En 1978 pasaron muchas cosas importantes. Sin hipérbole, históricas. Tanto, que ya están en los libros de texto de medio mundo. Muchos no lo recuerdan, me consta por lo que oigo y leo, sobre todo en las redes sociales convertidas en una gigantesca barra de bar, pero en aquellos meses parecía que la democracia no iba a conseguir salir del astillero.

Tengo ahora una imagen, la de la fragata inglesa de la película Master and Commander, con un increíble Rusell Crowe, que perseguía a un navío francés. La escena que mejor representa aquel año de los prodigios que fue 1978 es cuando los perseguidores deciden cruzar el Cabo de las Tormentas, que estaba haciendo honor a su nombre. Olas gigantescas que levantaban al barco como a una cáscara de nuez, un viento huracanado que rompía las velas, un frío endemoniado, el agua entrando por las grietas de la tablazón, ya sin calafate, escaseaban los alimentos… Todo hacía presagiar el naufragio, pero hubo suerte. Un milagro marinero.

Calmó la tormenta, enfilaron el Pacífico en pos de la presa y llegaron a las Galápagos donde, en un golpe de suerte, avistaron a la fragata enemiga. La engañaron con una treta, la apresaron… pero al final escapó el capitán, aunque ahí acaba la película.

“El periodismo de LA PROVINCIA ya era combativo, de campaña, muy vinculado al entorno, defensor de los intereses sociales. La lucha por la autonomía regional fue una de las prioridades”

Aquel año ETA demostró que la Dictadura franquista no era su enemigo; los etarras se cebaron con la democracia, hubo casi 80 muertos; luego estaba el Grapo, y comenzó la guerra sucia desde las cloacas del Estado con la aparición de los abuelos del GAL; entretanto, la OUA atendía al disparatado títere de Argelia, el independentista canario Antonio Cubillo Ferreira, asilado en Argel. Su Voz de Canarias Libre, financiada, como él, por el presidente Boumedianne, predicaba el alzamiento contra los ‘godos’; el Movimiento para la Independencia y la Autodeterminación de las Islas Canarias, el Mpaiac, preparaba el dossier terrorista para llevar a las cumbres de la OUA y dar la falsa imagen de una organización poderosa, muy enraizada en la sociedad; en las costas del Sahara el Frente Polisario iniciaba el terrorismo marítimo, auto desmontando por falso su discurso de los ‘hermano canarios’.

En el país, los militares constituían una grave y prudente preocupación. Había ‘ruido de sables’, conocidos generales insultaban al presidente Suárez y al teniente general, vicepresidente y ministro de Defensa, Gutiérrez Mellado. Los policías, ante los casi diarios asesinatos de sus compañeros, se desmandaron en Bilbao pistola en mano. Sus mandos fueron relevados y todos fueron sancionados y enviados a otros destinos.

Sí, parecía que el Consenso -un acuerdo ‘blindado’ entre UCD y PSOE con el acompañamiento del PCE- no iba a ser suficiente para conseguir el objetivo de alcanzar una Constitución que liquidara el franquismo e instaurara una democracia a la europea. La legalización del PCE el Sábado Santo, 9 de abril, de 1977 fue un mazazo para el Ejército.

Visto desde hoy, cuarenta años después, se trataba de un cambio de era. Una España nueva, europea, democrática, iba a sustituir a una España vieja, anquilosada, que sólo se modernizaba gracias al empuje del turismo, en dos planos: las divisas que aportaba y el ejemplo de las costumbres que nos ponían en las narices. Acodados en la barandilla de las playas de España, y en las de Canarias, en nuestro caso, decenas de miles de españoles empezaron a soñar en ser ‘como’ los europeos; que lo de ‘ser europeos’, ya se andaría, como en el soneto de Violante, verso a verso.

En Editorial Prensa Canaria empezamos a darnos cuenta, ‘la puta base’, de que algo se cocía en las alturas. Casi cada día había un rumor. “Don Matías quiere vender”, “Tomaso -Don Tomás Hernández Pulido, consejero delegado y accionista- parece que está en tratos…” Un día Dácil, la eficiente secretaria de dirección, me llamó: “Sube que don Tomás quiere hablar contigo”. No era para nada importante. Él estaba enterado de que yo me había afiliado a la UGT y quería saber qué había de cierto en los rumores sobre oleadas de huelgas y la ‘nacionalización’, de la prensa.

