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La Provincia - Diario de Las Palmas

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En concreto

Y para terminar el año

Parece que la época de liquidez ilimitada y muy barata toca a un fin pausado

Y para terminar el año.

Esta semana ha habido un acuerdo sobre la reforma del mercado laboral. No se ha derogado la reforma del PP. Es un acuerdo de mínimos porque es lo que más interesaba a todos. España no puede permitirse fallar a la Comisión Europea respecto a los compromisos que nos ha impuesto para recibir los fondos Next Generation, por tanto, hay acuerdo y es de mínimos porque sólo un texto de mínimos hace posible que haya acuerdo: la parte socialista del Gobierno insiste en su capacidad para pactar un aspecto tan esencial, dentro del plazo acordado y con el beneplácito de Bruselas; la parte no socialista del Gobierno y próxima alternativa al PSOE, explica que es lo máximo que ha podido conseguir ahora, pero que si tuviera más fuerza electoral, hubiera llegado más lejos en la derogación; los sindicatos están en la misma línea posibilista y la patronal argumenta que ha evitado una derogación «total» como la que exigía cierta izquierda y que ha conseguido modificaciones, en el fondo, menores. Todos ganan.

Menos los parados y los precarios, cuya situación de fondo es estructural y no responde tanto a la legislación laboral concreta, sino a su incumplimiento sistemático y a un modelo productivo donde pesa demasiado un exceso de buenos negocios, pero malas empresas, que sólo se mantienen abaratando el coste laboral.

Cuesta mucho de entender que, si la mitad del suministro eléctrico de España proviene ya de energías renovables que se ofrecen en el entorno de 40 euros MWh, el precio medio de la electricidad en el mercado mayorista haya superado los 340 euros MWh, duplicándose este año, en promedio, respecto al anterior, para una demanda similar. Y todavía cuesta más de entender la resistencia a cambiar las reglas de un llamado "mercado mayorista marginalista", con demanda rígida, pensado para cuando los costes de las distintas tecnologías de generación no eran tan dispares como ahora.

Es evidente que en otros países europeos con los que compartimos el mismo modelo, han avanzado mucho más que nosotros en tres aspectos que acotan mucho la importancia relativa de dicho mercado: los llamados PPA, contratos bilaterales a largo plazo y con precio tasado; la apuesta por el almacenamiento y el desarrollo del llamado mercado de capacidad, como alternativa al actual. ¿Por qué no ocurre lo mismo en España? Misterio.

La apuesta por las energías renovables tuvo su origen en la lucha contra el cambio climático. El sector eléctrico era uno de los que mayores emisiones hacía de gases de efecto invernadero y eliminar carbón, así como reducir el uso del gas en la generación de electricidad era fundamental. Luego, la espectacular caída de costes como fruto de los avances tecnológicos (la solar fotovoltaica, por ejemplo, ha reducido sus costes un 90% en la última década) permitieron abrigar la esperanza de que, además de reducir emisiones, permitieran abaratar el precio de la electricidad. De momento, España está fallando en ambos aspectos: ni reducimos emisiones según lo comprometido, ni bajamos el precio de la electricidad.

Los Acuerdos de París fijaron el objetivo de llegar al 2030, habiendo reducido emisiones de CO2 equivalente un 30%, respecto a 1990, tomado como año base. España, que firmó el Acuerdo, establece en su reciente ley de Cambio Climático, el 23% de reducción como objetivo mínimo. Pues bien, si en 1990 emitimos 288Mtm, y cerraremos este año, veinte años después, con emisiones apenas un 3% inferiores, cuando el PIB todavía no se ha recuperado de la pandemia, pensar que, en los nueve próximos años se producirá el milagro y cumpliremos los objetivos, es un poco excesivo. Sobre todo, porque carecemos de las políticas necesarias para extender la reducción al resto de sectores emisores: construcción, movilidad, agricultura.

Los tambores de la inflación suenan muy fuertes. Ante el temor de que se desate una espiral precios-salarios, los Bancos Centrales empiezan ya a cambiar sus discursos e, incluso, sus decisiones: El Banco de Inglaterra ha subido ya los tipos de interés (desde el 0,10 al 0,25%), la Reserva Federal anuncia que lo hará a lo largo del año próximo y el BCE, más reticente, adelanta que en marzo abandonará la compra de toda la deuda pública a precio cero, aunque no espera subir tipos antes de 2023. En todo caso, parece que la época de liquidez ilimitada y muy barata toca a un fin pausado.

Dado que la recuperación no termina de despegar en Europa y parece evidente que alimentar el malestar ciudadano acaba dando votos a los populismos antidemocráticos, los responsables de la política económica empiezan a asumir que mantener una cierta expansión presupuestaria va a ser inevitable durante, al menos, un lustro más, en el que puede dirimirse la supremacía mundial en un pulso en el que nadie pide la ayuda de la Unión Europea.

La revisión de los criterios de estabilidad presupuestaria para cuando vuelvan a exigirse su cumplimiento, superada la pandemia, está sobre la mesa y son ya varias las propuestas que se están lanzando como la que hizo el Comisario de Economía esta semana en un acto en el que tuve la oportunidad de participar: aceptar que las deudas públicas se han incrementado con el covid y elevar el límite del 60% del PIB establecido (e incumplido) hasta el 100. De forma alternativa, podría excluirse la deuda covid, como del cálculo del déficit podría excluirse la inversión pública total o, al menos, la asociada a los fondos Next Generation. En cualquier caso, que no se froten las manos los obsesos de la austeridad, porque en materia de criterios de estabilidad presupuestaria, tampoco volverá el pasado. Afortunadamente.

Finalizo con otra prueba reciente de la gran marginación social a que estamos sometiendo a los jóvenes en España: el Índice Sintético de desarrollo juvenil comparado, que acaba de publicar el Centro Reina Sofía y donde queda claro que, en tres de los cinco indicadores, nuestros jóvenes están mucho peor que sus homólogos europeos: educación, empleo y emancipación. Sólo en competencias digitales están por encima, así como en el contenido relativo a calidad de vida. Que el hecho de que lo lleven bien, no nos oculte la tremenda brecha de oportunidades que estamos creando a toda una generación. Quede ello como mi deseo para el año nuevo.

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