En toda familia son habituales las peleas entre hermanos. Y a pesar de que como padres podemos llegar a pensar que son perjudiciales para ellos y que deterioran su relación, son necesarias para que vayan aprendiendo a desenvolverse en diferentes situaciones de la vida.

¿Cuántas veces hemos discutido con nuestros hermanos? ¿Recordamos alguna pelea que hubiera terminado en risas y juerga? ¿No? Seguramente algún adulto nos separaba antes.

Tener hermanos y poder pelearte con ellos es una ventaja muy grande porque es ahí, durante esos rifirrafes o peleas, en donde tenemos la oportunidad de adquirir innumerables habilidades sociales. Nuestra familia es nuestra primera “sociedad” y nuestros hermanos son nuestros primeros mejores amigos y, al mismo tiempo, nuestros enemigos más crueles.

¿Cómo actuamos los adultos ante una pelea? ¿Dejamos que nuestros hijos intenten solucionar sus problemas? ¿Serán capaces de llegar algún día a hacerlo si siempre intervenimos?

La sociedad pone etiquetas de “violencia” y “agresión” demasiado pronto. Cuando dos niños pequeños se empujan en un parque y dos mamás los separan, están separando a dos niños que no tienen otra forma de interactuar, y no la aprenderán si no les dejamos. Nadie quiere que sus hijos se hagan daño o lastimen a los demás, pero ¿realmente se van a hacer daño? Nunca lo sabremos…siempre les separamos antes.

Si dos hermanos que se pelean notan como sus padres no intervienen en la pelea y de manera respetuosa observan para evitar que se hagan daño, podrían llegar a entender que discutir no es malo si realmente les lleva a encontrar una solución al conflicto.

Si rápidamente lo separamos además corremos el riesgo en el 100% de los casos de no ser imparciales y, en caso de tener el don de la objetividad, nuestros hijos siempre van a interpretar que les estamos ayudando o perjudicando de alguna manera.

Hay hermanos más fuertes, que gritan más o que “chinchan” por detrás, todos hemos hecho eso y realmente el inicio de la pelea siempre es difuso. Si nos posicionamos corremos el riesgo de caer en el “etiquetado”, porque en esos momentos de tensión todos hemos oído: “siempre la estás molestando” o ” ¿Te ha hecho daño, cariño?”…y ya tenemos un abusón o una víctima.

No podemos quedarnos en el “¡Cada uno a su cuarto!” porque, cada uno en su cuarto sólo estará pensando “¡Fue él!”, y con el “¡Pídele perdón!” ¿Realmente se están disculpando de manera sincera?

Por eso debemos dejar de intervenir y que ellos mismos busquen las herramientas que necesitan para encontrar una solución y llegar a un acuerdo.