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Puerto

Un puerto de atraque literario

La Luz ha sido el escenario y musa para muchos autores que cultivan sus dotes literarios con un paisaje de barcos, buques y una gran actividad comercial

El Puerto de La Luz en una foto en la década de los 50.

El Puerto de La Luz en una foto en la década de los 50. / LP/DLP

Las Palmas de Gran Canaria

"Este puerto, que a la luz de la primavera hierve como un lago de oro, es para mí ‘El Puerto’. Se llama el Puerto de la Luz y ha sido cantado varias veces amorosamente por los poetas isleños", escribe la novelista Carmen Laforet en una de sus columnas de opinión de la revista Destino, en 1951. La Luz ha sido una musa para muchos escritores inspirados por la belleza o tenebrosidad de uno de los puertos más importantes de España en Las Palmas de Gran Canaria. Las aguas de la bahía no solo acogen barcos y plataformas, también litros de tinta que lo convierten en uno de los escenarios más literarios de la Isla. 

La escritora nació en Cataluña, pero vivió toda su infancia y adolescencia, hasta los 18 años, en Las Palmas de Gran Canaria. La Isla le quedaba pequeña y desde que pudo partió a Barcelona para estudiar la carrera de Derecho. Su mudanza a la casa de unos familiares donde se respiraba el trauma de la Guerra Civil fue su inspiración para su primera novela Nada, ganadora de la primera edición del Premio Nadal. 

Con motivo de su marcha de Gran Canaria se embarcó por primera vez en un barco y fue precisamente este acopio de libertad el que reflejó como característica del puerto. "En todos los puertos, los adolescentes sueñan con la palabra libertad, sueñan con que se rompan sus amarras como las del barco ebrio de Rimbaud, en este puerto tan abierto, tan claro, con rutas tan grandes delante de los ojos", relata a bordo de un velero cuando regresó por única y última vez a Gran Canaria.

Laforet, que escribía para un público mayoritariamente peninsular en la revista Destino, describió el ambiente de La Luz durante aquellos días del año 1951 para unos lectores que quizás nunca habían estado. "Uno de los barcos llegó por la mañana y está rodeado de pequeñas lanchas; gritos de hombres, frases sueltas, de las que se cogen giros en pintoresco inglés. El barco está rodeado de cambullones". La escritora destaca el trueque de mercancías entre los locales y los barcos extranjeros, en los que no faltan los calados típicos del país, jaulas con pájaros y cajas enormes con muñecas. "Las muñecas se cambian como el pan: por cigarrillos, chocolatines, medias...", cuenta. 

Tras la Segunda Guerra Mundial al viejo continente le costaba remontar y el puerto franco de Las Palmas, con precios más asequibles, era el lugar ideal para que los navegantes compraran juguetes a sus pequeños. "Parece que el más antiguo juguete infantil va resultando ahora, en Europa, artículo de lujo", incidía la escritora. Esas muñecas bien podrían haber sido de la marca Solneli, fabricadas en la calle Osorio a unos minutos del Puerto y que funcionó hasta 1964. 

"En este puerto libre del mundo los viajeros se paran con golosa mirada en lo que, más que el pan, es necesario los pequeños, condenados a la sobriedad por la época más desastrosa del mundo...Una muñeca sin cupón de racionamiento", finaliza Laforet en su descripción no solo de La Luz sino de la situación de todo un continente.  

No solo la escritora recogió la esencia del Puerto. Domingo J. Navarro en su libro, Memorias de un noventón, traza el recuerdo de la capital del siglo XIX. La rara longevidad de su autor para aquella época le permitió contar los principales acontecimientos que vivió durante su vida y entre ellos no podía faltar el surgimiento de La Luz. "Su verdadero progreso [el de la capital], su maravilloso desarrollo empezó el año 1883 con las obras de construcción del Puerto de Refugio. Este es el verdadero manantial inagotable que ha hecho florecer y fructíferar el comercio, la agricultura, las artes, la industria y las construcciones urbanas en el cortísimo periodo de trece años", relataba el escritor y médico. 

Varios años después el cargador del muelle y escritor, Leandro Perdomo, tomó la pluma para, desde la experiencia, contar las estampas de un Puerto que fue muy cercano para él. "Lo queremos; porque se quiere necesariamente a lo cotidiano. Es ley humana. Se quiere al gato negro de la casa como se quiere al loro de la vecina, de tanto oírlo; como al perro de caza, y al hurón; como al árbol de la calle que siempre miramos porque siempre está allí, quieto y mudo, inconsciente en su pobreza triste de vegetal sin culpa", describía sobre el amor de la sociedad a su puerto. Aunque él quería elevarlo a un nivel superior y por ello, caracterizó La Luz en todo su esplendor desde lo técnico hasta los personajes que ilustraron la época en la que vivió. Es el caso de los cambulloneros, a los cuales les dedica un capítulo para definirlos como "lo más típico del Puerto de La Luz". Perdomo describe el ajetreo de los muelles colmados por el barullo de barcos y comerciantes de aquí para allá que vendían de todo, desde cigarrillos rubios o sombreros nylon hasta penicilina.

También el lado más oscuro del sale a la luz en la literatura. El Puerto puede ser el escenario perfecto para una novela policíaca con las oscuras y suntuosas aguas negras de la noche. Así lo imaginaba Alexis Ravelo en la serie de libros de Eladio Monroy, en la que su detective resolvía los principales crímenes de Las Palmas de Gran Canaria. El escritor a pesar de fallecer prematuramente dejó una completa estela de libros con varios escenarios de Gran Canaria, entre los que no podía faltar La Luz.

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