Bajo la fresca brisa preotoñal que envolvió ayer tarde a la ciudad de Telde, cerca de 1.400 feligreses acudieron al descenso del Santo Cristo de Telde, la imagen más venerada del municipio. Enramada con más de un centenar de anturios rojos, la peregrinación de la obra del siglo XVI desencadenó una catarsis de aplausos y elogios entre los devotos que abarrotaron la basílica menor de San Juan. Tras un multitudinario baño de reverencias a la cruz plateada que sustenta el Santo, la imagen permanecerá hasta el próximo domingo 22 en el trono procesional.

Tras la eucaristía presidida por Segundo Díaz Santana, profesor del Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias, ocho mayordomos, vestidos con camisetas blancas serigrafiadas, descolgaron con cuidado y esmero a la imagen de origen mexicano de su morada habitual. Con ayuda de cuerdas y dos escaleras, al puro estilo tradicional, los mayordomos protagonizaron un descenso magistral, en el que dos de ellos se encargaron de sacar al Cristo de su hornacina y el resto de bajarlo lentamente hasta el presbiterio. Ya en suelo firme y arropado por una decena de sacerdotes, el Alcalde Perpetuo de Telde se desplazó por encima de las cabezas de los asistentes durante algunos minutos al ritmo del salmo Ante la imagen del Santo Cristo y algún que otro "Viva el Santo Cristo de Telde", que se gritaba desde el atrio de la entrada y se propagaba con intensidad hasta el altar en forma de honda emotiva.

Pese a que el grupo de curas presentes pidió a la congregación no interrumpir el acto con aplausos y alabanzas, un chorro de vítores rompió la solemnidad del momento en el que se depositó la imagen en el interior del trono móvil, una urna de cristal que deja al descubierto el pie de la cruz para que los creyentes puedan palparla a la vez que recitan sus plegarias.

Una cola de devotos, armados de rosarios, estampas y besos aguardaban en la cola, que alcanzó los exteriores del edificio, en la plaza de San Juan.

"Vengo a la bajada del Cristo desde hace 50 años, desde la primera vez que se celebró", señaló Leonor Fleitas, vecina del barrio de San Antonio, quien recordó melancólica aquellos años en los que la Iglesia permitía a los vecinos quedarse de vigilia la noche entera junto al santo y que "con mantas y chocolate con churros celebraban la cercanía al Cristo". A lo que añadió: "Esta festividad es estrictamente espiritual, ya que para fiestas populares, con baile y bocadillos de Teror, ya están otras fiestas como la Virgen del Pino".

Con sillas plegables y una rebeca, por eso de que "el tiempo estaba raro", Auxi recorrió una distancia cercana a 20 kilómetros junto a su familia para presenciar el descenso del Santo de los milagros. "Vengo desde Mesa y López y volveré en un par de días para la subida del Cristo, ya que sentirlo desde tan cerca es una experiencia única", apuntó la feligresa.

Despejado el maratón de asistentes, la basílica cerró sus puertas alrededor de las 22.00 horas. Momento en el que el sacristán limpió meticulosamente las posibles huellas impresas en la imagen y en el que un grupo de voluntarios le sacaron brillo a la cruz plateada de la imagen para colocarla posteriormente en el trono procesional.

Mañana sábado, algunos de los asistentes volverán a la basílica para presenciar la procesión, que recorrerá las principales calles del casco histórico de la ciudad, tras la liturgia oficiada por el obispo Francisco Cases. La subida del venerado Cristo a su habitual hornacina tendrá lugar el domingo, día 22, acto que sellará una de las festividades más emotivas de la zona este y sureste de la Isla.