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De uno en uno hasta 1.000 euros: así crecen los gastos hormiga en un año

El Banco de España recomienda analizar el destino del sueldo y utilizar aplicaciones para registrar movimientos y detectar patrones de consumo

Varias personas desayunan en una cafetería.

Varias personas desayunan en una cafetería. / José Carlos Guerra

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Irene Mederos

Irene Mederos

Las Palmas de Gran Canaria

Desde el café de un euro durante la pausa del trabajo hasta el pago puntual de la guagua con tarjeta porque el bono se ha quedado sin saldo. Desembolsar uno o dos euros en pequeñas necesidades cotidianas apenas hace que la tarjeta "eche humo". El problema aparece cuando esas cantidades, aparentemente insignificantes, se repiten una y otra vez. Al llegar a final de mes –y, sobre todo, al hacer cuentas al terminar el año– el bolsillo puede acusarlas mucho más de lo esperado.

Es lo que ocurre con los conocidos como gastos hormiga: pequeñas cantidades que se escapan casi sin percibirlas y que, por su frecuencia, terminan adquiriendo un peso considerable en el presupuesto. Basta con imaginar que un consumidor desembolsa 1,50 euros al día en algún gasto espontáneo. Al cabo de los 365 días del año, la suma alcanza los 547,50 euros. Y se trata únicamente de una estimación conservadora, porque en muchas rutinas diarias la factura puede ser bastante mayor.

El ejemplo más sencillo está en el desayuno durante la jornada laboral. Una pulguita de unos 3,50 euros acompañada de un café de 1,50 supone un desembolso de cinco euros. Si esa costumbre se repite durante 20 días laborables al mes, el gasto ronda los 100 euros mensuales y puede superar los 1.000 euros al año si se mantiene de forma habitual. Ninguna de esas compras, tomada de manera aislada, parece suficiente para desequilibrar las cuentas de un hogar. Pero, es precisamente su acumulación, la que termina marcando la diferencia.

Pequeños, frecuentes y difíciles de detectar. Ahí está la razón de que estos desembolsos compartan nombre con las hormigas. Pues bien, avanzan poco a poco y casi sin hacerse notar, pero cuando se observan en conjunto su dimensión es mucho mayor. Un café, un tentempié improvisado, una bebida, un trayecto ocasional o cualquier compra realizada por comodidad pueden acabar formando una partida relevante sin que el consumidor sea plenamente consciente de ella.

A diferencia de las compras impulsivas de mayor importe –por ejemplo, las que pueden producirse durante unas rebajas o un Black Friday–, los gastos hormiga tienen otra particularidad. Resulta que rara vez obligan a detenerse y pensar antes de pagar. Precisamente porque el desembolso es reducido, resulta más fácil justificarlo y repetirlo. El reto, por tanto, no pasa necesariamente por eliminar todos esos pequeños placeres o comodidades, sino por identificar cuánto dinero representan realmente al cabo de una semana, un mes o un año. Solo entonces dejan de ser unos pocos euros dispersos y empiezan a verse como una partida más del presupuesto.

Esta actividad con el dinero es tan común que el propio Banco de España ha publicado al respecto. En un artículo publicado en su blog bajo el título Micro spending o el arte de gastar al tuntún, el organismo advierte de que estos pequeños desembolsos, aparentemente inofensivos, pueden acabar teniendo un peso considerable cuando se repiten de forma habitual.

Entre los factores que alimentan este tipo de consumo, la entidad señala la influencia de las redes sociales, las ganas de "disfrutar de la vida" y la denominada diverflación, una tendencia que lleva a priorizar el gasto en ocio y experiencias gratificantes frente a la compra de bienes o servicios más duraderos. En este contexto, desembolsar pequeñas cantidades puede percibirse como una recompensa inmediata, lo que reduce la sensación de estar realizando un gasto relevante.

El fenómeno resulta especialmente visible entre los adultos más jóvenes, donde el Banco de España detecta una mayor tendencia al consumo impulsivo y apunta, de nuevo, al papel que desempeñan las redes sociales. Aunque las decisiones sobre consumo, ahorro o inversión deberían responder, en teoría, a criterios racionales, en la práctica también intervienen las emociones, los deseos y los valores personales.

Así, el organismo recomienda detenerse a analizar en qué se destina realmente el sueldo y valorar no solo el precio de cada compra, sino también su utilidad y duración. Pone como ejemplo bienes como la ropa —que puede quedar relegada incluso antes de estrenarse— o los teléfonos móviles de última generación, cuyo valor comienza a depreciarse desde el momento de la compra.

El Banco de España introduce, además, otro elemento: el coste de oportunidad. Es decir, qué habría ocurrido si ese dinero, por pequeño que fuera, se hubiese destinado al ahorro o a una alternativa capaz de generar alguna rentabilidad. Para visualizarlo, propone utilizar su simulador de depósitos bancarios y comprobar cuánto podría haber producido con el paso del tiempo una cantidad que, en principio, parecía insignificante.

Entre las principales recomendaciones para mejorar la salud financiera la entidad explica la necesidad de prestar atención incluso a los gastos más pequeños. Para ello, la tecnología puede convertirse en una aliada a través de aplicaciones que permiten registrar los movimientos, identificar patrones de consumo y detectar con mayor facilidad en qué partidas se puede recortar. Analizar de forma periódica los gastos ayuda así a localizar pequeños márgenes de ahorro que, aunque puedan parecer insignificantes al principio, terminan acumulándose y ganando peso con el paso del tiempo.

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