Entrevista | Ana Crespo Presidenta de la Real Academia Española de Ciencias

Ana Crespo: "Los líquenes me gustan desde que iba a merendar de niña a Las Mercedes"

La tinerfeña presidenta de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España rememora su infancia en Canarias

Ana Crespo, presidenta de la Real Academia de Ciencias, junto al retrato de Ramón y Cajal.

Ana Crespo, presidenta de la Real Academia de Ciencias, junto al retrato de Ramón y Cajal. / LP/DLP

Verónica Pavés

Verónica Pavés

Enamorada de la naturaleza canaria, la empedernida santacrucera Ana Crespo (1948) cultivó desde muy joven la curiosidad por saber qué eran los bichitos que conformaban aquellos espacios vegetales. Hoy Crespo representa a Canarias con su reciente designación como primera presidenta de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España.

Enhorabuena por el nuevo puesto que va a desempeñar en la Real Academia de Ciencias, ¿cómo se ha tomado la noticia?

Me he tomado la noticia con mucha serenidad, pero también ilusionada. Estoy muy agradecida a mis compañeros por haberme depositado tanta confianza en mí. De hecho, ha sido una sorpresa para mí el apoyo masivo recibido. 

¿ Y como se siente siendo la segunda canaria después de Blas Cabrera en asumir este reto?

Es difícil compararse con un personaje como Don Blas Cabrera. Pero seguirlo es un enorme reto y me encantará hacerlo. Sí que pone un poco inquieto a uno, sabiendo que aquí se sentaba don Blas Cabrera Felipe. Ahora voy a abrir las actas de la Academia y voy a leer su presidencia, simplemente por el gusto de releerlo. Hay una fundación que quizás nos pague la digitalización para hacerlo pública, y para los canarios seguir más de cerca a don Blas Cabrera seguro que será fantástico. 

¿Qué planes tiene para el futuro de la Real Academia de Ciencias? 

Seguiremos con las tareas que ya tiene la Academia, pero poniendo el acento en algunas que a mí me parecen viables y me gustan. Una es reforzar el sentido de ser una academia nacional. Somos la Real Academia de Ciencias de España y tenemos que aumentar nuestra presencia en las comunidades autónomas y, en general, en toda la geografía nacional. La presencia es más cara que el remoto, pero tiene un valor añadido.

La Academia parece haber perdido peso en los últimos años, ¿qué ha ocurrido para que pierda esa representación del pasado?

La Academia ha pasado por una curva de descenso, pero estamos en franca recuperación. Esto se explica porque la Academia tuvo un recorte presupuestario de hasta el 75%. Si a una institución que no es muy grande le recortas el 75% pues te quedas a mínimos. La institución sufrió mucho. Pero a partir del presupuesto del 2021, y con muchísimo trabajo, hemos recuperado actividades que se habían perdido. Estamos en un proceso de recuperación que es muy estimulante para la Academia y que nos permite ganar espacio de nuevo. 

¿Cuándo ocurrió ese abrupto recorte presupuestario?

Esto ocurrió exactamente en los presupuestos del año 2012. Los presupuestos a partir del año 2012 se prorrogan indefinidamente y no solo esta, sino todas las Academias dependientes del Instituto de España sufrieron un muy abrupto descenso de presupuesto. En la nuestra fue tremenda. No podíamos hacer otras cosas, había muchos tiempos muertos. Pero lo dedicamos a trabajar en unos nuevos estatutos que se aprobaron de forma unánime, lo que significó un trabajo, un trabajo de reflexión, un trabajo de enfrentarnos a dónde queríamos ir y cómo queríamos situarnos en nuestra sociedad.

¿Cuál es el propósito de esos nuevos estatutos? 

El primero es crecer. Tenemos una academia demasiado pequeña. Apenas había incrementado el número de plazas desde que se creó hace más de 175 años. La comunidad científica española ha cambiado mucho. Nuestra perspectiva es pasar de 50 académicos numerarios a 70. Y en este sentido también queremos que haya un incremento de mujeres con la vista puesta en alcanzar el equilibrio de género. El último reto es el rejuvenecimiento de la plantilla, tratando que la primera entrada en la Academia comience antes de los 50. Lo tenemos que seguir desarrollando pero se está cumpliendo extraordinariamente. Desde el año 2020 hasta hoy el incremento de mujeres ha sido notable. De los académicos que se han nombrado en ese lapso de tiempo, el 46% son mujeres y el 80% jóvenes. Hay otra cosa que hemos hecho que es mantener nuestros programas de alta divulgación, en revistas científicas, y también la presencia de la Academia en otros medios. 

¿Por qué diría que es tan importante la academia para la sociedad? 

La Academia es un lugar donde todas las ciencias se cultivan y dialogan. Eso, a la hora de poder aconsejar cuando se nos pide consejo y poder opinar aunque no se nos pida consejo, es fundamental. Como no nos pagan, somos una institución muy libre, no hay presiones. Hay trabajo para todo el que quiera hacerlo. Eso crea unos grados de libertad a la hora de trabajar que es muy difícil de encontrar en otras instituciones. 

