Donald Trump es cada día más fiel a su imagen de hombre imprevisible. El lunes volvió a manifestar que está muy poco satisfecho de haber nombrado a Jay Powell presidente de la FED. Que el jefe de un ejecutivo ataque a la máxima autoridad monetaria de su país es excepcional. Y en principio suicida.

Pero el presidente americano no se ha quedado aquí. También ha atacado a la primera ministra británica, que ha logrado un pacto para un brexit blando con Bruselas que ha generado grandes críticas en Gran Bretaña, que es muy posible que no tenga la aprobación del parlamento el próximo día 11, lo que abriría un panorama muy incierto, y que un editorial del Financial Times considera que merece un apoyo condicionado porque, aunque insatisfactorio, quizás (repite lo de quizás) es la solución menos mala y menos desestabilizadora tras los resultados del referéndum.

Lo cierto que May lo tiene muy complicado porque el pacto enfurece a gran parte de los partidarios del brexit y tampoco satisface a los europeístas. Y esta semana no ha sido mala para la primera ministra. Los servicios económicos del gobierno han certificado que pese a que el pacto logrado es mucho mejor que una salida sin acuerdo, la economía británica perderá 3,9 puntos de PIB en cinco años en comparación con lo que pasaría si continuara en la Unión Europea. Y el escenario del Banco de Inglaterra es todavía peor.

Sólo faltaba que Trump saliera diciendo que tras el acuerdo con la UE Gran Bretaña no podría firmar acuerdos comerciales propios -una de las grandes promesas del brexit- con Estados Unidos ni con otros países porque durante un periodo de tiempo -que podría llegar a ser indefinido por el problema de la frontera entre las dos Irlandas- quedaría fuera de la UE pero dentro de la unión aduanera.

Trump tiene bastante razón. El brexit de May no es un brexit blando sino casi un no brexit. Pero es extraño que un presidente americano ataque a la gobernante de su gran aliado. Los motivos son dos. Uno es que Trump desea el debilitamiento -o incluso la explosión- de la unión económica europea que cree que perjudica a Estados Unidos. El segundo es que los líderes del brexit -el ultranacionalista Farage y el exalcalde de Londres y exministro de Exteriores Boris Johnson- son aliados político-ideológicos.

Farage, el primer político al que Trump recibió tras su victoria electoral, parece que tuvo bastante que ver con la interferencia rusa a en la campaña del referéndum del brexit. Y de Boris Johnson ha llegado a decir -en lo que ya fue un claro desprecio a Theresa May- que sería un magnífico primer ministro.

Todo bastante coherente con los tejemanejes de Steve Bannon, su antiguo consejero, a favor de partidos populistas y nacionalistas en las elecciones europeas de mayo. Indudable, Trump es un peligroso fenómeno disruptivo en la difícil realidad europea.