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En concreto

Tambores que no sabemos interpretar

No podemos, en puridad, hablar de recuperación cuando estamos viviendo el fenómeno estadístico conocido como “el regreso a la media”, que es el rebote que se produce después de un gran desplome como el vivido por la pandemia

PIXABAY

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Quienes, como los economistas, vivimos de interpretar señales, andamos muy perplejos en la situación actual. Ha sido tan raro todo lo que ha pasado en el mundo este último año y medio, que nos vemos obligados a analizar la actual situación de mejoría del crecimiento económico, conforme remite la pandemia gracias a la vacunación, con los mismos conceptos e instrumentos que nos valían antes. Aunque algunos pensamos que las cosas han cambiado tanto que hay que echar por la borda buena parte del arsenal de análisis y prescripción que aprendimos en los libros.

Empezando por la terminología. No podemos, en puridad, hablar de recuperación cuando estamos viviendo el fenómeno estadístico conocido como “el regreso a la media”, que es el rebote que se produce después de un gran desplome como el vivido por la pandemia. En puridad, cuando regresemos al nivel de PIB de 2019, entraremos en la verdadera recuperación que nos acercará al potencial de crecimiento perdido durante estos tres años. 

Algo similar ocurre con la inflación. La actual subida de precios en USA (5%), España (3%) y, en general, en la OCDE (4’2%), ¿es inflación, o solo un alza temporal de algunos precios debido a problemas transitorios? Recordemos que, no hace tanto tiempo, la moda era hablar de “la inflación perdida” porque llevábamos meses con precios cercanos a cero, a pesar de las ingentes cantidades de dinero puestas en circulación por los bancos centrales, financiando buena parte de las medidas presupuestarias de estímulo aprobadas para compensar el impacto de las restricciones sanitarias.

Las tasas de crecimiento y creación de empleo que estamos viendo ahora en toda la OCDE son, en cierto modo, un espejismo. Porque venimos de muy abajo y, también, porque se están consiguiendo con unos apoyos públicos muy fuertes, artificiales y necesariamente temporales. En nuestro caso, la casi totalidad del endeudamiento público que ha financiado las medidas de apoyo a rentas durante la pandemia, lo ha comprado el BCE a tipos cero. Sin embargo, tanto en la tradicional reunión de la Reserva Federal cada agosto en Jackson Hole, como en declaraciones del BCE se empieza a considerar el poner fin, de manera gradual, a la etapa de liquidez sin límite, empezando por la retirada paulatina de la financiación de la deuda de los Estados lo que, sin duda, encarecerá esta.

¿Cuáles serán los motores del crecimiento económico mundial una vez desaparezcan las muletas que le mantienen activo ahora? Recordemos que veníamos de una etapa previa a la pandemia donde la hipótesis de un “estancamiento secular” lanzada por Larry Summers iba ganando adeptos convencidos de que las nuevas tecnologías no estaban mejorando la productividad de la economía en los países avanzados caracterizados, además, por una población envejecida lo que afecta a sus tasas de ahorro y consumo. Habríamos tocado, pues, un techo al crecimiento más allá del cuál sería muy difícil ir. Si a esta pesimista visión se unen los apocalípticos sobre los límites que la naturaleza está ya poniendo a un mayor consumo de recursos naturales, o los recientes cuellos de botella surgidos en la cadena global de valor, la cosa se complica.

Y, para acabar de arreglarlo, este verano, Pisani, un brillante economista francés, lanza la hipótesis (que comparto) de que la lucha contra el cambio climático, siendo imprescindible, va a implicar una reestructuración de la economía que se traducirá, al menos a medio plazo, en el equivalente a un shock de oferta negativo porque incrementará los costes de las empresas y afectará al empleo. Insiste, con razón, que la transición ecológica de la economía no es un asunto medioambiental, sino profundamente macroeconómico que debe estar incluido en cualquier plan económico para contemplar todas sus vertientes. No se habla del resultado final, sino del proceso de transición, convertido en una auténtica reestructuración industrial, de transporte, de consumo, de distribución etc. que nadie sensato puede pensar que no tendrá sus costes, no siempre tenidos en cuenta.

Con estos ingredientes, viene Roubini, economista con el prestigio de haber predicho, más o menos, la crisis de 2008 y coloca en el debate la palabra maldita: estanflación. Esa rueda perversa que ya vivimos en los años 70 del siglo pasado y que combina, de manera simultánea, el estancamiento económico, con la inflación. Y ya la tenemos liada: enzarzados todos los cerebros económicos del mundo discutiendo sobre cuáles son las señales que debemos mirar en este tiempo tan diferente y, luego, en cómo interpretarlas, seguramente, con un nuevo diccionario y con otro manual.

Algunos, de forma especial en España, confían en el impacto positivo de los fondos europeos Nexts Generation, casi como bálsamo de fierabrás, para superar el potencial de crecimiento de nuestro país y, con ello, mantener elevadas tasas de aumento del PIB en los próximos años. Sobre todo, si metemos en el paquete las reformas estructurales aprobadas en paralelo y que no son menores en cuanto a su impacto, si se hacen bien. Tengo dudas sobre esta visión. Los Nexts Generation son un hito trascendental en el proceso de construcción de la unión europea. Y, sin duda, representan un empuje importante para países como el nuestro. Pero, ¿cuánto empuje y en qué dirección? Desde un punto de vista cuantitativo, el volumen de fondos previstos como donación durante el período 21-23, siendo muy relevante, representa, si se emplea en su totalidad, el 10% del total de la inversión (pública y privada) de España en un año normal. Ese diez por cien, si es adicional, ayudará sin duda a relanzar la inversión y, con ella, la actividad y el crecimiento. Pero ¿y si se limita a sustituir inversión que se iba a realizar en todo caso? En ese caso, el impacto macroeconómico será inapreciable. Tal vez por la imposibilidad de conocer esto de forma previa, no hay un acuerdo entre los expertos sobre cómo valorar el efecto multiplicador de estos fondos sobre el PIB.

Sin embargo, creo que la principal ventaja de estos fondos es su carácter cualitativo, ese obligarnos a acelerar la reconversión verde y digital de nuestra economía. Ahí está su valor diferencial respecto, por ejemplo, a los clásicos fondos estructurales o de cohesión: que buscan crecer de otra manera y no tanto crecer más. Que representan ese soñado cambio de modelo productivo que no es cuestión de sectores, sino de vectores de valor añadido Y, en ese caso, tendremos que aplicar la reflexión sobre el shock de oferta que representan y sus costes sociales no valorados.

Tal vez Biden haya dado, en esto, con la clave para evitar la temida estanflación al lanzar dos planes billonarios de reactivación de la inversión: uno, destinado a modernizar todas las redes de infraestructuras públicas del país, largamente descuidadas y con graves deterioros en muchos casos. El otro, para reforzar la inversión social. A lo mejor, deberíamos tomar nota aquí y empezar a pensar en que tiene que haber vida y política económica, más allá de los Next Generations. Y no solo para crecer más y mejor, sino porque nuestro stock de capital público, incluido el social, está también muy abandonado. Y entonces, el círculo se cierra: ¿habrá dinero para financiar tantas necesidades como debemos cubrir?

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