Quizá el reto es que la academia vuelva a tener ese poder dentro de lo que es la sociedad.

Sí, estamos en ello, claro. Necesitamos, en todo caso, también la colaboración con todas las instituciones. Porque antaño, cuando nos crea Isabel II el entorno científico, social y socioeconómico de España era totalmente distinto. Nuestro propósito es mantener la esencia, pero adaptarnos a los tiempos. Para eso queremos sentarnos, hablar mucho con las universidades y las sociedades científicas para ir de la mano y desarrollar espacios de mayor interés.

¿Cómo era la Academia cuando entró usted? Había muy pocas mujeres entonces 

La primera mujer que entra a la Academia lo hace en 1986, más de medio siglo después de su creación y fue Margarita Salas. La segunda en entrar fue la matemática Pilar Bayer en 2004 y la tercera fui yo, una bióloga canaria, en 2010. A partir del 2012 o 14, empezamos un crecimiento sostenido, aunque tímido al principio porque había muy pocas plazas que cubrir. En cuanto hemos cambiado los estatutos, el crecimiento ya no es vegetativo, sino sostenido. Han entrado mujeres de un gran calibre científico en diversas áreas, como inteligencia artificial, biología computacional o matemáticas estadísticas. Ahora mismo somos exactamente 12 mujeres numerarias, lo que corresponde al 21%. Teniendo en cuenta que hace poquísimo éramos 3, el salto ha sido enorme y vamos en crecimiento olímpico. 

¿Y era distinta la Real Academia cuando usted fue aceptada? 

La academia es un sitio donde prevalece muchísimo la educación académica. Existe un gran respeto por el diálogo, en la discusión y en quien piensa distinto. Muchas veces no tenemos ni idea de lo que piensa cada académico en otros aspectos de la vida que no sean los estrictamente científicos, y lo cierto es que no importa. Lo importante es el diálogo, el debate, y la interdisciplinaridad. El ambiente de la academia en ese aspecto es envidiable. Ahora bien, ¿es masculino? Sí, pero poco a poco se va hibridando. El ambiente masculino se nota en hechos triviales, como la disposición de aseos o vestuarios. Las mujeres teníamos que ir corriendo de un lado a otro hasta encontrar un sitio cómodo para cambiarse. 

¿Qué recuerda de su infancia en Tenerife

Todo. ‘La patria es la infancia’, dice el poema. Mi infancia fue una infancia fenomenal, en una familia numerosa que nos educó bien en el sentido de que mujeres y hombres teníamos las mismas obligaciones. En aquella época no era tan frecuente, pero mis padres me estimulaban para tener notas igual de buenas que las de mis hermanos. Me moví entre Adeje y Los Cristianos en verano y la capital en invierno. Mi abuelo materno era médico. Uno de los poquísimos médicos que había en el sur de Tenerife, y era un hombre que tenía una verdadera inteligencia y un respeto enorme por la ciencia. Y llevó a los rayos X al sur de Tenerife, algo de lo que me siento muy orgullosa. Ese ambiente me estimuló mucho porque se empeñaba en enseñarme a dividir cuando tenía 6 años. Me educé en el Colegio de la Asunción, en Santa Cruz, pero tuve que tomar pronto una seria decisión de dejar el colegio e irme al Instituto de Canarias, en La Laguna, porque me parecía, que aunque la enseñanza secundaria era muy buena, de cara a la universidad tenía que formarme bien en matemáticas y en el instituto había un gran profesor de matemáticas. 

¿Influyó su infancia en Tenerife con que se decidiera a estudiar biología?

A mí el campo y el paisaje me han gustado desde siempre, así como las cosas pequeñas y los detalles. Y así poco a poco llegué a los líquines. A mí los líquenes, que son una cosa tan humilde, me gustan desde que iba a las Mercedes a merendar. A mí aquel paraje de monte verde me parecía un misterio, me daba un poco miedo y me encantaba al mismo tiempo. Y allí estaban los líquenes. Al tenerlo tan cerca, aunque me gustaban muchas otras cosas, al final me fue marcando. También hubo una profesora que tuve en Instituto de Canarias, doña Irene de Sánchez Vega que me enseñó muchísimo y me hizo la biología muy atractiva. Tanto ella, como don Luis García en matemáticas, fueron muy importantes para mí que no era mala como se podría parecer.

¿Suele recalar mucho en las Islas? 

Sigo yendo a mi pueblo, que mi pueblo son todas las islas . Cuando puedo, siempre cuatro veces al año, costándome como no residente. Mi hijo nació en Santa Cruz, es decir, mi vinculación a mi pueblo es grandísimo y quiero que mis nietos también lo vivan. Y luego tengo un vicio, una relación con mi pueblo que es que me chifla Santacrucear. Santa Cruz es una delicia, y son santacrucera hasta el punto que nací en La Rambla. 

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