Ni el más recalcitrante de los críticos puede negar que España, en los últimos cuarenta años, ha sufrido una enormidad de cambios. Hemos vivido profundas transformaciones tecnológicas, culturales y sociales que nos han convertido en lo que hoy somos: una moderna democracia europea. Nuestros problemas, que son muchos, son los del mundo desarrollado. Y nuestra capacidad para afrontarlos es la de un país que ha avanzado con paso de gigante en el desarrollo y el progreso.

Aquel Estado de las Autonomías, que se forjó con la Constitución, ha demostrado una capacidad asombrosa de funcionamiento. La descentralización administrativa, que nos llevó al autogobierno y al fortalecimiento de las administraciones locales -acercar la administración al administrado- fue una herramienta de éxito que ha permitido el despegue económico, la creación de una nueva administración más flexible y moderna y la creación de un Estado del Bienestar que alcanza a todos los ciudadanos, haciendo realidad el concepto de la justicia social y la solidaridad.

Como es evidente, ese proceso ni ha estado exento de tensiones ni de problemas. Hoy vivimos la ebullición de graves convulsiones que rompen las costuras constitucionales y claman por una reforma del marco de convivencia que nos hemos dado. Pero más allá o más acá de procesos rupturistas, la realidad que se percibe, desde el análisis más realista, es que la coexistencia de las autonomías y el funcionamiento de la democracia ha sido espléndido para todos.

Justo en estos días, cuando se cumplen cuarenta años de la existencia del Grupo Prensa Ibérica, Canarias está en los pasos finales de la aprobación de un nuevo Estatuto de Autonomía que nos sitúa al máximo nivel, demostrando que es perfectamente posible avanzar en el autogobierno y el reconocimiento de peculiaridades dentro del marco constitucional.

Este casi medio siglo ha sido, como ya dije, un proceso de profundas transformaciones tecnológicas. Y si ha existido un sector profundamente sacudido por esa verdadera revolución es el de la comunicación. El auge de internet, de las redes sociales y de la comunicación global, libre e instantánea, ha suministrado a la sociedad herramientas de las que nunca dispuso. Los medios de comunicación tradicionales han tenido que adaptarse -están haciéndolo- a ese cambio global, cambiando sus formatos, mutando sus contenidos y compitiendo con un nuevo mercado de la información. Pero la verdadera esencia de la actividad -informar y crear opinión en una sociedad libre- sigue estando como telón de fondo de un negocio que es también y en cierta medida un servicio público. Sin una prensa libre e independiente la democracia pierde uno de sus sustentos fundamentales. La prescripción de las noticias, la trazabilidad y fiabilidad de las informaciones, el rigor en la elaboración de los contenidos, son valores que no se pueden encontrar más que en el ámbito profesional de la comunicación donde los legítimos intereses de las editoriales coexisten con la deontología de los profesionales y en la relación inquebrantable de confianza entre los lectores, oyentes y televidentes con su medio.

Cuarenta años de vida de un grupo de comunicación que coinciden con los mejores cuarenta años de libertad de un gran país son una excelente noticia. Ojalá que podemos celebrar muchos más aniversarios así.