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Los ‘nadies’, sin máscaras, sin caras

Un grupo de personas sin techo deambulan por las calles ante la desidia institucional y social | Entre ellos, hay un médico, un pintor o trabajadores de la hostelería

Los ‘nadies’, sin máscaras, sin caras

Frío, hambre y desidia social. Esta es la triología perfecta que define a los ‘nadies’, personas sin hogar que deambulan por las calles de la capital, al entregar su vida al vino y prejuicios morales y que tienen en los cartones su mejor lecho. Los más afortunados logran un colchón viejo en los contenedores de basura. Los ‘nadies’ tienen nombre y apellidos, son seres humanos a los que la vida y la sociedad les ha dado la espalda. Los hay médicos, pintores, trabajadores de hoteles, músicos e incluso hubo un sacerdote ortodoxo. Los ‘nadies’ de Puerto del Rosario no están solos... también los hay en los otros municipios.

Aparece Puerto del Rosario cubierto de brillo y color, una ciudad alegre, que a pesar de todo sigue confiando y comportándose de manera responsable por el bien de todos. ¿De todos? Amanece Puerto y algunos no amanecen, tienen frío, hambre y desidia social. Los nadies, que agotan sus vidas entre cartones, vino y prejuicios de moral. Son los indigentes a los que nadie ayuda.

Paseas para comprar un regalo bonito que alegre la vida de tu familiar querido, sales con tu bolsa de regalo y te encuentras un nadie, alguien que te mira en la esquina del centro comercial, le miras de reojo y te apartas... distancia social, esa que ahora se hace más grande y profunda, donde no sólo nos apartamos de nuestros amigos, de nuestros familiares, por su salud, por ellos, también nos alejamos de nuestra empatía y de nuestra humanidad. Apartamos la mirada como si ese rápido gesto pudiera borrar lo que vemos.

Los nadies, los que no usan máscaras ni tienen caras conocidas que puedan hacernos pensar qué estamos haciendo por ellos, por qué están así.

La vida es frágil y las circunstancias pueden hacer que un día nos toque ser nadie. Pero los nadies son alguien: Luis, un hombre originario de Tetir muestra cada día en la Avenida Juan de Bethencourt entre ropa tirada en el suelo y bolsas de pan dejadas por algún viandante compasivo, una imagen deprimente. Dicen que si él no se deja, ni las instituciones ni las organizaciones de ayuda humanitaria pueden hacer nada. La ley ampara su insalubridad.

Murillo, un hombre trabajador de toda la vida, un especialista de la pintura. No hay viviendas en Puerto que este hombre no haya adornado con sus brochas y rodillos. Perdió todo en el camino incluso a sus amigos, a los mismos que invitaba con frecuencia en el bar de Los Pozos. Tras lograr que la calle fuera su vida, que la playa Chica fuera su lugar de cobijo durante años, se mudó hace unos meses hacia un portal donde hubo un banco a escasos metros del Ayuntamiento de Puerto del Rosario. Después de muchos años en la calle, por fin le han buscado una plaza en el Centro de Mayores de Casillas del Ángel. Allí, tendrá una vida más ordenada, no sufrirá los efectos del sereno ni el frió de las noches heladas.

También tenemos al señor del carrito que se pasea pidiendo monedas para mandar emails a su familia, médico, otro caso de salud mental; Agustín, un chico guineano conocido por muchos, vino en patera y lleva nueve años en la isla, trabajador de hoteles que perdió su trabajo y hoy duerme debajo de un barquito en playa; Marcos, músico que cuenta que tocó en Uruguay como telonero de Maná, perder su trabajo le llevó a caer en una depresión que alivia con alcohol, y tantos otros que cuentan historias reales llenas de recuerdos familiares parecidos a los míos, a los de todos.

Hace tres años un caso marcó a la sociedad majorera y a quienes firman este reportaje. Julio, otro nadie murió de frío en Navidad, dormía delante del centro de salud de Puerto porque decía que así se sentía más seguro por si algo le dolía, no podía caminar por problemas en los pies.

Al morir se descubrió su identidad, un sacerdote ortodoxo búlgaro, culto, inteligente, que por un accidente de circulación perdió a su familia y su depresión hizo el resto.

Cuando se denunció este caso Cáritas acababa de cerrar el Hogar La Peña, espacio donde de la noche a la mañana y sin avisar, los usuarios tuvieron que sacar sus pertenencias de manera inmediata. En eso momento Cáritas y el Cabildo de Fuerteventura propusieron la creación de una red de pisos tutelados, a lo que la entonces consejera de Bienestar Social, Rosa Delia Rodríguez prometió que en marzo de ese año, 2017, estaría en funcionamiento una nueva Casa de Acogida con capacidad para 14 personas con un presupuesto de 120.000 euros en el barrio de Fabelo. Entrando en 2021 y seguimos esperamos. Los nadies siguen muriendo.

El problema no sólo está en las personas que sufren esa situación de desamparo, también lo padecen los vecinos que ven cómo hacen sus necesidades en las escaleras, como el hedor y las moscas llenan sus calles, pero parece que ahí no hay Covid.

Las competencias para buscar soluciones son del Ayuntamiento, de gestionar los recursos para los sin techo. El mecanismo funciona así: los centros de salud o ayuntamientos informan a los juzgados de la situación de desamparo para poder nombrar tutores y que el Cabildo pueda ayudar, en función del perfil de cada persona, pero la burocracia hace de esto una letanía que se dilata en el tiempo mientras los nadie siguen igual, no hay urgencia vital.

Se añade a todo este sin sentido, que el Ayuntamiento no cuenta con un servicio específico para personas sin hogar. “Existen ayudas de urgencia para personas sin recursos, previa valoración técnica, pero no hay una partida especial para indigentes” (Rosa Fernández, concejala Ayto. Bienestar Social 2017). Cuando les llega un caso lo derivan a una ONG religiosa que cumple esa gran labor municipal, pero de manera sesgada, al exigir unos determinados perfiles que, como en el caso de Julio por su condición de ortodoxo, no se podían cumplir.

Fuerteventura es pequeña, acotada, se sabe quienes son los nadies, donde duermen, donde están. Las cifras de personas sin techo rondaba los 100 hace tres años en la isla de Fuerteventura.

Nadie es responsable, nadie actúa. Su máxima “ los indigentes se tienen que dejar ayudar”... Y si no tienen la capacidad de gestionar sus vidas, ¿qué validez se les da a su negación? Sólo los problemas psiquiátricos diagnosticados pueden ser tutelados y ayudados. ¿Acaso el hecho de estar en la calle no es ya un indicativo de un problema, sea social o mental?

La condición del ser humano se sostiene en la empatía y en la cooperación para evolucionar. Pedir que se dejen de pasar la pelota y se tomen medidas urgentes es necesario, por salud pública, por humanidad. Como dijimos, a Luis lo declaramos caso perdido esperando su final, ¿quien será responsable de su muerte? Las autoridades no tienen autoridad, los jueces, tiempo, y el pueblo ocupado con Covid y Navidad, mientras al lado de mi casa la gente se sigue muriendo de frío y abandono general. Si vamos a cuidarnos, que sea por todos de verdad.

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