LA PROVINCIA y el vespertino Diario de Las Palmas cada uno en su estilo hacían un periodismo que solía desbordar los límites de la Ley Fraga de Prensa e Imprenta. El artículo 1 era poesía. El 2 un campo de minas. LA PROVINCIA, por la particular personalidad y convicciones de sus directores (en la segunda etapa, iniciada en diciembre de 1966) sobre todo del primero, José Luis Martínez Albertos, y de Guillermo García-Alcalde, era auténticamente progresista y, como se decía, ‘contestataria’. Tanto que tras las elecciones constituyentes de 1977, los residuos franquistas que se habían trasvasado a la Alianza Popular de los ‘Siete Magníficos -siete ex ministros de Franco, encabezados por Fraga- habían pedido a Vega Guerra la cabeza del director. Sin embargo, García-Alcalde se mantuvo como secretario del Consejo, y esa decisión sería clave unos meses más tarde.

Mientras en Madrid avanzaban los acuerdos sobre la Ley de Leyes de la democracia en las comisiones constitucionales del Congreso y el Senado, y finalmente en el Pleno del Congreso, en Las Palmas de Gran Canaria se ultimaban los detalles para la creación de la nueva empresa periodística. Fue por casualidad que el mismo día en que se celebró el referéndum constitucional se firmara el acuerdo que ponía en marcha a Editorial Prensa Ibérica con el inicio de la actividad editorial del financiero Javier Moll de Miguel, que emprendía una apasionante aventura con sólo 28 años.

Desde entonces LA PROVINCIA / Diario de Las Palmas se convirtió en la placenta del grupo Editorial Prensa Ibérica. Una pequeña empresa local, cuyo horizonte siempre fue el provincial, como su propio nombre indicaba, aunque hubo algún intento de regionalización, con fracasadas iniciativas de montar delegaciones en Santa Cruz de Tenerife, todas fracasadas, que pusieron de relieve que, por mucha región y mucha autonomía política, la realidad que iba por las venas del archipiélago era la insular. La regionalización se conseguiría en 1999 con la creación ex novo del periódico La Opinión de Tenerife, y el progresivo aprovechamiento de ‘sinergias’ con LA PROVINCIA.

En otro lugar de este suplemento se habla de la conversión de Editorial Prensa Ibérica (que hasta hizo una incursión en Portugal) en el primer grupo de prensa regional española. Fue EPI, y lo digo aunque no corresponda a mi parcela (o a mi ‘negociado’, como me recordaba con frecuencia un Administrador), la primera empresa canaria en marcar un rumbo constante hacia un horizonte nacional. En las Islas de entonces, aún la ‘Reserva de Inversiones’, que no existía, no había ayudado decisivamente a crear las condiciones para el surgimiento de una nueva clase empresarial isleña con ‘posibles’ que pudiera aguantar el desafío de tal crecimiento.

Este salto hacia adelante que se observó desde el primer momento, y que se traducía en la euforia y la ilusión de Javier Moll, de su esposa, Arantza Sarasola, y de Guillermo García Alcalde y Juan Ignacio (Nacho) Jiménez Mesa, prematuramente desaparecido, fue una auténtica dosis de estimulina para la redacción. La compra en pública subasta de tres medios importantes de la antigua Prensa del Movimiento, Levante en Valencia; La Nueva España, en Oviedo, cuyo nombre valió para el Franquismo y vale para la democracia, una clara demostración de las posibilidades del reciclaje nominativo, e Información de Alicante, así como las posteriores adquisiciones – yo trabajé unos doce meses a caballo entre 1986 y 1987 en Faro de Vigo, un poco como ‘paracaidista’ en la subdirección- fueron abriendo nuevos horizontes. Paralelamente hubo un proceso de ‘empresarialización’ pionero, separando las ‘artes gráficas’, o sea, las rotativas, del periódico propiamente dicho, y creando empresas propias de distribución.

