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Entrevista | Francisco Javier López Director del Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias (Istic)

Francisco Javier López, director del Istic: «Los retiros espirituales ofrecen una vivencia intensa y un fuerte sentimiento de pertenencia»

El responsable de la institución académica analiza el auge de los retiros espirituales juveniles y defiende la necesidad de conjugar la emoción con la libertad y el discernimiento para garantizar procesos de fe auténticos y duraderos

Francisco Javier López, director del Istic.

Francisco Javier López, director del Istic. / LP/DLP

Las Palmas de Gran Canaria

¿Cómo interpreta la preocupación de los obispos ante ciertos retiros espirituales juveniles?

Lo interpreto, ante todo, como un acto de responsabilidad pastoral. Los obispos están llamados a custodiar la autenticidad de la fe y por eso han emitido un comunicado. Cuando surgen fenómenos que movilizan fuertemente a los cristianos, es lógico que aparezca una doble reacción: por un lado, la gratitud por los frutos que este tipo de movimientos tiene y, por otro. el discernimiento ante posibles riesgos. No se trata de desconfianza, sino de ejercer una vigilancia evangélica que garantice que los procesos de fe son verdaderamente libres, maduros y sostenibles en el tiempo.

¿Considera que se trata de un problema real o de una llamada a la prudencia?

Yo creo que es una llamada a la prudencia. En la vida en general no es necesario que ocurran dificultades para actuar. En la historia de la Iglesia, todas las iniciativas pastorales y todos los movimientos han requerido procesos de discernimiento. El discernimiento es elegir entre lo bueno y lo más bueno. La prudencia aquí no es un freno, es una condición de autenticidad, pues permite distinguir entre una experiencia genuina del espíritu y lo que podría ser una vivencia buena e interesante emocionalmente, pero quizá poco integral. Ahí está la clave.

La Conferencia Episcopal ha reconocido que existe un «renacer de la fe» entre los jóvenes, pero también advierte del riesgo de un «bombardeo emocional». ¿Dónde situaría usted la frontera entre una experiencia espiritual intensa y la manipulación de la conciencia?

No situaría esos dos extremos sin más. Ante una experiencia de este tipo pueden darse muchas respuestas personales, incluida la indiferencia. Ahora bien, la frontera que comparten todas estas situaciones es la libertad. Una experiencia espiritual puede implicar emoción, conmoción, indiferencia o incluso ruptura interior, pero siempre debe respetar la conciencia personal, sin imponer decisiones ni generar dependencia. Cuando la emoción sustituye al discernimiento o cuando se presiona para tomar compromisos inmediatos y se dificulta el pensamiento crítico, entonces nos acercamos a una posible manipulación. La fe cristiana no anula la libertad, la despierta. De hecho, siempre busca ser confrontada con uno mismo y con los demás.

«Una experiencia espiritual siempre debe respetar la conciencia personal y no generar dependencia»

¿Qué señales concretas deberían alertar a la Iglesia, a las familias y a los propios participantes de que un retiro puede estar cruzando una línea peligrosa?

La primera sería la presión para compartir experiencias íntimas sin libertad real. Este dato es muy importante porque puede indicar que las cosas no van bien. En segundo lugar, debe preocupar que el grupo se presente como el único espacio válido de fe o salvación. También constituye una señal de alerta, la generación de dependencia afectiva hacia líderes o dinámicas. A esto se suma la ausencia de acompañamiento posterior serio y personalizado, con la posibilidad de que sea con alguien de fuera de ese grupo. Por último, quiero mencionar también a la desvalorización de la razón o del pensamiento crítico. Cuando aparecen estos elementos, es necesario intervenir con claridad y responsabilidad. No obstante, hay que tener en cuenta que todas estas claves no solo se aplican a actividades pastorales, sino que se extienden a cualquier grupo de todo tipo de índole y a cualquier experiencia de fe.

Movimientos como Emaús, Effetá o Hakuna han sido señalados de forma indirecta en este debate. ¿Cree que el problema está en los métodos, en algunos líderes concretos o en la falta de acompañamiento posterior?

Es curioso que en el documento de la Conferencia Episcopal no se citen nombres. Creo que esto no es solo por una cuestión de pudor o diplomacia, sino para poner el foco en lo importante. Generalizar sería injusto, porque estos movimientos han dado muchos frutos positivos por la comunión con la gran tradición de la Iglesia. Si nos fijamos bien en los retiros de Emaús, Effetá o Hakuna, podemos comprobar que utilizan una dinámica muy similar a la de movimientos que tuvieron mucha influencia en los años 70 del siglo pasado. Cada uno tiene sus singularidades, pero hay grandes intuiciones similares de fondo. El problema, tanto ahora como antes, suele deberse a muchos factores, como por ejemplo los métodos poco equilibrados a la hora de llevarlos a la práctica, la presencia de líderes insuficientemente formados o la carencia de un acompañamiento posterior. No es tanto una cuestión de etiquetas, sino de calidad formativa y comunión eclesial.

¿Por qué estas propuestas conectan tan bien con la Generación Z?

