Describir a una ciudad no es simplemente trazar un posible recorrido por su geografía urbana, ofrecer una somera descripción de sus monumentos más característicos, hacer un compendio de su oferta económica, turística y cultural, resaltar algunos de sus hitos históricos y señalar sus estrategias actuales. Describir una ciudad es mucho más que eso, es una tarea casi imposible pues hablamos de resumir, en unas pocas líneas, un variopinto y complejo conjunto de valores, de formas de ver y de sentir, de identidades propias y ajenas que poco a poco se integran, de relaciones internas y externas, de convergencia a través de todo ello entre el pasado que nos identifica, el presente que vivimos y modelamos y el futuro al que aspiramos.

Cuando hablamos de la ciudad y la soñamos como un patrimonio singular que ha sido legado para todos, hablamos de ello y de muchos más. Sentimos el aire de sus calles y plazas envuelto en la luz atlántica que marca su carácter; escuchamos el susurro de las olas que traen y llevan la voz de tres continentes; palpamos una escenografía urbana que, en una simbiosis ajustada, integra estilos y formas legadas por muy distintas épocas, culturas y grupos humanos; presenciamos un conjunto de calles, callejones, parques, plazas y plazoletas, tan propias y diversas a la vez, desde las que emerge el alma de esta ciudad; nos deleitamos con un sin par juego de luces y sombras, convertido en una auténtica sinfonía de colores, que, irradiado desde una singular vegetación, traza el rostro más íntimo y propio de su idiosincrasia.

La ciudad nace el 24 de junio de 1478, pero en el devenir de los siglos aquel campamento, que pronto fue villa y luego Ciudad Real a partir de 1515, sufrirá puntualmente tales transformaciones que se podrá hablar de verdaderas refundaciones. Así, la ciudad del s. XVI será desbordada y transformada sustantivamente a finales del s. XIX con la construcción del Puerto de la Luz y la aparición de sectores urbanos, anteriormente impensables, como La Isleta, Santa Catalina o Guanarteme. La aparición de la “Ciudad Alta” será premonitoria de las nuevas transformaciones y cambios sustanciales que tendrá en la segunda mitad del siglo XX, cuando de nuevo surgirá una nueva ciudad en lo urbano y en lo identitario.

“La ciudad del siglo XVI se vio desbordada a finales del siglo XIX con la construcción del Puerto de La Luz y sectores como La Isleta o Guanarteme”

1978, cuando se cumplen quinientos de su fundación, será una fecha clave en el devenir de Las Palmas de Gran Canaria, no tanto por lo que acontece en ese año, que también es mucho y trascendente, como por ser portada de un tiempo de cuarenta años a través del cual la capital grancanaria, y con ella en buena medida la isla en su conjunto, tendrá tal metamorfosis urbana, social, institucional, empresarial, educativa y cultural, que se puede hablar, sin temor a la duda, que se ha moldeado una nueva refundación, la que la prepara ahora para ser epicentro competitivo en este siglo XXI que ya rueda con verdadero ímpetu. La crónica de Las Palmas de Gran Canaria en estos cuarenta últimos años es la de un conjunto amplio de acontecimientos, de obras públicas, de creación de instituciones, de la llegada de generaciones con un espíritu innovador y emprendedor, un ámbito al que los medios de comunicación social en general, y la prensa en particular, no sólo no han sido ajenos, sino que han sabido ser verdadero epicentro impulsor de mucho de todo ello. Entre 1978 y 2018 ha surgido una ciudad que, con todos sus problemas, incertidumbres, necesidades perentorias, se ha instituido en verdadera gran urbe donde se respira y se palpa el futuro, donde se ha gestado una nueva y singular identidad, donde su carácter hospitalario, magnánimo y resiliente la llevan a convertirse en verdadero faro atlántico entre tres continentes. Ahora, tras estos cuarenta últimos años, sí que se hacen verdad aquellos versos de Cairasco de Figueroa en los que canta a “la noble y gran ciudad aquí fundada…”