Desde 1978 hasta hoy, LA PROVINCIA, que incorporó al Diario de Las Palmas en 2000, cuando los vespertinos iban muriendo con las botas puestas pero las rotativas paradas, todo ha sido un vértigo continuo. La actualidad, llevada de la mano de las nuevas circunstancias políticas y económicas, de la región, del país, y hasta del mundo que siempre nos toca por algún lado, exigían el pleno desarrollo de las potencialidades profesionales. Mientras la profesión empezaba a experimentar -eludo a propósito el verbo sufrir- el cambio tecnológico, el inicio de otra era de grandes descubrimientos. En un santiamén, por ejemplo, los que entramos con Gutenberg nos encontramos de repente con Bill Gates; el plomo de las linotipias, dio paso a los asépticos ordenadores. La mecánica quedó arrinconada a la mayor gloria y eficiencia de la informática, que primero nos produjo una gran congoja, y luego fuimos aceptándola como un instrumento formidable que nos abría nuevas posibilidades para el desarrollo de la profesión. Descubrimos las maravillas que escondía san Google Bendito, y nos asombrábamos de que con un teléfono pudiéramos publicar la fotografía del Dedo de Dios partido por la tormenta tropical en Agaete porque un ciudadano arrostró la fuerza del viento y el oleaje de un mar enfurecido para que LA PROVINCIA pudiera dar esa imagen, borrosa, porque aún no teníamos el iPhone 8.

Los que sobrevivimos al tanatorio, y que aún podemos -con perdón, es solo un tiempo verbal adecuado- contar estas historias, no debemos ocultar el modo vértigo, o borrachera, de estos años. En 1978, y parece, y lo siento por la frase manufacturada, parece que fue ayer, de tanta velocidad que han tenido los acontecimientos, se inició una nueva España, y una nueva Canarias, y un nuevo todo, una nueva sociedad, una nueva economía, naturalmente, una nueva política. Poco a poco, además, el Tribunal Constitucional, y el Supremo, y en cascada todos los demás, fueron configurando la democracia española como una moderna democracia de opinión pública. Ergo sum, se ampliaron casi hasta el infinito, los campos de la información y la opinión. Y la influencia de los medios que, tras la Dictadura, asumieron el papel de ‘cuarto poder’ que empezó a ejercerse en EE UU con la Primera Enmienda.

El periodismo de LA PROVINCIA, ya era un periodismo combativo, de campaña, muy vinculado al entorno, defensor de los intereses sociales. La lucha por la autonomía regional, absolutamente compatible con el objetivo fundacional de la creación de la provincia de Las Palmas, y con la existencia de los cabildos insulares, fue una de las prioridades. Así como la adhesión de España a la Comunidad Económica Europea, en la que Canarias tuviera un reconocimiento explícito y favorable de sus singularidades.

La autonomía, sin embargo, no ha sido siempre, ni lo es ahora, una obra perfecta; como toda obra humana, modelada según los avatares políticos -esa es una de las reglas de la democracia, los ‘avatares’- necesita de vez en cuando ajustes o correcciones. El pleito insular ha vivido en el día a día de Canarias desde el primer momento de la conquista. Ya los Reyes Católicos tuvieron que dirimir, con contundentes cédulas reales, un pleito sobre el trigo que enfrentaba a Tenerife, que lo tenía y lo quería vender en el exterior, con Gran Canaria, que lo necesitaba por la hambruna de una mala cosecha. El pleito insular estuvo detrás de la larga marcha por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, la ULPGC en el acrónimo del diseño del lenguaje posmoderno, en la que LA PROVINCIA jugó un papel decisivo, y muy combativo y proactivo, desde finales de los años 60. Pero con la democracia todo se aceleró, hasta que dos sucesivas manifestaciones forzaron al Gobierno a la reordenación del sistema universitario de Canarias que alumbró a la ULPGC, que aún no es, ciertamente, aquella universidad ideal, sin las contaminaciones de la endogamia de la universidad pública española, que soñábamos. Mi única preocupación es que hay universidades centenarias, bicentenarias y tricentenarias o más y que siguen en las mismas ombliguidades, con perdón por el palabro.

La Universidad, conseguida a pesar de la oposición desplegada por ATI -cuyos dirigentes reconocen ahora que estaban equivocados, el primero Manuel Hermoso- fue solo uno de los escalones de este periodismo de campaña: de campaña social y humana condición. Como lo fue la Circunvalación, cuando la ciudad Capital estaba ya sintiendo los síntomas del colapso. O la conversión de la antigua y vacía Clínica del Pino, por su sustitución por el moderno Hospital Dr. Negrín, en centro para mayores, y no en los usos que tenían en mente, y no solo en mente, el Gobierno regional, un nuevo ‘Múltiple’, o el Ayuntamiento, una nueva sede que sustituyera al exhotel Metropole, que, paradojas de la historia, cuando el alcalde Ortiz Wiott lo eligió para abandonar las Casas Consistoriales ‘provisionalmente’ tenía como una de sus alternativas ser un gran y moderno geriátrico, aún en la época del ‘asilo’ de desamparados.

