Pretender enumerar en un breve artículo de prensa cuáles son los acontecimientos más significativos que han marcado el devenir de San Bartolomé de Tirajana en los últimos cuarenta años supone un cierto ejercicio de osadía. Sólo establecer el criterio de selección ya resulta complejo y subjetivo.

Entiendo que una de las grandes dificultades es tener la suficiente perspectiva histórica para efectuar tal análisis de coyuntura social. Y, sobre todo, contar con los instrumentos y herramientas que nos permitan llevarlo a cabo con rigor, distanciamiento y objetividad. Por otro lado, quien suscribe, ha de adoptar a un mismo tiempo dos roles: observador y miembro integrante de la comunidad observada. Los riesgos de introducir sesgos y distorsiones son muy altos. ¿Cómo integrar ambas dimensiones sin producir menoscabo en ellas?

-¿Dónde está el océano? – preguntaba el pequeño pez.

– … ¿Esto? Pero si esto no es más que agua… Lo que yo busco es el océano – replicó Aquí radica la dificultad: ¿cómo ver el mar en el que cada día andamos sumergidos? ¿cómo abrir los ojos y saber mirar?

Formulo la misma pregunta a pie de calle y la respuesta – vaga e imprecisa – varía en tonalidades. Siempre es la misma: ¡ufff! Igual así, a bote pronto, con todas ellas se pudiera elaborar un listado de fechas y hechos que nos resultaran importantes. Sin embargo, como el pez de la historia, uno busca el océano.

La investigación social cualitativa – entre otras técnicas – permite la posibilidad de contemplar la realidad desde la mirada del observador participante. Ésta garantiza una perspectiva que nos permite – para este cometido – nadar con cierta fluidez.

Ante la imposibilidad de realizar un análisis sociológico exhaustivo y profuso, – dada la concisión del artículo – habría que optar por una mirada globalizadora y estructural. Así, cabe preguntarse: ¿existen factores que logren explicar el proceso social, político, económico y cultural que ha marcado la vida de los ciudadanos de San Bartolomé de Tirajana entre 1978 y 2018? ¿Existe un hilo conductor entre las formas de organización social, el modo de entender y representar la realidad de este municipio y el modo predominante de producción económica?

La respuesta se hace evidente. En este intervalo temporal y en este espacio físico se produce un gran proceso de transformación que afecta a todo su ecosistema social. Sus efectos, interdependientes, cabrían ser estudiados desde diversas perspectivas: ecológica, demográfica, psicosocial, de género, multifocal… En aras de la brevedad y de la claridad, centramos la atención en la mudanza que se genera en los ámbitos sociopolítico, socioeconómico y sociocultural.

El periodo de estudio se inaugura a nivel socio político estatal con la aprobación de la Constitución Española (1978) y el cambio de régimen político. Comienzan los años de la Transición y el paso de la dictadura del general Franco a la instauración de la democracia y la nueva regulación constitucional. La legalización de los partidos y sindicatos abre un modo completamente distinto de entender la participación y la implicación ciudadana. Hoy después de cuarenta años, en San Bartolomé de Tirajana – como en el resto del país – se trata de seguir aprendiendo. Aprendiendo a dialogar. Aprendiendo a respetar los diversos credos e ideologías. Aprendiendo a convivir con el otro, aún cuando su modo de entender la realidad y su modelo de organización social sea distinto al mío. Aprendiendo a entendernos y a establecer consensos. Aprendiendo a crear puentes.

A partir de los años ‘80, el turismo de masas – como modo exclusivo de producción- se convierte en un factor determinante de la vida de este municipio y del resto del archipiélago. Fue principalmente en las tierras del condado de la Vega Grande donde se impulsaron los dos monocultivos que transformaron consecutivamente el paisaje y las relaciones socioeconómicas de la zona sur de la isla.

Primero fue el tomate (1930 – 1980), con la roturación de grandes superficies de terrenos y la creación de un ambicioso plan de irrigación del sur grancanario. La pretensión era poner en regadío una superficie de 5.500 fanegadas (3.025 hectáreas) merced a la creación de grandes obras de ingeniería. El Proyecto La Lumbre quería “garantizar el almacenamiento de cualquier gota de agua que caiga en el amplio sector de la cuenca de Soria y derivarlo a las áridas tierras de Maspalomas” según recogen Nadal y Guitian en El sur de Gran Canaria: entre el turismo y la marginación.

Luego, sobre ese mismo espacio agrícola se implanta el turismo. Un modelo de producción económica que comienza con el Concurso de Ideas: Maspalomas Costa Canaria (1961) y las primeras urbanizaciones de 1963. Inexorable y progresivamente el sector servicios y el de la construcción van desplazando al sector primario hasta su total desaparición en los años ’90.

El paisaje del litoral tirajanero cambia de fisionomía: donde ayer habían cercados de tomateros hoy hay campos de golf, donde se levantaban las cucañas hoy se erigen hoteles y apartamentos, donde ayer vivía el vecino de toda la vida hoy reside un extraño al que no conozco de nada. A velocidad de vértigo se produce el tránsito de lo rural a lo urbano, del mundo agrario a la cultura de asfalto y hormigón, de trabajar la tierra a trabajar en el turismo, del mundo local al mundo global. Mientras la presión demográfica aumenta en las zonas de costa, en las medianías y zonas de cumbre del municipio se genera un mayor envejecimiento por el despoblamiento paulatino. Los núcleos de población tradicionales se van transformando en pueblos dormitorio.

Sin hacer una memoria plagada de añoranzas y sin pensar que todo tiempo pasado fue mejor, es necesario mirar los valores y contravalores que ambos modelos socioeconómicos trajeron consigo y hacer la integración necesaria. Pero, sobre todo, hay que cuidar el corazón que actualmente hace latir la economía de toda la isla. Y para esto: garantizar la sostenibilidad, preservar la belleza paisajística, atender a la fragilidad del territorio, hacer viable el reequilibrio social y económico entre las medianías y la costa del municipio, fomentar otras alternativas turísticas,…

La cosmovisión sociocultural también se ha transformado en estos últimos 40 años. Un cambio en el que de igual manera hay que tener en cuenta la influencia que han ejercido los factores políticos y económicos ya señalados. La transición en este caso se produce entre el paradigma del mundo social y mental del espacio agrícola que da paso a una sociedad interconectada que entiende al mundo como una aldea global.

De tener ayer todo el tiempo del mundo a no tener hoy tiempo para nada. Del tiempo lento y repetitivo, estructurado por las estaciones, zafras, cosechas, tradiciones, fechas señaladas y fiestas de guardar pertenecientes al mundo agrario, se hace el tránsito al tiempo acelerado, donde la realidad se vuelve líquida, escurridiza y donde todo se diluye y difumina. Vivimos en la ciudad del ocio y del consumo en la que los comportamientos socioculturales se universalizan.

Se instaura un nuevo modo de estar y de vivir, marcado por la mejora general de las condiciones de vida, el contacto continuo con la diversidad cultural del foráneo y la necesidad de estar permanentemente intercomunicados. Vivir y convivir – en estas condiciones – supone el valor y el reto de saber defender y conservar la idiosincrasia y la propia identidad personal y comunitaria. Entre errores y aciertos, entre situaciones de bonanza y de crisis, entre participación y desmotivación, entre el desarrollismo y el respeto al entorno, entre agricultura y turismo… así avanzamos. Dando pasos. Volver a los diecisiete, después de vivir un siglo, es como descifrar signos sin ser sabio competente. En 1978 yo era un adolescente de 17. Para descifrar los signos de estos tiempos – como Violeta Parra – necesito vivir un siglo.