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Una mirada al volcán desde «lo esencial»

El latido doloroso del corazón emocional que resuena en el valle nos advierte que aún falta mucho para que cicatrice la herida afectiva

Las Manchas.

Las Manchas. / Andrés Gutiérrez Taberne

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Antonio F. Rodríguez Hernández

Profesor Titular de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de La Laguna

Cuando el Tajogaite irrumpió en nuestras vidas desde las entrañas de la tierra, con su quebranto geológico a la vez que humano, uno de los primeros «sentipensamientos» que brotó en mí, en paralelo a lo que expulsaba el volcán desde su interior, fue: «mi escuela de La Laguna». Lo hice desde el vínculo afectivo que me une, ya hace más de diez años, a la comunidad educativa de ese colegio público, referente internacional de la educación emocional.

Con el miedo, la frustración, el desasosiego y hasta la rabia, surgió la necesidad de ayudar, ya que, como enunció el sabio zorro del Principito, «el tiempo que pasaste con tu rosa es lo que hace que ella sea tan importante para ti». Así, durante el curso académico 2021-2022 me hice presente en la Isla para acompañar al profesorado, el alumnado y las familias del colegio azul, en el proceso de decidir entre ser víctimas o asumir la condición de supervivientes.

La colada que arrasó gran parte del barrio de La Laguna entró sin permiso por la cancela del colegio y sepultó el primer pabellón del edificio, pero, a modo de metáfora existencial, se paró ahí, anunciando simbólicamente que si bien no podíamos detener la erupción geológica; la capacidad de resiliencia personal y social de esa comunidad educativa iba actuar como muro de contención de la lava emocional que manaba del cráter interior.

Enseñanza

La enseñanza vital que extraje del acompañamiento a ese trayecto de superación es que «fui a salvarlos y el salvado fui yo porque la demostración de supervivencia de la que fui testigo me hizo aprendiz y mejor persona.

Ahora, después de cuatro años de la erupción, igual que el silencio sonoro de la montaña humeante nos recuerda que el Tajogaite sigue activo; el latido doloroso del corazón emocional que resuena en el valle nos advierte que aún falta mucho para que cicatrice la herida afectiva. No sólo porque todavía quedan «cuentas pendientes» contraídas con la ciudadanía por los responsables políticos (entre ellas, aprovecho para unirme a la legítima reclamación de que se agilicen los trámites para la construcción del nuevo edificio del CEIP La Laguna); sino porque, creo que tensionados por lo urgente, se han olvidado de «lo esencial», eso que, también le dirá el zorro al Principito, sólo puede ser visto con los ojos del corazón: las personas y en particular lo que nos define como tales, sus sentimientos.

Por eso es urgente, cuanto antes, empezar a tratar con ese volcán que sí podemos gestionar y que se alimenta de nuestro magma afectivo, de manera que aprendamos a relacionarnos con los efectos emocionales dañinos que se generaron al experimentar, de manera inexorable, las consecuencias que aún persisten de la erupción volcánica.

Este abordaje, que podríamos definir como «emocreativo», parte de una perspectiva de empoderamiento, centrándose en la fortaleza que nos ofrece nuestra emocionalidad competente. Desde esta posición alternativa que nos brinda nuestra «luz esencial», podremos llegar a la aceptación, no como un efecto de la superación de la pérdida, sino como consecuencia de la gestión competente de las emociones desadaptativas que experimentamos.

La oscuridad del dolor asociado

Pero es importante advertir que este proceso de aprendizaje conlleva tener que realizarlo desde la oscuridad del dolor asociado, no solo a la vivencia de la adversidad en sí, sino, además, a la conciencia y aceptación, que implica el tratamiento competente de esa experiencia. O lo que es lo mismo, este recorrido será doloroso porque todo proceso de gestión emocional arranca necesariamente de abrir los ojos y adaptar nuestra mirada a la penumbra del malestar que llevan consigo las emociones desagradables que se experimentan en el trayecto hacia la luz que somos.

Pero para que este camino se realice con garantías de éxito, de modo que la herida que ha infringido la montaña de fuego en el alma del valle se transforme en una bella cicatriz «creadora de vida, no podemos recorrerlo solos». Primero porque corremos el riesgo que amurallando en solitario el sufrimiento, nos devore desde dentro. Y porque privatizar el daño, creyendo que basta con afrontarlo con ayuda de profesionales de la salud mental, es no entender que el malestar sufriente supone algo más que una experiencia individual, sino que es un «malestamos» que se ha adherido a las entrañas de nuestra sociedad sistémicamente adversa.

Por eso no queda otra que asumir que la alternativa es CUIDARNOS JUNTOS/AS, tal y como vamos a practicar a partir de este curso 25-26 en varios centros educativos de Los Llanos de Aridane, a través de un proyecto desarrollado por el grupo de investigación que coordino (EMOCREA-ULL).

Dice una antigua leyenda hindú que la divinidad Brahma, la creadora, nos sustrajo la condición de dioses, retirándonos el don de la eternidad, por el mal uso que hacíamos de ella. Y para evitar que pudiésemos volver a disfrutarla, la ocultó en un lugar que por próximo y evidente, resultaría inaccesible, porque estaba escondido detrás de lo que nos hace esencialmente humanos.

La experiencia inspiradora de haber compartido el privilegio de caminar al lado de estos niños y niñas, sus familias y el profesorado del colegio azul, me confirma la profunda convicción, sentida de manera verdadera, que el sitio por donde hay que empezar a buscar nuestra divinidad restada se encuentra, entre otros lugares de este planeta, en un pequeño barrio del Valle de Aridane, de la isla de La Palma, que tiene por nombre La Laguna. Yo, al menos, voy a permanecer en mi búsqueda en esa dirección. ¿Y ustedes?.

Fuente: El Día - La Opinión de Tenerife

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