Los árboles mueren para revivir en los periódicos, no en vano son ellos los que aportan la materia con que se fabrica el papel. Pero también pueden aportar la imagen que explique el desarrollo de un grupo periodístico, ya sea su implantación y crecimiento o su expansión territorial. Prensa Ibérica, uno de los grandes periodísticos españoles, es hoy, a los 40 años de su nacimiento, un bosque, extendido por un territorio tan discontinuo que el mar ejerce en él de nexo de unión. Y tan variado que en cada sitio adquiere la fisonomía más característica del lugar: drago en Canarias, carballo en Galicia, castaño en Asturias, naranjo en Valencia. Todos diferentes, en cuanto que identificados con la tierra en la que se asientan y en los lectores que los leen, pero todos con algo esencial en común, no en vano están injertados con la savia del esqueje que, al adquirir Editorial Prensa Canaria, plantó en 1978 en Las Palmas un joven matrimonio. Javier Moll de Miguel y Arantza Sarasola demostraron entonces un valor temerario al entrar en el negocio periodístico en un momento especialmente turbulento para el sector, zarandeado por una fuerte crisis económica y por la necesidad de acometer una drástica reconversión tecnológica, pero, sobre todo, una impresionante claridad de ideas y la decisión y los recursos necesarios para ponerlas en práctica. Su obra habla hoy por ellos.

Cuando en el año 1988 me hicieron el honor de encomendarme la dirección de LA PROVINCIA yo tenía muy claro que llegaba a la raíz, pues era aquí donde había nacido la concepción de empresa periodística de cuya solvencia y eficacia ya había tenido pruebas concluyentes en La Nueva España, que apenas había necesitado cuatro años bajo la gestión del grupo que la había adquirido en subasta pública para demostrar hasta qué punto su potencialidad desbordaba unos límites que ni los más optimistas se habrían atrevido a insinuar. Hasta donde mi experiencia lo había podido identificar, ese grupo había aportado un nuevo modelo de gestión económica y, desde el primer momento, había concedido el máximo protagonismo al producto periodístico, ofreciendo para ello a los periodistas tanta libertad como respaldo, sin otra contrapartida que ejercerlos con calidad profesional y responsabilidad. Para los periodistas una situación así era sin duda un reto, pero el mejor reto posible.

La empresa no tenía otros intereses que los puramente periodísticos e incorporaba un rasgo que, en alguna medida, resultaba revolucionario: la creencia en que la prensa regional no solo era viable como negocio sino que podía aspirar al máximo. El éxito económico era clave, en tanto que suponía la mejor garantía de independencia. Pegarse al terreno no implicaba, por otra parte, renunciar a la excelencia, sino tratar de alcanzarla de una manera concreta, máxime si, además, no se rebajaba ni un ápice la atención a cualquier sugerencia de la actualidad, fuera cual fuera su origen, territorial o temático. El periodismo hiperlocal, que algunos postulan ahora como posible salida a la crisis de los periódicos de papel ya estaba patentado en los periódicos de Prensa Ibérica, con una doble exigencia: acercar todo lo posible el periódico al lector y, al mismo tiempo, resistir cualquier tentación de intentar manipularle. El reto ha sido siempre tenerle bien informado y ofrecerle una opinión lo más plural posible para que pueda crear en libertad la suya propia.

“Prensa Ibérica no tenía otros intereses que los periodísticos e incorporaba un rasgo que resultaba revolucionario: la creencia de que en la prensa regional no sólo era viable como negocio sino que podía aspirar al máximo”

Todo ello debía ser compatible con la adquisición de compromisos claros por parte del periódico. LA PROVINCIA que yo conocí desde dentro se identificaba por completo con el nuevo marco democrático que establecía la Constitución y, dentro de él, con la defensa de los intereses de Canarias, para quien la incorporación de España a la Unión Europea traía a la vez alicientes y peligros. Y, ya en clave interna, el periódico, del brazo de su hermano Diario de Las Palmas, sabía perfectamente cómo debía asumir su propia historia. Si el periódico había nacido a principios del siglo XX para defender la descentralización de Canarias, con la creación de una provincia en las islas orientales, seguiría manteniendo en los nuevos tiempos su defensa de los intereses de esas islas sin, por ello, dejarse arrastrar por los demonios del pleito insular. Si de algún episodio guardo un recuerdo especial es el de la lucha de la sociedad grancanaria por hacer realidad la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, una lucha con la que LA PROVINCIA se comprometió al máximo y que concluyó con una emocionante victoria.

Prensa Ibérica lleva 40 años haciendo buen periodismo. No hubiera podido alcanzar ese hito, al que con seguridad le esperan muchos más, si no hubiera encontrado desde el principio, siempre problemático, los profesionales adecuados. En Canarias hay magníficos periodistas y yo tuve la suerte de poder constatarlo de cerca en el día a día del ejercicio profesional. Siempre he tenido claro que si del periodo que permanecí en Las Palmas guardo un recuerdo feliz, se lo debo a la buena acogida de la sociedad, y, sobre todo, a ellos, por lo mucho que me ayudaron, no solo por su profesionalidad sino también por su lealtad y su cercanía. Podría citar muchos nombres, pero ante el riesgo de cometer alguna omisión imperdonable, los resumiré en uno solo, el de Guillermo García-Alcalde, que fue a la vez mi jefe y mi compañero, mi superior y mi amigo. Él me ayudó como ninguno a identificar esa raíz de Prensa Ibérica a cuya cercanía llegué hace ya tantos años.