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Osorio, el corazón verde de la Isla

La finca insular se encuentra a pleno rendimiento de papas y cereales. Los medianeros del Cabildo, con décadas de cultivos allí, creen que es la hacienda perfecta de Canarias

Osorio, el corazón verde de la Isla

Osorio, el corazón verde de la Isla / YAIZA SOCORRO

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Juanjo Jiménez

Sebastián Domínguez Quintana viene de proa con su Massey Ferguson 147 de tres marchas largas y tres marchas cortas, remolcando una sulfatadora por los llanos de finca insular de Osorio, Teror. Chano, que tiene 60 años, viene privado de su juicio montado en su bestia roja en un día de nubes, de claros y algún que otro mojabobos, pero bien concentrado en su faena de la papa temprana.

En los cachos que el Cabildo arrienda a medianeros, y en alguno que otro lindando con el perímetro del condominio, Domínguez Quintana ha plantado para los próximos tres meses 1.200 sacos de 25 kilos de papas, es decir, 30.000 kilos de semillas. Lleva la intemerata trasegando por los vericuetos de la fenomenal finca, años y años, pero él lo disfruta como si hoy fuera el primer día.

Chano, el tractor, la sulfatadora y los matos de papas que aún están en fase pimpolla ponen la guinda viva a la panorámica que se abre desde el suelo de tierra podrida, -que es como llaman los agricultores de altura a la riquísima arcilla roja empapada de humus y compost-, hasta la cocorota del pico de Osorio, pasando por la tupida fronda de la laurisilva, los techos a dos y cuatro aguas de las casas de los medianeros, la gran casona central y al alpendre de las 16 reses que guarda Manuel Ortega, de 52 años, y biznieto de nativos del lugar.

Sebastián, con el tres cilindros ronroneando y los dientes blanquísimos brillando, levanta apenas la voz para hacer un resumen concreto de la situación. "No me diga usted que esto no es maravilloso. Para mi cuenta es el vergel de Canarias, y uno de los mejores sitios para la papa y el millo. Y sí. Aquí se puede vivir de lo que planto". Mete primera marcha larga y arranca brincando en el fenomenal artefacto.

Lo que parece una obviedad, que en la medianía en la cota de los 500 metros de altura, la que recibe de frente la bruma del mar de nubes, y acolchada de una tierra podrida que da gusto verla sea el paraíso de la papa no siempre fue así.

Mejor lo explica Manuel Ortega, que viene de una raza ´osoriana´ que se remonta a la segunda mitad del siglo XIX. Según tira de memoria, cuando él de pollo era imposible sacar una cosecha en invierno.

"Era tanta el agua que la única que salía era pequeña, de arrugar. Estaba todo el día lloviendo y entonces se tiraba de los cereales, como la avena, la cebada y el trigo. Fue a partir de hace unos 40 años cuando el clima comenzó a cambiar. Dejó de llover de aquella manera y ahora sacamos hasta tres cosechas. Eso sí, con sus altos y sus bajos". De hecho el año pasado fue "catastrófico", diametralmente contrario al presente, en el que se está hinchando a recoger. 200.000 kilos lleva el hombre, y como él las cuatro familias que viven en las casas del interior de la finca y los que vienen a plantar, un selecto grupo que recoge el testigo de una hacienda que Manuel recuerda muy bien, de cuando "los cuerpos humanos eran duros como tachas".

A mitad del siglo pasado permanecían fijo habitadas unas veinte viviendas, con un rancho tremendo de gente. "El papel agrícola de esta finca ha sido siempre fundamental, y se iban todos a una a la trilla, a arar, a cosechar, a lo que hiciera falta", en una labor que curtía.

"Mi padre", por poner un ejemplo directo, "es un fosforillo y mi madre, Pino González, un motor de mil caballos. Cuando éramos chicos se hacía comida a leña para seis hijos, mi abuelo y ellos dos. Un día caldo, y al otro día caldo también. El fin de semana a lo mejor matábamos una gallina vieja por variar un poco". Con ese combustible "se iba de mañana a las vacas, se cosía, se lavaba a mano, se volvía a las tierras a desturronar, y se hacía mantequilla y se amasaba" un pan que se cocía con palos de escobón.

El asunto es que hoy Manuel que también ejerce por turnos de vigilante, ha seguido esa fuga que le viene de estirpe y mantiene 40 ovejas que casi se manejan solas y las 16 reses de la gallanía. Hay que subrayar que con su geito ha criado bueyes que no son de este mundo, como el famoso Osorio, precisamente, un nombre que lo lleva estampado en su caja de registro: "Si volviera a nacer amigo mío, lo haría aquí". Manolo, baja ahora a sus trigos y echa un ojo alrededor. "Este es el sitio más bonito de la finca", y se pone a mirarla como acabara de posarse. Es cuando llega Rufino Déniz, de 60 años, rumiando una baja laboral por avería.

Describe a Manolo, que ahora le está dando sachazos asesinos a unas hierbas pejigueras como "el señor de los cereales" y a la finca, cómo no, "el corazón de la isla".

Rufino también acumula 50 años de labor, aunque ahora esté varado provisionalmente. Tiene algo del chasis, al parecer, pero si lo que toca es hablar de cosas de labrar se le ilumina la cara y se le difumina la baja.

"Mire usted es que aquí nos llegan los chubasquitos", relata, "para la papa, se dan bien los cereales, y es de tierra buenísima". Y el mayor asombro de todos: "está en el justo sitio, ni más arriba, que ya molesta el frío, ni más abajo", tal cual la hacienda prometida.

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