Cuatro décadas después de que un joven visionario de 28 años pusiera en Las Palmas de Gran Canaria los cimientos de lo que hoy es Prensa Ibérica, el mundo del periodismo vive un momento de explosión, una época de masivo intercambio de información, de interés desbordado por las noticias, de comunicación global e instantánea, un periodo de enorme impulso creativo. Las empresas, entre ellas la que edita este periódico, están abordando los cambios gigantescos que se están produciendo en el campo de la información como un reto y una oportunidad ante el futuro.

Hace cuarenta años los ordenadores eran artículos de lujo, artilugios que ocupaban grandes espacios físicos y los utilizaban casi exclusivamente la banca, las grandes empresas y determinados organismos públicos que demandaban enorme potencia en procesos de datos y análisis estadísticos. En la actualidad, por menos de 300 euros, cualquiera puede llevar consigo un pequeño celular cientos de veces más potente, conectado a Internet y con acceso a más información de la que cualquier ser humano pudiera leer aunque viviera varios siglos.

Las redacciones de hoy ya no se parecen en nada a la de los años setenta, cuando los periodistas convivían con los teletipos de cinta perforada, las máquinas de escribir Adler, los folios del sobrante de las bobinas de las rotativas, los teléfonos de baquelita de color negro y el humo asfixiante de los cigarrillos. Las redacciones responden en la actualidad a otras exigencias de trabajo: digital, multimedia, analistas de datos, editores de vídeo, expertos en redes sociales… Todos ellos enriquecen la oferta, pero también han modificado los hábitos, los horarios y hasta el lenguaje de los nuevos periodistas. Ya no se habla de corondeles sino de posts.

“La clave del periodismo está en saber sorprender a los lectores, saber descifrar las exigencias de los nuevos tiempos y plantear la humanización de las noticias”

No falta quienes detectan en esta transformación enormes riesgos para el periodismo. Y posiblemente tengan razón en el sentido de que el camino futuro ya está despejado y que no existan amenazas, como es la del desempleo y la depauperación de la profesión periodística. Porque es cierto que las nuevas formas del periodismo no han encontrado de momento un modelo de negocio que garantice la supervivencia de empresas rentables con amplias plantillas. Eso difícilmente volverá a ocurrir, o al menos la actual generación no lo verá.

Pero no hay que dejarse llevar por la nostalgia y pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Todo lo contrario, porque lo mejor está por llegar. Quienes anticipan la muerte del periodismo en manos de la cibernética y del fenómeno global de Internet y las redes sociales se olvidan de que la técnica no es su fundamento, sino solamente un condicionante de su ejercicio. El dilema entre el progreso y la tradición no es nuevo ni se limita al periodismo.

Vivimos momentos de gran confusión que no solo afectan al mundo de la comunicación, sino a todos los estamentos de la vida, como la política, la economía, las relaciones humanas, la cultura o el deporte; una confusión que viene del hecho mismo de la globalización y se mezcla con el impacto de las nuevas tecnologías. Estamos en un mundo que se ha construido a partir de mediaciones y ahora lo que ha ocurrido es que han aparecido nuevos y desconocidos mediadores. Pero hay que ser optimista. La propia actividad humana hará que nos acoplemos a ese futuro que ya es presente, porque la transformación digital es probablemente el mayor reto que conoce la humanidad desde la revolución industrial.

Además, el periodismo tal y como lo conocemos hoy en día sigue siendo un elemento insustituible en las sociedades democráticas, en lo que respecta a la formación de la opinión pública, y continuará así, al margen del aspecto que ofrezca y del soporte que tenga. Porque sobre la libertad reposa la construcción de toda democracia, aunque algunos políticos se nieguen a aceptarlo -por cierto, los que se autocalifican de progresistas y de izquierdas son a los que más les cuesta encajar la crítica y aceptar la libertad de opinión. Pero no hay que dormirse en los laureles del pasado. La clave del periodismo futuro está en saber sorprender a los lectores cada día, saber descifrar las exigencias de los nuevos tiempos y plantear como factor fundamental la humanización de las noticias. Y como todo buen reportero, descubrir la apasionante propuesta que tenemos por delante, la variedad de medios para contar las cosas, contarlas mejor, con profundidad y de forma más atractiva. Solo entonces entenderemos la oportunidad que tenemos por delante.

Termino con un recuerdo personal. En los días posteriores al 6 de diciembre de 1978, el mismo día que se votó en referéndum la Constitución Española y también el mismo día en que nació en la capital grancanaria la extraordinaria aventura de Prensa Ibérica, visitó las instalaciones de Editorial Prensa Canaria en las calles Murga-León y Castillo aquel joven visionario de 28 años al que me refería en el primer párrafo de este artículo, es decir, Javier Moll de Miguel. Yo era entonces redactor de Diario de Las Palmas y tenía 26 años. Me lo presentaron, como a todos los trabajadores que estaban en ese momento en la redacción, e intercambiamos las palabras de cortesía que suelen ser habitual en estos encuentros. Cuando lo vi alejarse hacia la puerta de salida lo primero que me vino a la mente fue una frase de Peter Drucker, aquel judío austriaco que definió de forma certera la sociedad del conocimiento a finales de la década de los sesenta, y que curiosamente había leído unos días antes: “La mejor manera de predecir el futuro es crearlo”.