Confieso que tengo una relación ambigua con la corrupción, con esta oleada que no cesa: por este orden, me indigna, me aburre y, por último, sobre todo me inquieta. Por alguna extraña razón, o quizás no tan extraña, lo que está pasando en España, aunque para nada somos un caso único, me recuerda a La Roma de los Borgia, una novela de Apollinaire tachada de blasfema, aunque lo blasfemo en verdad eran los Borgia -familia renancentista de comerciantes, papas y cardenales-, que me dio a leer un amigo cuando no tenía veinte años. El lado obsceno del poder es ilimitado. Su lectura fue entonces como darle rienda suelta a un goce oscuro, agitó las bajas pasiones: esa extraña mezcla de atracción y repulsión que logran desatar. Luego aprendí que el poder -y su lado obsceno- no sólo lo ejercen grandes estructuras, de arriba a abajo. Existe igualmente en horizontal y con no menos intensidad: lo que Foucault llamó la microfísica del poder. Todas las relaciones, hasta las más íntimas e, incluso, tiernas, están transidas de los juegos de poder: son relaciones de poder.

Licencias poéticas aparte lo que me inquieta de la oleada de corrupción es la impresión de que se trata de un fenómeno de época, más allá de coyunturas de país como intentaré explicar. Un fenómeno que, además, no va a parar, aunque pueda mitigarse. Sin que esto sirva de atenuante para partidos como el PP, protagonistas de una apoteosis de la degradación, la corrupción es constitutiva de un estado del mundo en gran medida -por una temporada- irrevertible. Huelga decirlo, siempre existió, es parte de la naturaleza humana, como la honestidad, pero hay tiempos propicios a ella. Éste lo es. Y por serlo la corrupción se hace síntoma de algo más.

Siguiendo, no obstante, el orden de sensaciones no hay que detenerse en explicar por qué la corrupción primero indigna. La principal razón es que es un saqueo a una caja común, de todos. Y con un agravante imperdonable: es una caja que abrumadoramente la llenan las rentas del trabajo, no las profesionales ni las del capital. Y aún no siendo asalariados los únicos que pagan, en la proporción en que al final lo hacen se hace muy injusto y desigualitario. Por tanto, doble crimen.

Pasada la indignación, viene el aburrimiento por la tormenta de casos y su reflejo mediático ad nauseam. Tedio me produce el detalle pormenorizado de lo que cada corrupto hizo, en lo que lo gastó, chalets, relojes, coches, yates trajes, juergas... Es como una neurosis obsesiva: aburrida, muy aburrida. Hay gente que lo sigue con fruición, cada nimia novedad del pillaje, no lo entiendo. Si al menos, irónicamente lo apunto, los desmanes fuesen obra de gente interesante, con potencial narrativo o fondo histórico, no sé, pienso en Giulio Andreotti, quien es -pese a lo sórdido que se escondía en alguien tan sofisticado culturalmente- impagable para comprender el siglo XX y la condición humana. Tan solo por haber inspirado Il Divo, la película de Sorrentino... Pero gente como el Bigotes, con esa melenita, por Dios, o Camps, las andanzas de gente vulgar son cosa de pésimo gusto, sin el más mínimo interés. Y España se ha convertido hoy en eso, como otros países: un reality de salteadores.

Es, sin embargo, la inquietud por la intuición de que la ola de corrupción es síntoma de algo más lo que merece analizarse. ¿Por qué es un fenómeno de época? Porque está emparentada con una tormenta perfecta: primero, la disolución de la comunidad y la pérdida de autoridad simbólica de las instituciones sociales, que venía de atrás. Segundo, el enjambre digital, el uso masivo de redes sociales que unen a la gente y, siendo útiles en cosas, resultan incapaces -fugacidad, endeblez y la falta de "alma" de la existencia virtual- de desarrollar un "nosotros" alternativo al que construían las masas clásicas, relegadas -ahí puede verse todavía- al fútbol (o al béisbol). Y, tercero, el alud que lo ha acelerado todo: un modelo económico de mercado sin Estado que está como está, en quiebra, tras ser el liquidador del pacto de reparto de la riqueza a mediados del siglo XX -los menos se llevan más, pero los más viven mejor y seguros- que validó la alianza entre democracia y capitalismo.

Dos breves apuntes. Primero: las comunidades, las sociedades nacionales después, fueron agrupaciones de gente en un mundo estable y previsible en parte porque éstas lo aseguraban. Tan estable era -el llamado Occidente- que a pesar del fracaso de la idea de progreso con la experiencia límite de Auschwitz las certezas básicas en la vida de la gente (las laborales para empezar) permitían proyectar una vida. Había estructuras sociales porque existía lo común como creencia fundada y eficiente aún en una lógica de clases no exenta de tensiones. Y el individualismo, la iniciativa personal en ese modelo de mercado, convivía y, de hecho, era más eficaz y fluido por la solidez de la comunidad y sus expresiones: las instituciones sociales.

