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¿Son los periódicos una especie en extinción?

«La información llega cada vez más deprisa y a través de incontables canales. Solo el periodismo independiente, crítico y reflexivo puede combatir los bulos con que se está pervirtiendo el oficio de informar»

Conversaban los hermanos Trueba, Fernando y David, sobre su pasión por contar historias cuando, como quien no quiere la cosa, introdujeron una reflexión crítica sobre el modo en que los periodistas ejercemos nuestra profesión: «Lo que importa no es el tema en sí, no es la noticia; lo que importa es cómo cuentas lo que ocurre; cómo haces entender a la gente que lo que pasa podría afectarle, aunque no lo parezca», señaló el menor de los cineastas en una entrevista radiofónica concedida este abril en Las Palmas de Gran Canaria, durante la celebración del 20 aniversario de su Festival Internacional de Cine. Pepa Blanes, la entrevistadora, interpeló seguidamente al director de El olvido que seremos: «Lo comparto, claro. Siempre ha estado en mi naturaleza contar historias; ya en el barrio, en la calle o en el colegio, era yo el que contaba las películas, y al parecer las contaba bien. Incluso cuando veo las noticias o leo el periódico, con lo que me quedo siempre es con una historia». Y fue entonces cuando Fernando Trueba lanzó el dardo: «Lo que importa no es esto que les gusta tanto a los periodistas, y perdonad por la parte que os toca… Yo la frase que más detesto es esa de ‘ahora dame un titular’. Dame tú la mitad de tu sueldo, les contesto, y yo te doy el titular», bromeó. Pero añadió: «Es una obsesión la que tienen ahora los periodistas por los titulares, los editoriales y las tribunas. Cuando las historias nos dicen mucho más que esos titulares o esos editoriales. A los seres humanos lo que nos llega son las historias particulares más que la actualidad. Por eso el cine y la literatura son tan importantes».

El dialogo entre estos dos contadores de historias, comunicadores al fin y al cabo, y como tales con autoridad para reflexionar sobre el periodismo, puso el dedo en la herida por la que sangra el oficio de informar en los tiempos que corren: la tendencia al reduccionismo; el gusto por la superficialidad; la consolidación de la propaganda; el afán por la manipulación o la ausencia de filtros para destilar lo que es verdad de lo que no.

La culpa no es solo de esta maldita pandemia, que ha precarizado aún mas el ejercicio de la profesión. La crisis viene de atrás. Es en realidad una suma de crisis que comienza cuando las nuevas tecnologías revolucionan el negocio de la comunicación, como tantos otros. Y crean primero nuevos canales y plataformas digitales e, inmediatamente después, inundan el mundo de pseudo-periodistas que tienen su propia mass media: las redes sociales.

El periódico de papel, el de toda la vida, el que leyeron nuestros padres, abuelos y tatarabuelos, envejece desde entonces a pasos acelerados: «Tus grandes exclusivas de hoy envolverán el pescado de mañana», dejó escrito el dos veces Premio Pulitzer Walter Lippmann. Hoy se usa más que nunca para envolver el pescado, y a duras penas incluyen alguna exclusiva. Y es que el ritmo de la información se ha vuelto exageradamente frenético. Noticias de todo tipo, verdaderas o falsas, fluyen a una velocidad de vértigo. ¿Son los periódicos una especie en peligro de extinción?

El esfuerzo de informarse

Leer, ya sea un diario o un libro, requiere cierto esfuerzo, por supuesto mucho mayor que oír un audio o visualizar unas imágenes. Varios investigadores se han tomado la molestia de minutar cuánto tiempo consume digerir un texto largo. La mayoría de personas lee una media de entre 190 y 250 palabras por minuto. Ello quiere decir que este suplemento robaría la friolera de 8 horas del preciado tiempo de un consumidor medio de prensa. Ahora bien, si largo y tedioso resulta leer un periódico completo, imagínense hacerlo. La tarea es tan ardua que consume grandes cantidades de tiempo y recursos. Y ahí fue donde golpeó la segunda crisis al periodismo.

Si ya le resultaba difícil a la prensa convencional sobrevivir en las procelosas aguas de lo telemático, la nueva embestida de la recesión puso en jaque el negocio de la comunicación. Los obligados recortes restaron recursos y capacidad de respuesta, en un momento en que necesitaba precisamente todo lo contrario, para afrontar el gran desafío del periodismo en el siglo XXI: «Me causa estupor el relato de la complejidad: no sé cómo se cuenta», escribe Iñaki Gabilondo en El fin de una época. Y lo explica así: «Sea porque el mundo es cada día más global, porque uno es cada día mayor, o porque se suma todo lo que vemos y leemos, las cosas me parecen cada vez más complejas, más llenas de matices, y la paradoja es que hay que contarlas de manera más rápida, más corta, más impactante». De todo lo que observa que ocurre al oficio de contar las cosas, el veterano periodista concluye lo siguiente: «Desde mi perspectiva, la situación corre el riesgo de irse al desagüe. Cuando no nos es dado narrar la complejidad, caminamos hacia la propaganda, que es el lenguaje de la simplificación de las cosas complejas».

Los jíbaros digitales

La información llega cada vez más deprisa y se comunica con menos palabras a través de un incontable número de canales y plataformas. Y sin apenas filtros. Las redes de comunicación masiva actúan como los jíbaros, con la única diferencia de que aquella temible tribu reducía cabezas y esta jibariza el pensamiento. Para combatir este exceso de síntesis, los periódicos convencionales no pueden limitarse a analizar datos, por interesantes que estos sean, y a reproducir declaraciones, siempre interesadas. Porque aunque Fernando Trueba no lo crea, «el objetivo del periodismo es la persona», como insiste Gabilondo.

El quid del debate no se limita, por tanto, a averiguar si el futuro consumo del periódico será solo digital o también impreso, sino por qué tipo de periodismo se apuesta, en uno u otro formato. El editor estadounidense David Lawrence consideró al respecto que «es falso que el público no tenga tiempo para leer periódicos, lo que no tiene tiempo quizá es para leer lo que le ofrecemos». Y es que solo un periodismo independiente, crítico y reflexivo puede combatir los bulos, la manipulación y la propaganda con que se está pervirtiendo el oficio de informar.

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