La rueda de prensa del presidente de la Generalitat, Artur Mas, sólo ha servido para dejar sentado que el consenso entre los partidos independentistas se ha roto, que el Gobierno de la Generalitat no puede, por ahora, legalmente convocar un referéndum para que los ciudadanos de esa autonomía se pronuncien sobre la secesión y que, ante la falta de alternativa y para intentar seguir a flote en un barco que se hunde, el jefe del ejecutivo catalán ha optado por llamar a una consulta que, en símil con la competición futbolística, no es un partido oficial, sino una simple y llana pachanga, sin validez, sin garantías, sin los controles necesarios para que el voto emitido pueda considerarse mínimamente un punto de apoyo para el camino independentista en el que se ha zambullido CiU.

Acorralado, roto el consenso de las fuezas nacionalistas, Mas, en su huida desesperada hacia no se sabe muy bien dónde, ha dado el paso definitivo para convertirse en lo que más se parece a un presidente de una república bananera. Una lamentable salida que a la que más puede terminar perjudicando es a la propia Cataluña por la indefinición democrática en la que se sitúa y a la que es especialmente sensible este mundo económicamente globalizado.

Lo único democráticamente aceptable tras haber llegado a la pared del callejón sin salida en el que Mas ha metido a CiU hubiera sido disolver el parlamento y convocar unas elecciones anticipadas, sean o no plebiscitarias. Pero el presidente catalán sigue empeñado en nadar y guardar la ropa... o eso cree él.