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serie multimedia: La amenaza terrorista

El yihadismo pesca adeptos en cinco caladeros de España

Las áreas metropolitanas de Barcelona y Madrid, dos barrios de Ceuta y Algeciras y el ámbito penitenciario, escenarios principales de la lucha antiterrorista - Investigan un segundo intento de levantar un frente islámico en las prisiones -

Caladeros de la yihad José Luis Roca

Planeaban salir a matar con un cuchillo, envenenar alimentos, vengarse de jueces, volar edificios, enviar reclutas a Siria o agredir a musulmanes relajados. Desde que comenzó el año, las Fuerzas de Seguridad han detenido a 28 personas por delitos de terrorismo islamista. El balance del Ministerio del Interior, actualizado al 9 de septiembre, lleva el ritmo de 2020, que concluyó con 38 detenciones pese al confinamiento. En España han sido capturados ya 899 yihadistas desde el atentado del 11M, y otros 119 fuera del país en operaciones de las policías y la fiscalía españolas.

La cadencia de golpes policiales al yihadismo refleja la silenciosa persistencia del problema. El 90% de los detenidos, según fuentes de la lucha antiterrorista, son adeptos del autodenominado Estado Islámico (Daesh, o ISIS en sus siglas inglesas); el resto, de Al Qaeda.

A la mayoría los han interceptado los responsables de la lucha antiterrorista en cinco zonas, que fuentes de Interior califican de principales caladeros de las dos centrales terroristas. Son lugares principalmente urbanos, de renta media baja y de alta concentración de inmigración magrebí o pakistaní entre la que camuflarse. Las investigaciones policiales más importantes se dan en dos conurbaciones de Barcelona y Madrid, dos barrios (El Príncipe de Ceuta y el área Saladillo-Piñera de Algeciras) y un ámbito: el penitenciario.

Caladeros de la yihad. José Luis Roca

Área metropolitana de Barcelona: rabia contenida

Cuando, hace dos semanas, acudieron unas mujeres musulmanas a realizar una gestión en el Ayuntamiento de Badalona, se activó una red de información de la seguridad del Estado, confirman fuentes policiales catalanas: una de ellas llevaba burka oscuro y guantes, a la usanza rigorista de Afganistán.

Los cambios en la vestimenta de los vecinos son una de las señales que a las Fuerzas de Seguridad alertan de la posible presencia de un radicalizador en un barrio. El reclutador de Daesh disimula –se camufla tras una apariencia occidentalizada, según la práctica de la 'taqiya'-, “pero empieza a influir en el entorno, y el entorno no disimula”, explica uno de los expertos policiales consultados. Entre las señales de implantación del rigorismo hay tres: los afectados, principalmente las afectadas, empiezan a vestir de otra manera y a no salir solas. Las familias ya no acuden a las fiestas del barrio, no se ve a sus hijos en los coches de choque o en conciertos con los chavales europeos, y la policía local registrará un repunte de la violencia machista.

En Badalona hay antecedentes. La Operación Hawda de la Policía Nacional neutralizó allí una red de reclutadores de Daesh en julio de 2020. Ya antes se habían percibido señales de rigorismo en barrios como La Salut y San Roque y en la vecina Santa Coloma. “Buscan a jóvenes en entornos delicuenciales, segunda generación de inmigrantes con limitaciones sociales y educativas. El islam que les venden les sube la autoestima. El captador canaliza su rabia contenida”, explica una de las fuentes policiales en el área metropolitana de Barcelona.

En la capital catalana, la detención de Mohamed Y. Amrani se adelantó por la radicalización muy severa que mostraba el terrorista, según fuentes cercanas a la operación. La noche antes de que, al amanecer del 8 de mayo de 2020, guardias civiles del Grupo de Acción Rápida (GAR) entraran en su piso de Ciutat Vella, se la pasó el terrorista en vela, viendo vídeos de decapitaciones cometidas por integristas.

