A Pepe Santana se le veía ayer exactamente igual que hace dos años, y también que el año pasado. Parapetado en una faja protectora en la espalda, el hombre no dejaba de echar brazos de un lado a otro para colocar, con buen criterio y mano izquierda, la avalancha de comida que le llegaba a la sacristía desde el interior de la basílica de Teror. Todo por obra y gracia de la romería ofrenda más multitudinaria de la isla, la que este miércoles volvió a dejar unos 15.000 kilos de alimentos que anoche mismo ya eran trasladados por furgonetas de todo tipo a una quincena de centros sociales y asistenciales repartidos por Gran Canaria.

"Yo creo que tenemos la misma cantidad de comida que en la última romería", venía a sentenciar el bueno de Pepe mientras hacía una pausa, se secaba el sudor de su frente y un ejército de treinta voluntarios de la parroquia seguía con la faena.

Y es que Gran Canaria entera, con ofrendas de todo tipo, volvió a llenar esta particular despensa de la villa mariana. La principal novedad vino por cuenta de la calidad y condición del género. "Hay mucha menos fruta que en 2010, debe ser porque las cosechas han sido malas, pero todo está compensado por el aumento de las verduras, las hortalizas y toda esa montaña de papas", resumía conforme la pila de cajas de cartón iba haciendo cada vez más chica la estancia.

Cáritas Diocesana, San Juan de Dios, las carmelitas de Tafira, el hogar de ancianos, la obra social o Jesús Abandonado fueron algunos de los quince centros asistenciales que se beneficiaron del altruismo canario.

Esos í, la crisis también sigue pasando factura. "Hemos recibido más pedidos, pero los hemos derivado a Cáritas porque es allí donde está centralizado. Con la infraestructura que tenemos aquí no podemos atender más", agregaba otro voluntario tras quitarse del hombro una impresionante calabaza llegada de la carreta de La Aldea, predestinada a compartir espacio con las morenas, las caballas, los atunes y los congrios que desembarcaron del Playa Mogán, la barquilla llegada del municipio sureño.

Entre la marabunta de colaboradores se encontraba la figura anónima de Jorge Rodríguez, párroco desde hace doce años del barrio de Arbejales que ayer cambió la sotana por la camiseta y el hisopo por la carretilla para ayudar en tareas logísticas.

Un duro proceso que le hacía sentir doblemente feliz al ver "cómo este evento se vive hoy con mucha intensidad a pesar del calor. Si tengo que cargar con una racimo de plátanos, lo hago, eh", comentaba con una sonrisa en el rostro y el cuerpo extenuado ante tanto trajín y tras atender una llamada en la portada derecha del templo, lugar por el que ayer entraban viandas a mansalva bajo el soniquete de isas, folías, pasodobles y demás composiciones musicales.

Rodríguez lleva ya dos largas décadas disfrutando de esta explosión de fervor, tipismo y canariedad. Y de estos últimos, más de diez disfrutando desde esta tarea que tanto le conforta, al igual que varios de los hijos de Pepe Santana, que a esas alturas del sarao, con apenas tres carretas por descargar lucía una sonrisa de paz y de descanso para regocijo de todos.

La única nota negativa, el fuerte calor: un contenedor de basura quedó dentro repleto de fruta muy madura y estropeada tras pasar medio día bajo el solano.