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Medio siglo de medicina pública

Miguel, el médico hippie

Miguel González Dalloz hace siete años que colgó su bata blanca y el fonendoscopio tras medio siglo de servicio a la sanidad pública. En 1978 llegó a la isla para ejercer su profesión y aquí se quedó y formó una familia. Hace unos días, el Colegio de Médicos lo distinguió junto a dos compañeros de profesión.

Miguel González durante sus primeros años como médico. |

Miguel González durante sus primeros años como médico. | / LP/DLP

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M. R. P.

Puerto del Rosario

Se cumplen cincuenta años desde que Miguel González Dalloz se licenció como médico. El pasado 8 de mayo, recibió su insignia por sus “bodas de oro” dedicado al ejercicio de la medicina, junto a sus compañeros Dulce María Morales y Omar Báez.

Miguel fue distinguido por el Colegio Oficial de Médicos de Las Palmas para rememorar entre compañeros las innumerables historias de su reconocida trayectoria profesional. Siempre al cuidado de sus pacientes, que lo recuerdan con añoranza, y también como reflejo de más de cuatro décadas de cambios en la atención sanitaria en Fuerteventura.

Nacido en Lyon (Francia), Miguel creció en Santa Cruz de Tenerife, donde se licencia como médico en La Laguna en 1976 por tradición familiar. Trabajó por primera vez en Fuerteventura durante un rotatorio del último año de carrera. Lo que iba a ser una estancia breve se convirtió en su lugar en el mundo: dos años después, volvió a la isla para ejercer, definitivamente, a través del también médico Arístides Hernández, uno de sus grandes amigos y referentes. Se instaló en la Vega de Tetir (Puerto del Rosario), un pueblo que lo acogió con los brazos abiertos y donde formó su familia.

El doctor Miguel González Dalloz ejerció durante 30 años en el Servicio de Urgencias

Miguel fue testigo de los primeros años de profesión sanitaria en la Isla, desde la antigua Clínica Virgen de La Peña, conocida aún en estos días como “el hospital viejo”. Allí ejerció y aprendió de la mano de grandes médicos que forman parte de la historia de la medicina majorera, como el mencionado Arístides, Guillermo Sánchez o José Peña.

En aquel momento, su apariencia moderna le valió el apodo de “el médico hippie”, siendo esta una de las anécdotas más recordadas por los vecinos y vecinas del viejo Puerto del Rosario que aún conservan la imagen de aquel joven doctor que acudía a trabajar en moto, con melena larga y usando una mochila. Algo poco usual para la época. Sin embargo, esta primera impresión no impidió que, en muy poco tiempo, el joven médico se ganara el cariño de sus compañeros y pacientes por su dedicación, carácter afable y cercano.

Los primeros años de la medicina en Fuerteventura los recuerda como muy diferentes a los de ahora. "Era una medicina de campaña, con muy pocos medios, pero con mucho compañerismo y arrimando siempre el hombro". Son muchas las anécdotas que se acumulan de la Fuerteventura rural y del Puerto del Rosario de la época, en unos años en los que no existían las herramientas tecnológicas que hoy en día son indispensables.

Acaba de recibir un reconocimiento por su medio siglo como profesional de la medicina

Posteriormente, ejerció como doctor del servicio de Urgencias durante más de treinta años. Una dedicación sacrificada pero que le valió para seguir adaptándose a los cambios que acontecían en la Fuerteventura de finales de los noventa y principios del nuevo milenio, en la que la población se incrementó considerablemente.

Sus últimos diez años de profesión llegaron con un importante cambio, cuando pasa a ejercer como médico de cabecera en el Centro de Salud I de la capital. Ambas etapas muy diferentes entre sí, pero siempre creando vínculos imborrables con los pacientes, por su forma cercana de atenderlos y confortarlos, "algo que ha sido más importante incluso que los propios fármacos".

En 2019, llega su jubilación. Un momento al que le costó adaptarse, ya que su trabajo y el contacto con los pacientes ha sido siempre su pasión. Algo que también sintieron sus compañeros, debido a la profunda huella que ha dejado tras tantos años de profesión. De sus cincuenta años como colegiado, dice que pasaron rápido y que los extraña, dejando una idea sencilla: los días gratificantes superan a los días malos.

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