 por el FMI de sus proyecciones mundiales de crecimiento hasta 2021 tuvo en cuenta el malestar social como un factor negativo.

Las sociedades muy desiguales tienen además una mayor tasa de delincuencia, como expresó en 2014 el Banco Mundial y como constató en 2015 el centro de reflexión liberal Civismo para las regiones españolas tomando como referencia la tasa de paro. Y la inseguridad tiene un elevado coste social y económico. En el caso de América Latina (el área más desigual del planeta) la violencia resta 0,5 puntos porcentuales al PIB, según estimó en 2015 el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

El coste de la inseguridad también es político porque, al igual que la desigualdad, favo-rece a las fuerzas populistas. Y los populismos, aunque tienden a impulsar la economía en un primer momento, acaban por frenarla, según documentaron los economistas Sebastián Edwards y Rudi Dornbusch. Y cuando eso ocurre, la salida natural es el autoritarismo, que, como dijo en enero Oxfam Intermón, acentúa aún más la brecha entre ricos y pobres.

La democracia, señaló el gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos en mayo de 2019, genera "crecimiento económico en el largo pla- zo". Por lo tanto, a nadie le incumbe más que al orden liberal su propia legitimación social con políticas que atenúen las desigualdades y no cronifiquen los agravios.

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