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La crisis azota más fuerte por oriente

La mayor dependencia del turismo destroza las economías de Fuerteventura (-30,1%) y Lanzarote (-27,9%)

Autovía de Fuerteventura vacía de circulación a su paso por Corralejo. | | CARLOS DE SAÁ / EFE

Autovía de Fuerteventura vacía de circulación a su paso por Corralejo. | | CARLOS DE SAÁ / EFE

Tómese la irrefutable afirmación de que Canarias no va a recuperar el paso hasta que lo haga la actividad turística y trasládese a aquellos puntos del Archipiélago en los que la industria alojativa es no solo el corazón, sino el conjunto de los órganos vitales que permiten el latir de sus economías. El lugar de llegada de ese viaje es el extremo más oriental el Archipiélago. En el conjunto de la comunidad autónoma, el producto interior bruto (PIB) se despeñó un 20,77% por el parón al que obligó el estallido de la pandemia global. Dicho esto, cuesta encontrar un verbo que describa el comportamiento de ese mismo indicador en Fuerteventura y Lanzarote. ¿Se descalabró, se hizo jirones, entró en coma? Cuando las cosas de comer están de por medio, la semántica no pasa de ser un mero juego floral. Volvamos entonces a los números para constatar entre unos dedos que, sobre el rostro, no impiden del todo ver el tamaño de desastre que en Lanzarote se volatilizaron 1.048 millones de euros durante 2020 y 798 millones, en Fuerteventura.

En la primera, la actividad económica se contrajo un 27,9%; en la segunda, un 30,1%, según la Contabilidad Regional que ofrece el Banco de España. Es decir más de siete y nueve puntos, respectivamente, que el conjunto de Canarias.

Esa mayor gravedad de la herida se observa en todos los flancos. Cuatro de cada diez puestos de trabajo existentes en el Archipiélago dependen en mayor o menor medida del turismo. Y de nuevo salen peor paradas las dos islas más orientales, donde esa proporción se eleva hasta seis o, incluso en algunas zonas, siete de cada diez. En Fuerteventura había al finalizar el mes de junio 14.388 parados, un 50,5% más que en febrero de 2020, justo antes de que se decretara el primer estado de alarma y se caminara a toda velocidad hacia el cero turístico. El incremento es aún más grave en Lanzarote, donde las 19.282 personas que buscan una oportunidad laboral superan en un 72% a las que se encontraban en dicha situación antes de que el coronavirus detuviera las máquinas.

Volvamos a la comparación que resulta más cercana y coloquemos esos porcentajes junto al que define el comportamiento –también muy malo– del mercado laboral en el conjunto de Canarias. Un nefasto 32% que hasta resulta sano ante el padecimiento de majoreros y conejeros que intentan conseguir un empleo o no perder el que tienen. Con el agravante de que no se considera desempleados a aquellos a quienes ofrece cobijo un expediente de regulación temporal de empleo (ERTE).

Como quiera que el registro de parados en las oficinas de empleo está sujeto a otras variables, como la obligación de trabajar que surge a un buen número de personas cuando el resto de la unidad familiar pierde el puesto, resulta más certero atender a la evolución de la afiliación a la Seguridad Social. Sobre todo porque este indicador esboza la destrucción de puestos de trabajo que el veneno de la crisis ha convertido en fosfatina.

El nefasto 32% de incremento del desempleo que reflejan las Islas desde febrero de 2020 resulta hasta sano ante el padecimiento de majoreros (50,5%) y conejeros (72%)

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Sabiendo de antemano de nuevo que las consecutivas prórrogas de los ERTE anticovid distorsionan a la baja el tamaño del batacazo, Lanzarote ha perdido 6.838 puestos de trabajo, el 11,7% de los que existían al terminar el año 2019. En Fuerteventura fueron un total de 4.072 (-10,06%). De nuevo volver la cabeza hacia lo ocurrido en toda la comunidad autónoma resulta doblemente descorazonador, por la negritud del panorama y por el especial padecimiento de las dos islas más orientales. En toda Canarias se perdieron 60.361 puestos de trabajo, por su equivalencia al volumen de afiliados (asalariados más autónomos), y esa cifra revela una caída relativa del 7,3%.

Retornando al principio, por mucho que los números se sitúen por encima, de largo, del umbral del dolor social, nadie puede sorprenderse. Es la especial dependencia de la llegada de visitantes la que los determina; si (casi) nadie viene, (casi) nada funciona bien. Los esfuerzos desarrollados por la Consejería de Turismo del Gobierno de Canarias y los respectivos departamentos homólogos insulares han resultado vanos.

Los vaivenes de la contagiosidad –local y foránea– han impedido que cristalicen las iniciativas a través de las que se ha intentado demostrar a los mercados emisores que las Islas eran un lugar seguro. Primero se contuvieron las tasas de infectados hasta ser la envidia del resto de España. Para cuando se inició la temporada alta 2020-2021 todo parecía marchar sobre ruedas, pero entonces fue Reino Unido el que echó el freno ante el empeoramiento de la situación dentro de su propio territorio.

Por el camino, costó más de un año convencer al Gobierno central de que el Archipiélago sabía lo que se hacía y bastaban test de antígenos a la entrada y a la salida para garantizar que no se iba a producir una nueva explosión de contagiados y un incremento de la presión hospitalaria. A la postre todo ha dado igual, porque la llegada de la variante Delta ha destrozado todos los planes, con el agravante, además, de que la inexistencia de un estado de alarma impide establecer los fructíferos toques de queda.

Toda la comunidad autónoma ha estado durante todo este tiempo pendiente de la evolución del coronavirus. Ahora, más cerca de la deseada inmunidad de rebaño que convierta la pesadilla en un mal sueño. Y si toda Canarias depende de que ese momento llegue cuanto antes, les ocurre mucho más a Fuerteventura y Lanzarote.

El turismo, en barrena

Los datos de la Encuesta de Movimientos Turísticos en Fronteras (Frontur) revelan que en los cinco primeros meses de este año llegaron a Lanzarote 1,11 millones de visitantes menos que en el mismo periodo de 2019. En ese mismo segmento temporal, la planta alojativa de Fuerteventura ha perdido 660.348 clientes. Esta última isla ha logrado un mayor éxito que el resto de las turísticas a la hora de contener la ausencia de peninsulares (-55,2%). En cualquier caso, eso no le ha evitado la pérdida global del 85,6% de las llegadas.

En Lanzarote, la hemorragia es aún más intensa (-93,3%) por la mayor dependencia del mercado británico, uno de los menos proclives a retomar sus visitas a las Islas hasta la fecha por las continuas restricciones que ha venido imponiendo Downing Street. Tanto Gran Canaria (-87,2%) como Tenerife (-85,3%) también padecen con todo el rigor el impacto de la crisis en el sector turístico. ¿Por qué entonces no acompañan a las más orientales en el fondo del pozo? Porque cuentan con vías alternativas para respirar de las que aquellas carecen.

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