La puesta en marcha de la Comunidad Autónoma, o sea, del autogobierno, avivó la lucha entre las dos capitales provinciales, y empezó a marcar una nueva coexistencia entre las dos islas mayores y las llamadas entonces ‘menores’. Lanzarote y Fuerteventura marcaron distancias con Gran Canaria, y fueron desarrollando su propia autonomía y personalidad frente a Gran Canaria; como La Palma, La Gomera y El Hierro con respecto a Tenerife. Así el pleito insular se hizo un poco interinsular.

A pesar de que el estatuto incluía la cuestión de la alternancia de la Presidencia y el equilibrio en la administración, con un reparto equitativo de sedes, poco a poco los gobiernos de ATI fueron rompiendo el principio de la igualdad. Llega un momento en que llega a ser clamorosamente indecente la ruptura del ‘consenso’, si es que alguna vez lo hubo de buena fe. En un debate celebrado en 2018 entre los expresidentes, el centrista Fernando Fernández le recordaba a Manuel Hermoso el daño hecho por su grito: “Llega la hora de Tenerife”. Al ser evidente el desequilibrio, LA PROVINCIA emprende una campaña para ‘reponer’ la legalidad y el espíritu autonómico. Diariamente se publican, desde 1996, y hasta mediados de 1997, informaciones, recabadas en los muchos recovecos de la administración, y opiniones sobre la cuestión. Por fin, el 6 de junio de 1997 se publica la Ley sobre Sedes de los órganos de la Administración Pública de la Comunidad Autónoma de Canarias, que en el Parlamento llegó a calificarse como ‘Ley LA PROVINCIA’. La Ley corregía el desequilibrio, pero los hechos consumados son difíciles de enderezar porque van creando y consolidando intereses y derechos adquiridos. Y los sindicatos no consintieron emprender la gran movida de reordenar las sedes. Y corregir los desequilibrios.

Ha sido un tiempo apasionante, que ha corrido velozmente. La España constitucional emprendió un ‘urgente’ camino hacia la modernidad. Pero no estaba empujando solamente la Constitución, sino la Unión Europea, en la que Canarias negoció el encaje que sus representantes entendieron más adecuado a sus necesidades. Primero, el Protocolo 1, y luego el Protocolo 2. El concepto de ‘regiones ultraperiféricas’ -manda carallo lejano- dio al Archipiélago nuevas oportunidades.

En la memoria cercana anida la pasión y la profesionalidad con la que se trataron tempranamente episodios decisivos: la avalancha de cayucos y pateras, que LA PROVINCIA trató con profundidad y rigor, yendo a las fuentes de aquella gran migración, anuncio del drama mediterráneo que ya es el drama de Europa. O los casos de corrupción, cuando dieron el gran salto en la escala. Un equipo dedicado de lleno a ello, cuyo trabajo también es imprescindible, como en los demás, para entender cabalmente el papel del buen periodismo en esta época desconcertante y por tantos motivos aciaga.

También, por último, la experiencia, los años apasionantes que hemos vivido, cómo hemos podido adaptarnos a la digitalización – que empieza a ser hasta cerebral- y convivir con el papel me da al menos dos certezas: el periodismo de ‘marca’ resistirá frente a los francotiradores de las redes sociales; y también el papel aguantará a rotativa firme, coexistiendo, complementando, viviendo. Mi ejemplo preferido es cómo el Tergal no acabó con las fibras naturales. Una vuelta por cualquier tienda de ropas da motivos para un discreto optimismo: el poliéster la lana, el algodón, el lino y la seda, comparten la misma camisa en distintas proporciones y combinaciones. En la mezcla está el futuro.

Hay cosas que no pueden saberse: pero pasar de Prensa Canaria a Prensa Ibérica ha sido bueno para LA PROVINCIA / Diario de Las Palmas y para La Opinión de Tenerife; y para los demás de la península. Recuerden que desde épocas remotas, por lo menos desde el romano Salustio, y después desde la República holandesa, la unión hace la fuerza.