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Aumentan las señales de alerta

La recuperación, el efecto comparativo con el desplome de 2020 y un choque de oferta alientan el alza en el coste de la cesta de la compra por encima del objetivo

Aumentan las señales de alerta

Allí donde se mire, el índice de precios de consumo (IPC) emite señales de alerta de un posible recalentamiento económico cuando hace un año —en plena pandemia— las tasas eran negativas y la economía bordeaba la deflación.

El súbito renacer de la pulsión inflacionaria no debería sorprender. Nada distinto cabría esperar en una recuperación tan aguda y rauda como la que está protagonizando la economía tras el desplome brutal del PIB el año pasado. Y menos cuando los bancos centrales llevan años (seis el BCE y 13 la Reserva Federal de EEUU) volcados en la emisión de dinero a discreción para alentar la inflación y conjurar el riesgo de deflación.

Si ahora el fin buscado está suscitando cautelas y algunas alarmas es precisamente por la respuesta rápida de los precios a los estímulos cuando hasta ahora —y a pesar del hiperactivismo de los bancos centrales— se habían mantenido en una mayor atonía, lastrados por las fuerzas globales desinflacionarias. Y, sobre todo, porque lo que se atisba detrás de la recuperación de los precios no sólo es el triple efecto de la expansión monetaria.

Lo que más inquieta de la elevación de precios es la parte que procede de un choque negativo de oferta a causa de la escasez de materias primas, amén del encarecimiento de los fletes marítimos y sobre todo de la energía. Existe el razonable temor de que la vorágine alcista de algunos inputs y componentes termine por transmitirse al conjunto de la economía por su enorme capacidad de infiltración a lo largo de los procesos productivos, amén del impacto de algunos de ellos en los servicios, dando pie, como efecto de segunda ronda, a una espiral de precios-salarios-precios, que convierta en estructural lo que en principio debería ser coyuntural. El recuerdo de la doble crisis estanflacionaria de 1973 y 1979 sobrevuela en las preocupaciones de los más pesimistas.

El anuncio por la Reserva Federal (Fed) el pasado 28 de agosto de que sopesa el comienzo de una retirada gradual y progresiva de los estímulos monetarios y la decisión del BCE el pasado jueves de aminorar moderadamente desde el mes próximo las compras masivas de activos apuntan a que el debate interno entre halcones (los más exigentes en el control de precios) y palomas (más propensos a primar el crecimiento y el empleo) está empezando a inclinarse del lado de los primeros.

El rebrote de los precios en 2021 tiene parte de su origen en un mero efecto estadístico al establecerse como año base de comparación un ejercicio tan anómalo como lo fue el pasado. Pero la combinación de una demanda en franca recuperación y los choques de oferta deja en una situación comprometida a los bancos centrales. Con tipos de interés en el límite del 0% y unos balances ultraexpansionados, los bancos emisores tendrían dificultades para atajar un eventual descontrol del IPC. La Fed está inyectando en la actualidad 120.000 millones de dólares mensuales y el BCE, 100.000 millones.

El crecimiento económico está siendo vigoroso, con un avance esperado para la economía mundial este año del 6%, según el FMI. La Unión Europea creció en el segundo trimestre el 13,8%; el área del euro, el 14,3% y España, el 19,8%, sólo superada por Irlanda (21,1%). Estas tasas reflejan en todo caso el dinamismo propio de la apertura de compuertas tras un año de parcial confinamiento y el efecto rebote de la vuelta a la normalidad. Y esta reactivación induce a un movimiento de recursos ociosos, promoviendo con ello creación de dinero, demanda y tensiones sobre los precios.

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