Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Líderes en transición

Las tensiones entre reformistas, rupturistas e inmovilistas mantienen en vilo a la España de 2016 - Cuarenta años atrás, los dirigentes impusieron 'el pactismo' sobre las ideologías

"Un requisito indispensable en un político es su capacidad para aceptar los hechos tal y como vienen, y saber seguir adelante. Pasar por encima de las coyunturas. Porque, a veces, las circunstancias pueden desvirtuar el destino de un país". Son reflexiones de Adolfo Suárez, el líder reformista que dirigió el proceso de transición de la dictadura a la democracia, y a cuyo espíritu dialogante y conciliador han vuelto a apelar los nuevos dirigentes políticos que tratan, hoy, de pactar la segunda.

Hasta su Ávila natal se desplazaron, en plena campaña electoral, dos de los cuatro principales candidatos a la Presidencia del Gobierno de España. El emergente Albert Rivera se autoproclamó su heredero y en algún momento las encuestas llegaron a apuntar la posibilidad de que protagonizará un nuevo fenómeno electoral a lo UCD. Sus posibilidades sin embargo se frustraron al final de campaña -"cuando empezó a sudar en los debates", según resumió con malevolencia un crítico nacional-, y su partido, Ciudadanos, quedó muy por debajo de sus expectativas.

También Mariano Rajoy se asimiló a la figura de Suárez y se desplazó hasta la ciudad amurrallada para fotografiarse junto a la estatua y el hijo mayor del líder centrista de la transición española. Pero, con los resultados electorales en la mano, "el espíritu de Suárez" parece haber abandonado a uno y otro en sus primeras declaraciones sobre el alcance del pacto a suscribir. Tampoco parece estar presente en el resto de fuerzas políticas que tienen que pactar las nuevas reformas que la España de hoy, como la de entonces, tiene que afrontar.

Aquellas primeras elecciones generales de 15J de 1976 despejó la incertidumbre política del momento, distribuyendo los votos de tal modo que sentó las bases del futuro bipartidismo que ahora está en cuestión: la Unión de Centro Democrático (UCD) obtuvo el 34% y 165 diputados; el PSOE de Felipe González, el 29% y 118 escaños; el Partido Comunista de Carrillo y la Alianza Popular de Fraga Iribarne recibieron tan solo el respaldo del 9% y 8%, respectivamente, con 20 y 16 representantes en el Congreso constituyente.

El electorado castigó, en definitiva, a las formaciones situadas en los extremos de la izquierda y la derecha. Es decir, el inmovilismo de Fraga, que venía del franquismo y quería imponer reformas menores que no afectaran a los poderes tradicionales. Hubo que esperar a la refundación del PP impulsada por José María Aznar para que el PP se situará en el codiciado centro reformista. El inmovilismo de Rajoy está hoy, sin embargo, más cerca de la postura de aquella AP que del suarismo que dice representar.

Fue el también refundado PSOE de Felipe González el que ocupó la centralidad política tras el descalabro de la UCD y el espectacular éxito de 1982. Como ahora, González había impuesto un férreo rechazo a cualquier pacto con las formaciones situadas a su izquierda. Su declarado anticomunismo provenía del temor de la socialdemocracia española a que el modelo italiano, el compromiso histórica de Berlinguer, convirtiera al comunismo en una fuerza más fuerte que el socialismo.

El pulso entre unos y otros permanece casi 40 años después, aunque el lugar del Partido Comunista ha pasado a ocuparlo no su heredero natural, IU, sino la nueva izquierda que representa Podemos. "El PSOE es de los partidos que peor ha envejecido y será difícil pactar con él si no le ganamos el 20D", auguró Pablo Iglesias días antes de la cita electoral.

Salvando las distancias que separan a los líderes de la izquierda del 75 y del 2015, Iglesias, como hiciera Carrillo, ha ido moderando su discurso desde su irrupción en las elecciones europeas de mediados de 2014. Este renunció sin embargo a principios ideológicos históricos del PC, apoyando la Monarquía, para garantizar la convivencia y ante el riesgo real de golpe de Estado, tal y como quedó demostrado en el 81 con el asalto de Tejero al Congreso. Pero el talante pactista de Iglesias ha quedado en cuestión desde el momento que ha planteado como "irrenunciable" el referéndum catalán. Y el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha lanzado el envite a la inversa.

Sánchez no tiene la autoridad de González; tampoco Iglesias es Carrillo; ni Rivera o Rajoy se aproximan al perfil de Suárez. Pero todos tienen en común ser los protagonistas políticos más visibles de su tiempo histórico. Dicen que el líder no nace, se hace. Y que a unos el reto les hace crecer y otros les supera. Los líderes del 76 supieron realizar las profundas reformas que necesitaba el país. Los del 2015 están inmersos en pleno proceso de esta segunda transición, mientras ellos mismo transitan hacia la consolidación, o no, de su liderazgo.

Compartir el artículo

stats