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Náufragos de un mismo mundo a la deriva

«A lo largo de este siglo y pico Canarias ha seguido anclada en el Atlántico a un continente al que llaman África»

Dos pateras alcanzan por sus propios medios el puerto de Arguineguín, atestado de migrantes africanos. Quique Curbelo/Efe

Dos pateras alcanzan por sus propios medios el puerto de Arguineguín, atestado de migrantes africanos. Quique Curbelo/Efe

En los 110 años de existencia del periódico LA PROVINCIA, nuestro Archipiélago singular no se ha movido ni un centímetro del lugar que ocupa en el mundo. Han pasado unos cuantos reyes y una república, tiranos y democracias; surgieron volcanes y terremotos, plagas de langosta y huracanes; lluvias y sequías asolaron nuestra tierra y pálidos norteños comenzaron a frecuentar nuestras playas. Hubo hambre, nuevos ricos, sueños estrellados y amores perdidos. Hubo de todo. Pero a lo largo de este siglo y pico Canarias ha seguido estando donde siempre estuvo, anclada en el Atlántico a un continente al que llaman África.

De sus costas zarparon un día los primeros futuros isleños en circunstancias aún envueltas en la niebla de la Historia. Sobre la identidad borrosa de aquellos bereberes se eleva quienes somos, hoy forjados en la mezcla de los que vinieron después. África siempre estuvo ahí, una presencia marcada por el trasiego de esclavos y cautivos entre ambas orillas a golpe de razias y ataques de piratas, la longeva presencia de los pescadores isleños en las costas saharianas, la fundación del barrio de La Charca en la vieja Port Etienne o la búsqueda de asilo cuando las cosas se pusieron feas. Sí, hubo un día en que las embarcaciones con migrantes y refugiados viajaban en el otro sentido.

África es enorme, diversa, compleja, multiétnica hasta la extenuación. Dividida en 55 países y unos cuantos territorios más. Canarias es parte de ella, como lo es también de Europa con el corazón latinoamericano. Somos todo eso. Afortunadamente. Es lo que nos distingue, nuestra singularidad. Y, sin embargo, quienes nos gobiernan han estado demasiado tiempo instalados en la negación de nuestro vínculo, timoratos, recelosos. De ahí procede el susto que nos siguen dando las pateras y los cayucos. De ahí el miedo al «invasor», el pánico a esos otros que no son sino nosotros vistos a través de los espejos deformantes de nuestro Callejón del Gato mental.

La distorsión es tal que durante el último cuarto de siglo ha germinado en el imaginario colectivo la semilla, plantada bien adentro y regada una y otra vez, de que la migración africana es un «problema». Meditémoslo un instante. Pensemos en Argentina, en Estados Unidos, en Irlanda del Norte. Pensemos en Canarias en los años 40, en los barcos fantasma que zarpaban hacia Venezuela desde La Palma, El Hierro, desde el Puerto de La Luz. ¿Se puede decir que allí y entonces la migración era un problema o, más bien, que era una solución? Las migraciones son la manera natural que tienen los pueblos de encontrar una salida.

Claro que si un ciudadano ve las vergonzosas imágenes del puerto de Arguineguín del año pasado va a entender que algo no funciona. O el esperpento de los macrocentros. O a miles de africanos deambulando por las calles sin posibilidad alguna de integrarse porque están bloqueados en las Islas. Lógico que se asusten. Pero vale la pena el esfuerzo de comprender quién ha provocado ese desaguisado. ¿Los migrantes y su desesperada búsqueda de soluciones para ellos y sus familias? No lo creo. Más bien son la intencionada incompetencia del Gobierno español y la impunidad con la que viola los derechos de seres humanos las que han convertido a Canarias en cárcel y tierra de exilio. Como en tiempos de Unamuno que, ilusos, pensamos dejar atrás.

En realidad, quienes están bloqueados no son los migrantes sino nuestros dirigentes. Los de todos los colores. No tienen ni idea de cómo gestionar el hecho migratorio o, lo que igual es peor, les tiembla la mano por el miedo a la extrema derecha. En esto ya somos europeos. Todo el Viejo Continente está atenazado ante el drama de decenas de miles de personas naufragando en su frontera sur, porque la Europa de los derechos humanos murió una fría noche de invierno en Idomeni cuando impidió el paso a mujeres y niños sirios cubiertos apenas con una manta. Parece que va a ser difícil resucitarla.

Y mientras tanto, sumidos en este dilema, hemos confundido la parte con el todo creyendo que África entera eran estos jóvenes en busca de futuro. Resulta que no. Ellos son la parte visible de un continente aquejado de grandes males y poblado de dirigentes que han roto el contrato social con los suyos, incapaces de dar educación, salud, empleo o vivienda dignas a quienes sueñan una vida mejor. Una África aún amenazada por la rapiña exterior, a la que se pretende controlar desde fuera.

Pero esta es solo una parte de la historia. Entender que los africanos y africanas llevan dentro el germen del cambio y que cada día son capaces también de lo mejor es una tarea de descolonización mental pendiente que desde los medios de comunicación debemos liderar. Y Canarias tiene la misión histórica de ser el puente por el que transite esa nueva narrativa que nos permita ver en ellos aquello que nunca dejamos de ser, náufragos de un mismo mundo a la deriva.

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