Sector Primario
Canarias pierde mil colmenas al año por el cambio climático y los parásitos
La apicultura sufre las consecuencias de la sequía y de los incendios Parte del sector se queja del impacto «negativo» de las abejas foráneas

Un apicultor trabajando sus colmenas. / José Carlos Guerra
La apicultura canaria atraviesa uno de sus momentos más delicados de las últimas décadas. Una auténtica crisis. Los datos oficiales confirman una pérdida continuada de colmenas en el Archipiélago, una tendencia que los profesionales del sector vinculan directamente al cambio climático, la prolongada sequía -de los últimos años- y, en algunas islas, a los incendios forestales, a lo que se suma una mayor presión sanitaria sobre las colmenas por la expansión de enfermedades y parásitos. En solo tres años, Canarias ha perdido más de 3.000 colmenas, lo que equivale a una media de unas mil al año.
Según los registros oficiales, en 2022 se contabilizaban 34.945 colmenas en las Islas; en 2023, la cifra bajó a 34.689; en 2024 descendió hasta 33.733, y en 2025 se situó en 31.884. La caída contrasta con el número de explotaciones apícolas, que ha crecido ligeramente en ese mismo periodo, pasando de 1.251 a 1.315. El dato refleja un sector cada vez más fragmentado, con más apicultores pero menos colmenas por explotación.
Desde Gran Canaria, el presidente de la Asociación de Apicultores de la isla (ApiGranca), Antonio Quesada, explica que la apicultura canaria es mayoritariamente extensiva y depende casi por completo del entorno natural. «Las abejas salen a buscar alimento fuera de la colmena. Si no hay floración por la sequía, la población disminuye y algunas colmenas se pierden», señala. Los últimos años de escasez de lluvias han sido especialmente duros, obligando incluso a recurrir a alimentación suplementaria para evitar mayores pérdidas. «Hace seis años que no tenemos uno bueno», lamenta.
En Tenerife, el presidente de la Asociación de Apicultores de la isla (Apiten), Pablo Pestano, coincide en que el cambio climático es el principal problema, aunque añade los incendios forestales como factor diferencial. «Hemos perdido una parte muy importante de las zonas de explotación apícola. La cabaña se ha recuperado gracias a las ayudas, pero la producción aún está tocada», afirma. Aunque en 2025 se produjo una mejora de las lluvias, ambos coinciden en que aún es pronto para medir su impacto real.
Calidad del producto
A pesar del descenso en el número de colmenas, el sector destaca la calidad del producto. Quesada subraya que en 2025 se obtuvieron «mieles excepcionales, monoflorales y únicas en el mundo», como las de barrilla u hortelanilla, con características organolépticas muy valoradas. Una calidad que, sin embargo, no siempre se traduce en rentabilidad económica. La producción local cubre entre el 20% y el 30% del consumo interno -el resto es importado- y, en muchos casos, se vende de forma directa, fuera de los grandes canales comerciales.
A esta presión ambiental se suma otro problema. El fraude y la competencia desleal en el mercado de la miel. Los apicultores alertan de la venta de mieles importadas que se comercializan como producto local o canario, a precios muy inferiores y sin cumplir las mismas exigencias sanitarias y de producción que se imponen en Europa. Esta situación, advierten, no solo perjudica a los productores, sino que también confunde al consumidor y devalúa un producto ligado al territorio y a la calidad, en un mercado ya de por sí limitado y muy sensible a los costes.
Uno de los puntos donde el sector muestra diferencias es en la entrada de abejas foráneas. Desde Gran Canaria advierten de los riesgos para la abeja negra canaria, una raza autóctona protegida. Quesada alerta de que la introducción sin controles suficientes puede traer enfermedades y afectar también a las abejas silvestres. «Europa subvenciona desde hace décadas la producción con abeja negra, pero faltan controles en campo», lamenta, y denuncia la falta de respaldo institucional al sector.
En Tenerife, la visión es más matizada. Pestano defiende que la clave no es el origen de las abejas, sino cómo entran. «El problema no es lo que viene, sino cómo viene. Si se hace con controles sanitarios y responsabilidad, pueden convivir», afirma. A su juicio, la protección de la raza autóctona está garantizada en varias islas y los apicultores deben poder decidir con qué modelo trabajar.
Donde sí hay consenso es en la fragilidad económica de la actividad y en la necesidad de mayor apoyo estructural. Mientras ApiGranca denuncia sentirse desprotegida y poco escuchada por las administraciones canarias, Apiten reconoce el respaldo del Cabildo de Tenerife, aunque ambos coinciden en que el futuro del sector pasa por la formación, el relevo generacional y la diversificación de ingresos. «No se trata solo de subvenciones, sino de poder vivir dignamente de esta actividad», resume Pestano.
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