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reflexión

Política líquida

Acuñó el filósofo polaco Zygmunt Bauman el término 'modernidad líquida' para designar un estado de cosas en el que, perdido todo punto de referencia, nada tiene ya carácter de permanente para el individuo.

Debe éste mostrarse totalmente flexible en todo momento, no comprometerse con nada ni con nadie, estar abierto al cambio porque así puede requerirlo cada nueva situación.

La modernidad líquida es la convicción de que lo único permanente es "la incertidumbre como sola certeza". La única solución para el individuo es la apariencia a toda costa, la apariencia como valor, y, junto a ella, un feroz consumismo.

He pensado de pronto en lo escrito por Bauman al leer desde mi temporal observatorio berlinés la noticia sobre la repentina conversión al centro político del joven paladín de nuestra derecha, el secretario general del PP, Pablo Casado.

El mismo Casado que no dudó un momento en aliarse con Vox para que su partido pudiera gobernar en Andalucía y que estaba dispuesto a hacerlo también en el Gobierno de la nación de haber llegado el caso, dice ahora Diego donde antes dijo "digo".

"No nos dimos cuenta de que nuestro adversario era Vox y no el PSOE", afirmó en plan de justificación el nuevo Casado, ese Saulo de la política caído del caballo al ver de pronto la luz del centro.

A partir de ahora, -¿por cuánto tiempo?- la ultraderecha es para aquél sólo Vox, cuyo líder ha estado "cobrando de fundaciones, chiringuitos y mamandurrias". Todo ello, omitió decir Casado, gracias a la madrina política de ambos, la "incombustible" Esperanza Aguirre.

El PP que quiso refundar Casado, siguiendo a su admirado y veterano mentor, Aznar, pretende pasar de pronto -cosas de la política líquida- de una derecha radical, "sin complejos", a un casi inocente 'Centrados en tu futuro', como reza el nuevo eslogan. Aunque la mona se vista de seda?

Pero luego se quejan de que tantos ciudadanos hayan dejado de creer en la política. Cuando tantos políticos no parecen sentir la mínima vergüenza en emular a aquel cínico Groucho Marx que dijo, en frase famosa: "Estos son mis principios y si no le gustan, tengo otros".

Claro que si hablamos de la desvergonzada veleidad de ciertos dirigentes, ¿qué decir de esos poderes no electos que maniobran, muchas veces entre bastidores y otras, porque pueden permitírselo, a la clara luz del día, para torcer la voluntad expresada en las la urnas por millones de ciudadanos?

¿Cómo entender, si no, los llamamientos de los poderes mediáticos y económicos, conocidos banqueros incluidos, para que el ganador de las elecciones del domingo, el socialista Pedro Sánchez, no caiga en la tentación de gobernar con la "izquierda radical". Y que lo haga en su lugar con Ciudadanos, que se dice de centro mientras propugna políticas claramente neoliberales -flexibilidad laboral, privatizaciones, rebajas de impuestos- y cuyo líder, Albert Rivera, no mostró otra obsesión en toda la campaña que la de contribuir a "echar" al "ilegítimo" presidente del Gobierno de la Moncloa.

¿Es eso lo que manifestaron realmente las urnas? ¿Es para eso para lo que muchos electores de izquierdas optaron por el voto útil al PSOE en lugar de dárselo a Podemos? Por lo pronto parece que esos poderes no electos y cuya opinión nadie ha pedido van logrando poco a poco su propósito: el partido de Pedro Sánchez intentará, al menos en principio, gobernar en solitario. Después, veremos.

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