"Moisés fue el cabuquero, repartidor Antoñito, entallador era Ñoco, labrante Pepe el Niño, y tallista mastro Domingo".

Y mastro Domingo, como rezan los versos de su hijo Mundín Santana, viene a ser Domingo Santana Mendoza, 82 años, doctor en talla y padre de cuatro hijos -dos varones y dos hembras-, que ellos en el tajo y ellas a la administración, le han seguido el rumbo en la artesanía de labrar. El conjunto de padre e hijos suma dos generaciones más a una zaga que se pierde en los siglos, con un árbol genealógico que es del tipo "a mi padre le dijo mi abuelo que su bisabuelo ya era labrante...", por lo que se deduce que la raza artesana de los Santana nació poco después de que lo hiciera la propia piedra azul de Arucas.

El jefe de la casa se mantiene en forma, tanto de tino como de mecánica, y se mueve, en el coqueto museo de su empresa, Piedras La Cantera Mecohersan, SL, con el garbo del que no ha perdido el oficio. Domingo lo mismo le hace un repaso a una fenomenal cabeza de bardino, acabada en 16 horas de trabajo -"aquí también vino uno para hacer el mismo perro: ese hombre tardó 128 horas",- que se mete en la herrería a documentar cómo se afila y endereza la herramienta.

Pero, ¿cómo se aprende a coger un tenique y convertirlo en algo? "Ni sé". A él, como que le sale de la sangre, aunque sí le ayudó lo que siempre vio en casa y especialmente un profesor de peso, el escultor Santiago Santana, que impartía clases de Relieves y Sombras y Bajo Relieve en la escuela Luján Pérez. Domingo Santana pasó cinco años, a partir de los 25, formándose a fondo para licenciarse en el oficio más agradecido del labrante: tallista, que es el que remata y filigrana la pieza a veces con resultados imposibles: de hecho al perro solo le falta pedir pienso.

Una tosca revirada, en manos de Domingo, se convierte en una obra de arte llena de detalles. Existe una hilera de columnas a modo de muestra en las instalaciones de la empresa: "base, fuste y capitel", ilustra el hombre con geito catedrático mientras explica las diferencias existentes en las distintas florituras, hasta que saca del bolsillo una retahíla de fotos que ilustra el catálogo de trabajos con dificultad superior: los escudos.

La cuarta torre

Los tiene de la villa de Firgas, de Santa María de Guía, de Teror, de Las Palmas de Gran Canaria... y de muchos lugares más, y sí, están realizados a un nivel de detalle y complejidad propios de todo un emblema municipal. El de Teror, precisamente, se lleva la palma. Es un enorme atareco construido en 1975 con 25 piedras de cantería, configurado "como un puzle", en el que cada pieza, explica Domingo, supuso un trajín para darle idéntico volumen a la anterior.

Curiosamente elementos en principio más aparatosos como la ultima torre de la iglesia de San Juan de Arucas, que se surtió en parte de la cantera propiedad de Domingo, no llevan tanto trabajo milimétrico, pero sí cargan anécdotas proporcionalmente tan grandes como la propia obra.

El episodio sale espontáneamente del propio Domingo, como si tuviera la esquirla clavada en el ojo -que por cierto los canteros se quitan a punta de escoplo. Como empresario y propietario de la cantera de El Cerrillo accedió a donar dos meses de extracción de piedra para la también llamada cuarta torre, allá por el año 1972. Se ve que el párroco, en aquel momento don Lorenzo Aguilar Molina, se enraló y lo que eran dos meses se convirtieron en dos años y ocho meses, lo que vienen a ser unos cuantos millones de las antiguas pesetas. La mitad del Cerrillo se encuentra guindada en casi tres cuartas de torre, pero cuando llegó el turno de cobrar "el cura me dijo que se lo había dado a los pobres, cosa que está por ver", y se quedó tan pancho.

Mundín y Mingo, sus dos hijos, corroboran el relato. El primero es el último que aprendió el oficio "a mano", directamente de los viejos labrantes, que en Arucas los hay muchos y de gran predicamento. Tantos que no cabrían en un folio. Mundín, de 52 años, asegura que ahora, si un día se va la luz, "se quedan sin trabajar porque prácticamente todo se hace a máquina", pero él sigue cincelando a pulso, y se puede ver su impronta en obras como la reciente rehabilitación del hotel Bohemia, el antiguo Apolo de San Bartolomé de Tirajana; el Gran Hotel Costa Meloneras, "tres años fijo allí"; buena parte de los arreglos que ha venido recibiendo la Catedral de Las Palmas de Gran Canaria; o el salón Palmeras del Hotel Santa Catalina, entre otras muchas.

Si este es el pasado, el presente de una profesión de la que ya se tienen registros en Arucas desde el siglo XVI, que hablan de los pedreros y canteros de piedra azul, el futuro que prevé Mundín está algo más turbio. Primero por unos centros históricos "en los que se permiten construcciones que rompen con la armonía del conjunto y con materiales que no respetan su propio entorno", y segundo, "por la importación de piedras de Asia que están haciéndole competencia desleal a la producción local. Las administraciones hacen los presupuestos basándose en los precios de nuestra piedra pero luego la importan de otros mercados, con mano de obra más barata y sin garantías laborales, de forma que al tiempo podrían acabar con esta industria".

Pero con lo que no acaban son con las ganas. Domingo Santana mira al bardino de nuevo. Se levanta de una esquina de su museo al aire libre. Le echa un ojo al animal y le pasa un dedo por el totiso, como acariciándolo y debe ser que le nota un pelo fuera. Agarra el cincel y el martillo. Le da unos leves toques de relojero y sí. Tiene tal realismo, que ahora casi que lo mejor es amarrar al perro.