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No te cases nunca con un periodista

«Cásese con un pistolero o con un jugador tramposo», sentenció Billy Wilder en el guion de ‘Primera Plana’

Cásese con un pistolero o con un jugador tramposo. Con quien sea, menos con un periodista». La mordaz sentencia la dejó escrita Billy Wilder en el guión de Primera Plana (1974), la hilarante historia de un reportero del Chicago Examiner cuya boda trata de impedir por todos los medios el director del diario para no perder a su mejor cronista de sucesos. La historia del cine está repleta de películas sobre periodistas. Algunas amargas, como Los gritos del silencio, cuyo guión bien podría reescribirse hoy con las historias terribles de algunos de los inmigrantes que llegan a Canarias. Otras certeras, como la precisión quirúrgica con que Buenas noches, buena suerte define la dramática dependencia del periodismo de las cuentas publicitarias. Pero, más allá de su cómica crueldad con los periodistas, ese «hatajo de pobres diablos» cuyo reportaje servirá mañana para «envolver un periquito muerto», ninguna es tan precisa como Primera Plana y su desternillante director Burns al describir la obsesión enfermiza por contar una noticia.

Melchor Fernández, en el centro, de frente, con Teresa Cárdenes, Julio Rodríguez (primero por la derecha) y Angel Tristán. De espaldas, Diego Talavera y Paco Cansino (centro).

Gracias al empeño de Guillermo García-Alcalde, Melchor Fernández y Diego Talavera, tuve la enorme suerte de aterrizar en el periódico LA PROVINCIA en 1989, cuando su redacción coincidía en la primera planta de un mismo edificio en El Sebadal con la redacción análoga del Diario de Las Palmas. Solo un pasillo y una escalera separaban entonces a ambas redacciones. Pero aunque eran dos rotativos hermanos, unidos por una misma empresa, aquel pasillo era muchas veces un desfiladero donde reporteros de ambos periódicos, habitados por el espíritu del señor Burns, se disputaban hasta el aire con tal de asegurarse una exclusiva. Un pasillo por donde los periodistas salían de las redacciones a las tantas, siempre inventando excusas por llegar tarde a casa o no aparecer en las reuniones familiares o sociales, a veces con los técnicos de la rotativa trinando por los retrasos de la edición, otras incluso con alguna hija o algún hijo garabateando un papel en la redacción esperando a papá o a mamá.

Por aquel pasillo vi salir muchas veces a las tantas, por ejemplo, a José Manuel Vargas y a Paco Cansino, dos de esos reporteros extraordinariamente brillantes sin cuyo trabajo no se entendería la escalada en términos de calidad que hizo grande el prestigio de LA PROVINCIA, asentado sobre una de las redacciones más cualificadas, valoradas y cuidadas que, gracias al ojo clínico que siempre distinguió a García-Alcalde, han tenido los periódicos canarios. Aunque trabajando entonces para diarios diferentes, con Vargas tuve la suerte de pasar muchas horas persiguiendo adolescentes y aprendiendo de la vida durante la revuelta estudiantil de 1987, aquella especie de mini mayo francés que protagonizaron personajes tan surrealistas como el cojo Manteca y que puso contra las cuerdas al gobierno de Felipe González. Con su aire quijotesco, a Vargas le recuerdo siempre reflexionando en voz alta sobre las causas de aquel gigantesco desafío adolescente.

Y qué decir de Cansino, seguramente el periodista más recordado y respetado por al menos tres generaciones de reporteros en Canarias. Cansino lo era todo: amigo, profesor, consejero, colega, compañero de mesa o ruedas de prensa, hermano circunstancial si tropezabas con la vida, paño de lágrimas si alguien te la jugaba, chófer en su moto, papá singular y ejemplar de su niña Marga… Y por supuesto, un periodista de dimensiones colosales que lo mismo te explicaba cómo funcionaba el impuesto sobre la gasolina, que resolvía los jeroglíficos del plan de trabajo, organizaba con precisión suiza a redactores y fotógrafos o literalmente salía corriendo de la redacción si en situaciones de dificultad extrema no encontraba a nadie disponible para cubrir una noticia. Así era Cansino. El periodista total.

Muy de salir del periódico a las cuarenta mil era también Julio Rodríguez. Por eso, y gracias a él, LA PROVINCIA fue el domingo 31 de agosto de 1997 uno de los pocos rotativos que incluyó en la portada de su primera edición la trágica confirmación de la muerte de la princesa Diana en un accidente de coche en París. Aquel suceso sorprendió a Julio adelantando trabajo a solas en la sección de diseño un sábado de madrugada. Él comprendió inmediatamente la magnitud de aquel accidente brutal y a golpe de teléfono, sacó literalmente de la cama a varios responsables del periódico. Gracias a sus reflejos, la rotativa se paró, pese a la complejidad de la tirada dominical, para integrar en toda la edición aquella tragedia que conmocionó al mundo.

110 años de vida de un periódico, de los cuales compartí casi una veintena, dan lógicamente para mil anécdotas de redacción y para un recuento largo de talentos. Harían falta libros enteros para no dejarse a nadie injustamente atrás, como inevitablemente y por desgracia ocurrirá en este artículo. Pero antes de terminar, permítanme otro recuerdo y una duda. El recuerdo, para el impagable ejemplo de director que fue Julio Puente, capaz de gobernar el caos con serenidad incluso cuando la realidad golpeaba con acontecimientos tan atroces como el 11-S o el 11-M.

Y la duda, ya desde fuera de una redacción: cómo es posible que, 37 años después de ser creado, no haya habido todavía un premio Canarias de Comunicación para periodistas como Guillermo García-Alcalde, Pepe Alemán o Ángel Tristán Pimienta, sin cuyas firmas habría habido en Canarias muy pocas oportunidades para el periodismo analítico y el pensamiento crítico.

Aunque, pensándolo bien y observando la trayectoria de ciertos premios y contextos, a veces las cosas que no llegan a ocurrir pueden ser también muy interesantes. Como le sucedió al propio Billy Wilder con su fallida entrevista a Sigmund Freud en 1925 para un periódico austriaco: «Me preguntó: ‘¿Es usted periodista?’ Yo dije: sí, me gustaría hacerle unas preguntas. Y él contestó: ’Ahí está la puerta’. Me echó. Fue el momento culminante de mi carrera. Y le dije: Gracias».

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