La villa de Santa Brígida ha cambiado tanto y tan aprisa en los últimos cuarenta años que todavía hoy paga las consecuencias de un tributo al desarrollo y la prosperidad. El paisaje y el paisanaje variaron; también la economía y las costumbres tradicionales que daban identidad a este pequeño pueblo de las medianías, como si de repente le hubieran cambiado la vida entera. El desarrollo turístico que experimentó el Sur de Gran Canaria y la crisis de la agricultura tradicional desatada en los años sesenta transformó radicalmente la tradición agrícola de Santa Brígida, llamada a convertirse en la villa dormitorio de la ciudad por su cercanía. El desarrollo de una docena de urbanizaciones residenciales, al socaire de recalificaciones de suelo, propició un giro de la economía hacia el sector servicio y atrajo a una población que aspiraba a vivir en suntuosas casas y adosados alejados de la gran urbe. Entretanto, en los barrios más populares fueron propagándose las viviendas de autoconstrucción, aprovechando la especulación y la carencia de un planeamiento urbanístico adecuado (desde 1990 se disponen de unas Normas Subsidiarias), pero también de la falta de una política y disciplina urbanísticas que propiciaron verdaderos despropósitos en el tejido natural de un pueblo que surgió del bosque. La responsabilidad que en ello han tenido los sucesivos gobernantes desde la transición política es perfectamente evaluable.

El imparable proceso de urbanización ha dejado para el recuerdo la tradicional estampa de Santa Brígida como municipio de medianías de hábitat diseminado, cuando el casco antiguo, uno de los más bellos de la Isla, ocupaba un reducido espacio en el plano de la Villa, constituido por una treintena de casas, muchas de dos plantas, entre las cuales se encontraban una docena de negocios, algunas artesanías, el ayuntamiento y una parroquia asomada a un barranco de palmeras. La población ha duplicado su número en las últimas décadas. De los 10.5485 habitantes del año 1970 se ha pasado a 18.437 residentes de la actualidad. Cabe recordar que solo el 33,75 % de los habitantes empadronados en Santa Brígida han nacido en dicho municipio, el 59,85 % han emigrado a la Villa desde diferentes lugares de España y el 51,10 % desde otros municipios de la provincia de Las Palmas, principalmente de la capital grancanaria de la que procede más de la mitad de la población. Y, además, es una población mayoritariamente joven, pues solo el 17 % de la población de Santa Brígida tiene más de 65 años, dos puntos por debajo de la media española. De modo que Santa Brígida se nos presenta bastante rejuvenecida y edificada, en una mezcla de núcleos residenciales y barrios muy poblados y alejados del centro urbano (La Atalaya, El Monte o Pino Santo). Hoy, esta villa es la que es, con sus virtudes y defectos, y sus contradicciones, que todavía sigue siendo uno de los principales núcleos agrícolas de la isla por su producción vitivinícola, con el célebre vino del Monte, sin olvidarnos del sector ganadero, pues El Gamonal cuenta con una de las mayores granjas de cerdos y vacas de Gran Canaria.

Sin duda, el rápido crecimiento urbano y poblacional ha actuado como un elemento crucial de transformación social. Inmersa en un proceso de dominación del medio urbano, Santa Brígida ha visto cómo los campesinos han perdido su papel protagonista de antaño, cómo los ‘vecinos de toda la vida’ han ido a menos, mientras que los forasteros no siempre asumen ese arraigo y orgullo de pertenencia a una nueva comunidad, dando la impresión que la pervivencia de lo rural molesta a los nuevos residentes como nunca había sucedido antes. En el deseo de esa soñada tranquilidad, ya molesta el tañido de las campanas, el canto madrugador de un gallo y hasta el balido de una oveja. Con todo, la Villa es un pueblo fragmentado en lo político (con 8 partidos en el Ayuntamiento y un gobierno de minoría) y en lo social, que desde hace tiempo atraviesa una crisis de identidad y de ausencia de aquella pedagogía de vida más directa que en la ciudad, por más cercana y cotidiana. En el capítulo de pérdida de elementos del patrimonio hemos de anotar al centenario Real Casino, que era un lugar de encuentro y socialización, ahora en venta, la banda municipal, el cine, varios molinos, oficios artesanales, comercios y negocios familiares, casas campesinas, alpendres, algunas fiestas (La Naval o la Quema de Judas), los ‘paseos’ dominicales o las verbenas del lechón. Ya la Heredad está huérfana del sonido del agua en la cantonera ni la Fonda da cobijo, como en el pasado, a ninguna poeta llamada Chona Madera. Sin embargo, la pérdida más marcada ha sido el perfil del antiguo campo de fútbol y el aparcamiento municipal, un espacio común con el que se identificaba la mayoría de la población y que gozaba de una sencilla vista del tránsito diario de la vida, distinto al resto urbano integrado por el casco antiguo, La Alcantarilla, el Castaño o la Tienda del Barro, y a los nuevos espacios públicos que fueron surgiendo con los años y las necesidades: calle peatonal Tenderete (1983), mercadillo (1986), centro de salud (1991), Instituto de Los Olivos (1996), Polideportivo (2001), velatorio y campo de fútbol de Los Olivos (2009) o el edificio polifuncional de Servicios Sociales (2010), la mayoría de ellos construidos sobre las fincas de papas, calabaceras y perales o antiguas veredas por donde andaban las carretas de bueyes cargadas de frutas y racimos verdes.

“Santa Brígida lidera desde hace una década el ranking de los municipios más ricos de Canarias con una renta bruta media por habitante que alcanza los 33.236 euros”

Frente a esa realidad urbanística de esta villa en transición, Santa Brígida lidera desde hace una década el ranking de los municipios más ricos de Canarias con una renta bruta media de sus habitantes que alcanza los 33.236 euros. Sí, es verdad, aquí viven muchos ricos, pero también existen 1284 parados y 31 familias que atiende Cáritas Diocesana sin más ayudas oficiales que la caridad vecinal. Todavía hoy existen profundas desigualdades sociales y culturales, y unas infraestructuras y nuevas demandas urbanas que no están a la altura de nuestros días y las nuevas circunstancias. Algunos servicios municipales son inexistentes o similares a los que existían en aquel pequeño pueblo rural cuando la torre de la parroquia constituía la referencia de la villa desde cualquier horizonte. Resignado a su nueva función residencial, hoy es difícil en nuestra mirada encontrarla entre el bosque informe de nuevas construcciones y esa mole de cemento que comenzó a construirse en el verano de 2003 en el mismo corazón de Santa Brígida, destinado a un centro comercial, con aparcamientos subterráneo, multicines y parque urbano. Un vestigio de la cultura del pelotazo urbanístico, del desarrollo y del bienestar que, envuelto en un laberinto burocrático y jurídico, ha causado graves perjuicios para las arcas municipales y ha contagiado un desánimo generalizado en la población. Un particular muro de las lamentaciones, con una vista monótona y gris que devuelve la mirada hacia uno mismo.