El insomne se había radicalizado confinado en marzo, perdido su empleo de camarero a causa de la pandemia. De consumir propaganda del yihadismo había subido a un escalón superior de educación para matar, el momento en el que tuvo tutor: un combatiente en Siria que por videoconferencia le aleccionaba a atentar en suelo europeo.

“Voy a ser una máquina de picar; no tengo miedo”, le dijo a su maestro en una de sus últimas conversaciones. “Aunque sea solo con tu mano puedes actuar; no necesitas más”, le decía el mentor.

“El yihadismo esparce su propaganda entre miles de seguidores. Solo unos pocos responden, los débiles, los más fáciles de adoctrinar”, explica la fuente de la operación. Y en este caso la debilidad era extrema: el acólito sufría inestabilidad mental. Más de la mitad de los autorradicalizados dispuestos a matar detenidos en Europa desde 2018 presentan inestabilidad psicológica.

Cuerdos o enfermos, preocupan por igual. “El próximo atentado en esta zona será 'lowcost'”, augura una de las fuentes policiales catalanas consultadas, refiriéndose con el término en inglés a que la organización del acto terrorista será sin organización excesiva ni armamento. No se olvida del ataque de Abdelouahab Taib, cuchillo en mano, en la comisaría de los Mossos de Cornellá el 20 de agosto de 2018. 

Periferia de Madrid: entrenamiento militar

El último informe anual de Seguridad Nacional señala como “un nuevo perfil emisor de amenaza” a los “viajeros frustrados”, yihadistas que entrenaron para ir a la guerra en Oriente Medio y a los que la pandemia impidió viajar. Daesh les ordenó en 2020 atacar en Europa si no podían ir al frente.

Y en estos parámetros se sitúa al francotirador del Estado Islámico atrapado por Información de la Policía Nacional en Las Rozas (noroeste de Madrid) y cuyos planes investiga el Juzgado Central 6 de la Audiencia Nacional. Quería incorporarse a la guerra en Idlib (Siria) y, al tiempo que difundía propaganda yihadista, se entrenó en tácticas de autoprotección de francotiradores. Dejó su casa y buscó pisos de okupa, siempre en localizaciones desde las que pudiera divisar todos los alrededores. En sus redes sociales tenía a tres mujahidines (combatientes) en Siria. El 15 de diciembre de 2020 la Policía decidió detenerlo: había confesado a uno de sus tutores que quería inmolarse ya.

El área de presencia de yihadistas en Madrid abarca sobre todo la gran periferia sur, hasta los pueblos del norte de Toledo. En Santa Olalla, el 30 de junio, fue detenido un obrero con tres mujahidines sirios en la agenda de su móvil, por el que había recibido varias aplicaciones antiespía y 60 manuales de autocapacitación terrorista. El último: “Tácticas de combate nocturno”.

Ceuta: “Yo soy el terrorista”

Cuando la Policía Nacional capturó al autodenominado “reportero” de la yihad, el 8 de noviembre de 2017 -ha vuelto a ser detenido por la Guardia Civil e ingresó en la prisión de Murcia este mes de septiembre-, el hombre, de 28 años, se revolvió e hirió a uno de los agentes. Al sacarle engrilletado de la casa en que vivía con sus padres, marroquís, ancianos y analfabetos, chillaba en dariya: “¡Yo soy el terrorista!”, relatan fuentes de la operación.

El reportero, considerado un reclutador emblemático de Daesh, había movido a una docena de combatientes a Siria desde su feudo en el barrio Príncipe Alfonso de Ceuta. De allí ha salido un cuarto de los 300 españoles enrolados para ir a Siria e Irak.

Fuentes de Interior diferencian en potencial el Príncipe de su similar Reina Regente de Melilla, donde los españoles de origen marroquí son más refractarios al yihadismo. Tienen familia en el Rif, una región de Marruecos “donde hay otras preocupaciones nacionalistas, y no la del califato universal”, explica una fuente de la Seguridad del Estado en Ceuta.

