Al principio todo parece ruido. Cincuenta y nueve años después, la romería del Pino es un joven que rasga el timple para afinarlo al mismo tiempo que habla por un moderno modelo de Nokia con su novia para recordarle que no se olvide de subir más hielo. La fiesta son políticos con asiento reservado, el traqueteo de las ruedas de las carrozas sobre el empedrado, dos hombres que discuten al grito sobre política en un ventorrillo mientras corre el vino, el niño que llora, por el calor y porque se le ha caído al piso el polo de fresa. Da la sensación de que todo el bullicio del mundo ha peregrinado a Teror.

Así es hasta que Manuel Antonio Muñoz Quintero demuestra que el silencio es como el agua, que siempre termina por encontrar su cauce. El hombre, vecino de Las Palmas de Gran Canaria, es sordomudo. Hablan por él una estructura que porta en su cabeza y que imita la fachada del templo. Si le preguntas qué siente en un día así Manuel Antonio se lleva la mano al corazón y entonces deja de escucharse cualquier jaleo. Más tarde le entregará el tocado al obispo de Canarias, Francisco Cases, como ofrenda a la Virgen.

A la llegada asalta la impresión de que han querido reducir la fiesta a una especie de escenificación, con policías de todos los colores, con sillas alineadas para concejales, cónsules, diputados, alcaldes, presidentes bajo las balconadas perfectas de la plaza. El decorado ideal para una película de Berlanga. Al otro lado de las vallas, los comentarios del pueblo devoto oscilan entre la crónica rosa y la política. "Ese hombre me chifla", comenta Víctor Suárez, de Santa Brígida, sobre la vestimenta para la ocasión del presidente del PP canario, José Manuel Soria. "Yo creo que lleva la gomina en el bolsillo y todo. Está guapo siempre", bromea mientras su mujer, Beatriz, sonríe, mirando hacia otro lado.

"Vienen a coger votos"

María del Carmen Ortega invirtió siete euros y medio en una pequeña silla desde la que observa el desarrollo de las ofrendas, aunque con un ojo afilado y clavado en los representantes políticos. "Me parece muy mal que lleguen y tengan un asiento preparado para ellos, porque encima vienen para que les vea la gente y para coger votos", razona entre aspavientos, cosechando numerosos asentimientos de cabeza a su alrededor. Entre ellos los de la lanzaroteña Mercedes González, que filosofa sobre las razones de la brecha que denuncia entre gobernantes y gobernados. "A ellos se lo ponen todo en bandeja, así que es normal que no vean las necesidades de la gente", argumenta. La clase política no es el santo de devoción del día.

Otro silencio hace enmudecer el foro. Ocurre instantes antes de que se abran las puertas de la basílica para dar paso a la Señora. El vacío sonoro es roto inmediatamente después por una salva de aplausos. Segundos después desciende un rebaño mixto de unas sesenta cabras y ovejas, un número similar al de los diputados del Parlamento de Canarias, pero mejor avenidos, pues avanzan en grupo, sin díscolos, sin tránsfugas que corran en dirección contraria. Minutos más tarde, Soria y el líder de Nueva Canarias, Román Rodríguez, cargan juntos una cesta repleta de productos del campo. "No hay pacto. Román lo hace para subir el precio a Coalición Canaria", bromea el popular.

Dos de las anheladas sillas las ocupan la consejera de Empleo, Margarita Ramos, además hermana del alcalde de Teror, Juan de Dios Ramos, y la de Sanidad, Brígida Mendoza. A Margarita Ramos sería fácil imaginarla rezando a los pies de la Señora, pero ella impone la cordura que se le supone: "La Virgen no puede cambiar lo que nos corresponde hacer a nosotros". Cerca, el nuevo cónsul de Guinea Ecuatorial, Mauricio Mauro, se muestra sorprendido: "No esperaba tanta gente". El líder del PSC, José Miguel Pérez, volaba a Madrid justo cuando comenzaba la romería, porque solucionar el lío de El Hierro tampoco parece estar en manos divinas.