Pues bien, hace tiempo que éstas últimas se han desdibujado: son frágiles, líquidas, diría Bauman. Un desenlace inesperado toda vez que el triunfo de la democracia liberal tras la Guerra Fría auspiciaba un domingo de la vida, un tiempo consensual capaz de disolver los antagonismos. Al contrario, la consecuencia de estas décadas es que la propia idea de comunidad hace aguas y es el sujeto el que está en crisis.

Segundo apunte. El modelo de mercado sin Estado, posible a raíz de la era digital, ha producido por lo pronto tres desplazamientos inéditos y espectaculares: la separación de la política y el poder, que tras dos siglos de contemporaneidad ha huido de los estados-nación a lo que Castells llama el "espacio de los flujos" y los medios llaman "mercados", es decir, está hoy en las manos de un circuito global e incensante de capitales, acéfalo, que rige un capitalismo principalmente inmaterial y financiero. Los estados-nación han sido desposeídos de su poder y se han vuelto simples contenedores locales de problemas globales sin que exista un actor global que los encare y ataje. Es más, cuando los estados nación europeos tratan, se ve, de replegarse para retomar su papel crean más inseguridad al revelar su impotencia.

El segundo desplazamiento ha sido el vaciamiento de los servicios públicos, como antes fue el traspaso a lo privado de lo sectores estratégicos de la economía, horadando de esta manera lo común por arriba y por abajo. El vaciado se aceleró con la Gran Recesión (2008-2016) para enjugar de entrada la deuda de los bancos. Pero el modelo de mercado sin Estado, aún dando por resultado ese poder acéfalo e imprevisible, es el producto de una decisión política ya tomada antes de la crisis: desmantelar el viejo capitalismo de rostro humano para mantener el salto de escala de los beneficios corporativos después de la caída del Muro, el resurgir asiático y la financiarización de la economía global. Y el tercer desplazamiento es esta misma Gran Recesión que, como dijera Eric Hobsbawm, ha resultado "un equivalente de derechas de la caída del Muro", es decir, la constatación de que lo que ha venido después del colapso del comunismo tampoco es la solución sino otro problema.

A cuenta de estos desplazamientos nos hallamos ante un fenómeno social de primer orden en Europa, del que aún no podemos calibrar sus consecuencias: la sustitución de una amplia clase media -el símbolo de un nivel alto de desarrollo- por otra nueva clase mayoritaria y aún en formación a la que le llaman precariado: una mezcla de precario y proletario, pues se trata de gente diversa en cualificación, edad, origen y mentalidad -no hay una voz- sin perspectivas de trabajos y salarios acordes a su capacidad, es decir, sin posibilidad de ver la vida fuera del corto plazo.

En estas condiciones la confianza de la gente en las instituciones sociales cae a mínimos. Y entonces viene lo que viene: Aquel individualismo inserto en una comunidad estable se ha convertido hoy en un individualismo a la intemperie, en un individualismo sin comunidad. De ahí a la lógica del sálvese quien pueda, como se está viendo, hay un paso. Sin ir más lejos, el llamado a la emprendiduría en boga (conviértete en tu propia marca), una secuencia más de tu perfil de Facebook, es esa música: sé valiente, hazte tu jefe y sácate partido versus trabaja para los otros pero sin los derechos de estar contratado. El individualismo sin comunidad no es sin consecuencias, tiene repercusiones hondas y rapidísimas en los comportamientos. Antes -ejemplo negativo, cínico quizás pero real- muchos políticos se corrompían para financiar a sus partidos, aunque luego una parte del botín se lo quedaran por "servicios prestados". Pero en verdad creían que su organización podía aportar el mejor modelo para su país. Tenían ideas políticas y adhesión a una organización en la que a veces se dejaban media vida. Metían la mano en el cajón pero al menos el delito convivía en ellos con unas creencias fundadas. Estaba fatal. Pero es que hoy es peor. Esos límites se han rebasado. Ahora los corruptos se adhieren a un partido en el poder con la idea previa de robar. Sin más. No media otro fin. O han devenido eso tras una militancia que degeneró. ¿Cómo revertir la situación? Es una de esas tareas a la vez urgentes e importantes, es arduo e incierto, pero pasa desde luego por reinventar la idea de comunidad. Su eficacia está probada. Y lo primero es ver, de manera realista, qué es lo cambiable de un estado del mundo que la desactivó.