Ceuta, rodeada por la provincia de Tetuán y cerca de Tánger es diferente. “Los radicales en la zona son en su gran mayoría seguidores de Daesh”, explica. Se ha podido ver en la última operación de la unidad antiterrorista marroquí BCIJ en el sur del país, capturando a tres miembros del Estado Islámico el pasado 14 de septiembre, y en la detención en Tánger, siete días antes, por la policía marroquí de un terrorista con planes para atacar al turismo en su país, al que descubrió la Comisaría de Información de la Policía Nacional.

Barriada de la Piñera, en Algeciras. José Luis Roca

Algeciras: mafias y escondites

Fuentes de la lucha antiterrorista confirman que la conexión narcotráfico/yihadismo no ha dejado de investigarse en el eje Marruecos/Campo de Gibraltar, aunque aún sin resultados.

“En el Magreb y el Sahel, Daesh tiene tres vías de financiación: el secuestro, el narcotráfico y el tráfico de personas”, explica una fuente de la Guardia Civil en la zona. Sí ha aflorado la conexión con la inmigración ilegal en Llucmajor (Mallorca), donde el 5 de agosto el instituto armado detuvo al argelino Abdel K., paterista con conexión en Algeciras y que también llevaba combatientes a Libia. Se investiga si el detenido tiene relación con la introducción en Almería de un mujahidín retornado de Siria, y otros tres en Barcelona de paso hacia Francia.

La tranquila convivencia entre cristianos y musulmanes en los barrios de El Saladillo y La Piñera de Algeciras era buen escondite para Nabil E.A., que en redes sociales prometía: “Con el permiso de Alá, Al Ándalus volverá a ser tierra de califato”. Nabil ha sido uno de los últimos acusados de terrorismo en pactar con la fiscalía una reducción de pena (tres años en vez de cuatro) por confesar, siguiendo una estrategia que tiene ya diez años.

Pintada yihadista aparecida este año en la prisión de Botafuego (Algeciras). S. E. P.

Un nuevo frente en las prisiones

En mayo de 2017 apareció en la cárcel madrileña de Estremera un dibujo rayado en una pared con la caperuza de un bolígrafo, un cuadrado y un círculo con un letrero de “Alá es el único dios y Mahoma su enviado”, reproducción de la bandera negra de Daesh.

Ese graffiti sería el primero de una docena que han ido apareciendo en otros centros penitenciarios en lo que en la lucha antiterrorista explican como “juramentos de fidelidad a ISIS” por presos radicalizados.

La investigación sobre la primera pintada de Estremera, aún bajo secreto, ha dado lugar más recientemente a un inquietante hallazgo: integristas de esa cárcel intentaban levantar un frente de presos islamistas en las prisiones.

Hay antecedente en otro intento, en 2018, en el penal de Topas (Salamanca), por el que se investigó a Abderrahman Tahiri, condenado por preparar la voladura de la Audiencia Nacional con un camión de explosivos.

Ahora los de Estremera estaban enviando cartas a condenados en otras cárceles, textos que pudieran pasar una censura, cuestiones coránicas o simples expresiones de ánimo. La organización era “rudimentaria”, dicen fuentes cercanas a la investigación. Se habían hecho con los nombres de los yihadistas destinatarios mirando los periódicos.

“Las prisiones no son un nido de yihadistas”, protesta una fuente penitenciaria sobre la imagen que dan casos como este, pero algunos de los 108 hombres que cumplen condena por terrorismo islámico en España, y de los 250 que se consideran susceptibles de captación islamista, “han descubierto que la unión hace la fuerza –cree Francisco J. Macero, funcionario de prisiones experto en radicalización del sindicato ACAIP y colaborador de la red europea de alerta RAN-. Intentan agruparse porque no tienen una banda sino microcélulas dispersas. Y para eso necesitan captar más adeptos”.

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