Ofrecen experiencia, comunidad y un lenguaje propio con una clave emocional. Todo esto aderezado con un continuo boca a boca en sus propios ambientes. Es curioso cómo los jóvenes en sus formas, modos y ambientes sean los que contagian estas experiencias. La Generación Z vive en un contexto de fragmentación, soledad y sobreexposición digital. Estos retiros ofrecen una vivencia intensa en el mundo analógico, con un fuerte sentimiento de pertenencia inmediato y una narrativa existencial clara. Frente a espacios más formales o intelectuales, proponen una fe vivida, compartida y sentida. El desafío es integrar esta experiencia con procesos más profundos y duraderos.

Desde un punto de vista teológico, ¿qué papel deben tener las emociones en la fe cristiana?

Las emociones son una parte constitutiva de la persona y, por tanto, también de la experiencia de fe. En la tradición cristiana nunca se han negado. Pensemos en los místicos como Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y la espiritualidad ignaciana. Sin embargo, estas experiencias no son el criterio último de verdad. La fe no se reduce a lo que se siente, aunque tampoco puede prescindir de ello. Las emociones pueden abrir la puerta, pero la fe se sostiene en la verdad, la gracia y la decisión libre.

«Las emociones pueden abrir la puerta, pero la fe se sostiene en la verdad, la gracia y la decisión libre»

¿Cómo se integran con la razón, la libertad y la voluntad?

La integración es clave. La razón ilumina y la voluntad decide. Todo eso se conjuga en esa autenticidad del acto de fe. Las emociones, bien orientadas, pueden dinamizar toda esta experiencia, pero si se desordenan pueden eclipsar la razón o condicionar la libertad. Por eso, la formación cristiana debe ser integral, afectiva, intelectual y espiritual.

¿Cree que la Iglesia se ha incorporado tarde al debate sobre este movimiento en España?

No lo creo. Ha habido más revuelo por la publicación del texto de la Conferencia Episcopal, que por lo que realmente se dice. Además, en este caso particular, yo me fío mucho del criterio personal, pastoral y teológico de algunos de los obispos que firman ese documento. Es cierto que estos fenómenos han crecido rápidamente, pero la reflexión teológica y pastoral a veces necesitan más tiempo para evaluar, discernir y aclarar. Lo importante es que el debate se está dando ahora con serenidad y sin prejuicios, buscando comprender antes que juzgar.

¿Qué responsabilidad tienen los párrocos, los obispos o los formadores cuando avalan o permiten esta clase de retiros en sus comunidades?

Muchísima. Avalar implica acompañar, supervisar y formar. No basta con permitir que se convoque un retiro determinado. Es necesario conocer los métodos, los contenidos y a los responsables que los llevan. Lo normal es que los párrocos participen de algún modo o en algún momento en estos encuentros. Además, deben garantizar con posterioridad los procesos de integración de esas personas en la vida ordinaria de la Iglesia.

«Lo importante es que el debate se está dando ahora sin prejuicios, buscando comprender antes que juzgar»

Desde el Istic, ¿cómo se puede formar mejor a los sacerdotes, catequistas y laicos para distinguir entre evangelización, persuasión emocional y abuso espiritual?

Lo primero que me gustaría aclarar es que el Istic, como institución académica, tiene el objetivo y la misión de formar a todo su alumnado para que sea capaz de analizar el mundo de hoy con una mirada mucho más amplia que la que aporta la sociedad actual, ya que es más técnica y científica. En este sentido, quiere actuar como un puente entre la tradición viva de la fe y las preguntas de nuestro tiempo, todo ello enraizado en las realidades de nuestras islas. Por eso, es necesario apostar por una formación interdisciplinar: teológica, psicológica y pastoral. Debemos preocuparnos por dar respuestas desde una fe muy razonada.

Cuando un joven sale de uno de estos retiros muy impactado, ¿qué debe ocurrir después para que esa experiencia no se quede en una emoción pasajera ni derive en dependencia del grupo?

Tiene que iniciarse un proceso de acompañamiento y de profundización desde aquello que ha vivido. La experiencia inicial necesita ser acompañada, interpretada y encarnada en la vida cotidiana. Esto implica una dirección espiritual, una integración en una comunidad y una formación doctrinal y la participación en la vida de fe. Sin ese proceso, se corre el riesgo de que todo esto quede en una vivencia efímera.

¿Teme que este debate acabe desacreditando experiencias que han acercado a muchos jóvenes a la fe, o considera que puede representar una oportunidad para depurarlas y hacerlas más sanas?

Creo que estamos ante un momento necesario, en una parada en el camino y en un tiempo de gran comunión. Son nuestros obispos los que han subrayado todo lo bueno que hay en estas experiencias y, por supuesto, todo lo que tenemos que tener presente para que no se desvirtúen. Por tanto, creo que nos encontramos ante una gran oportunidad. La Iglesia crece, sobre todo, a través del discernimiento, y el debate se plantea con justicia y con profundidad. Pienso que todo esto permitirá purificar métodos, fortalecer lo que funciona y corregir aquello que no funciona tan bien.

¿Cree que la religión, tal y como se entiende en el siglo XXI, no está sustentada en una base emocional?

En la actualidad, la dimensión emocional en las personas que habitamos en este primer mundo es muy fuerte, pero la religión no puede sostenerse solo en ella. Una fe exclusivamente emocional es frágil. La tradición cristiana propone una síntesis entre la verdad, la experiencia y el compromiso. La emoción puede ser y tiene que ser ese momento de inicio, al igual que en otro momento de la historia lo fue la razón, que también tiene sus límites. La fe madura se construye en la fidelidad, incluso cuando la emoción desaparece.

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