La arena de la playa, un componente esencial del patrimonio

La arena de la playa, un componente esencial del patrimonio / LP / ED
Raquel de la Cruz Modino
El antropólogo y profesor de la Universidad de Gerona, Eliseu Carbonel, ha destacado en múltiples ocasiones, en sus trabajos sobre los procesos de patrimonialización de las playas, un elemento geomorfológico que, a su juicio, es muy inestable: la arena. Curiosamente, a pesar de que existen diferentes tipos de sedimento, la arena de la playa es concebida socialmente como un componente esencial del patrimonio e identidad local. Por esta razón, los cambios en sus usos son percibidos como amenazas a dicha identidad y pueden desencadenar importantes movimientos de contestación social. En las Islas Canarias, durante los últimos cuarenta años, muchas playas se han consolidado como espacios de ocio y negocio, desplazando una variedad de usos sociales en pro de determinadas (y limitadas) fórmulas de consumo. Muchas de nuestras playas han sufrido procesos de transformación que han afectado profundamente los ecosistemas marinos, destruyendo hábitats esenciales para garantizar funciones (o servicios) básicos de producción de alimentos, suministro de agua y energía. Más recientemente, los procesos de urbanización y de antropización de la costa en general, han elevado el nivel de preocupación de una ciudadanía cada vez más cansada de ver cómo se ocupa un espacio simbólico desde el cual se refleja y revitaliza cotidianamente la identidad o el sentido de identidad de muchos isleños e isleñas. No en vano, durante la última década hemos asistido a debates públicos y movimientos de protesta ante los macropuertos proyectados, fenómenos como el de las microalgas o, más recientemente, proyectos urbanísticos y residenciales en entornos con importantes valores naturales y que se traducirían, de facto, en una suerte de apropiación de espacios vividos y disfrutados colectivamente frente al mar. Ahora bien, más allá de los debates y la contestación social, el conflicto transforma en un hecho cotidiano, cuando, en muchos enclaves de playa ya no es posible acceder a partir de una determinada hora. Cuando es imposible realizar actividades como pasear por la arena o simplemente contemplar la línea del horizonte, en ausencia de espacios concesionados por los ayuntamientos, establecimientos con la música elevada, o todo tipo de hinchables y artefactos destinados a alimentar la frivolidad del entretenimiento. Los canarios y canarias vivimos en un litoral tensionado, donde los conflictos han entrado a formar parte de nuestra cotidianeidad.
Considerado el patrimonio desde una perspectiva integral, dejando momentáneamente de lado las distintas taxonomías o etiquetas (patrimonio arqueológico, natural, lingüístico…) que se emplean para facilitar la comprensión y el estudio de su complejidad y dinamismo, lo cierto es que no hemos logrado contrarrestar las amenazas de la comercialización atroz y la enajenación de elementos que sintetizan, simbólicamente, los valores de una sociedad que los considera como propios, como diría el Catedrático de Antropología Social Agustín Santana Talavera. Explicado en otras palabras, y sacando los pies momentáneamente de la arena para ponerlos en el césped, pensemos por un instante en las recientes manifestaciones entre los aficionados del Club Deportivo Tenerife y los testimonios que se refieren a la entidad como «un sentimiento» más que un club. Aquello que sea el patrimonio entronca directamente con las distintas versiones de la identidad, por lo que no es sencillo escapar de su carácter histórico ni dialéctico, especialmente cuando sus moradores perciben que pueden ser apartados o privados del mismo. En este contexto, si pensamos en el agua, sería fácil reubicarse en el momento de oposición popular vivida ante las propuestas de intervención en los charcos intermareales. A pesar de la existencia de un exhaustivo estudio detrás de las propuestas, y las posibilidades de favorecer la accesibilidad y servicios básicos en muchos de estos enclaves, buena parte de la ciudadanía interpretó el proyecto como una vía para favorecer la gentrificación que sufren nuestras playas. Y, a fin de cuentas, una intromisión respecto de los valores que quieren ser vividos por vecinos y asiduos a los charcos.
En las Islas Canarias, durante los últimos cuarenta años, muchas playas se han consolidado como espacios de ocio y negocio, desplazando una variedad de usos sociales
Sin negar el papel que juegan nuestras playas como importantes proveedoras de servicios ecosistémicos culturales, tanto desde la perspectiva de la población local como foránea, un reciente estudio de las universidades canarias, que cuenta con la participación de investigadores portugueses, alerta de la fragilidad de los valores naturales y geológicos de aquellas; mostrando cómo en islas tales como La Palma, Tenerife y Fuerteventura, se han producido importantes transformaciones en numerosas playas urbanas. A través del análisis detallado del proceso de patrimonialización de una variedad de espacios litorales en esas tres islas, se concluye -entre otros- que variables tales como la estética y la existencia de servicios complementarios, pueden influir notablemente en el nivel y tipo de usos. El análisis aplicado sobre las preferencias y motivaciones de los usuarios es, a juicio de los autores, esencial para mejorar la gestión de los servicios provistos en las playas, atendiendo a distintas dimensiones tales como la salud o la recreación. Pero el trabajo, que además profundiza en las transformaciones históricas de las playas urbanas, también es clave para orientar políticas que garanticen su conservación. Ello, a su vez, puede impactar positivamente en los niveles de uso, satisfacción y aprovechamiento de los servicios anteriormente mencionados, que no se reducen a más concesiones de tramos de playa para hoteles, restaurantes o actividades lúdicas previo pago. Las playas más transformadas, de todas las estudiadas, son aquellas que tipo arenoso, situadas en las islas más jóvenes (en términos geológicos), predominando las de color negro. En Fuerteventura, donde abundan los extensos arenales de color dorado, el número de playas artificiales es menor.
En suma, en éste, como en muchos otros estudios precedentes, se advierte toda una serie de conflictos que llevan años reflejándose en la literatura y la producción científica de intelectuales canarios, pero también en las voces de artistas y otros agentes sociales y del tercer sector de las islas. Las advertencias, en forma de banderas negras otorgadas por la mala gestión y contaminación en 2024 en Tenerife, Fuerteventura y Lanzarote, junto con las sanciones recibidas por el inadecuado tratamiento de aguas residuales que terminan siendo vertidas al mar, se han convertido, en islas como Tenerife, poco a poco, en una especie de «nueva normalidad». Una normalidad similar a la que llevan viviendo los parisinos con la calidad del agua del Río Sena; si bien allí las consecuencias -salvo olimpiadas mediante- parece que pasan más desapercibidas. En el último año, las imágenes y denuncias sobre los vertidos de aguas fecales en las costas de esta isla, han inundado las redes y orientado el debate hacia la cuestión de la salud pública. Una dimensión que nos afecta a todos y todas, y que, sumada a la degradación de los ecosistemas, puede impactar negativamente en la calidad percibida del destino. En la calidad de vida de sus habitantes hace tiempo que caló, para mal sin duda, como el baño de los nadadores en el Sena. A pesar de la impronta en las redes y la preocupación social, desgraciadamente faltan acciones efectivas. Mientras, cuando toca a su fin un verano (otro) de récord turístico, quizás, sin la acción política adecuada, no nos quede otra que divertirnos en un mundo metafórico donde siempre es verano y siempre hay algún entretenimiento. Tal vez, como apunta el autor Neil Postman, resulte inevitable divertirnos hasta morir.
Raquel de la Cruz Modino (Profesora titular Instituto Universitario de Investigación Social y Turismo, Universidad de La Laguna)
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