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Teror

La matemática del surco

El Cabildo de Gran Canaria ofrece una formación para que los agricultores triunfen en el campo

Chano Domínguez Quintana, ayer en Osorio, Teror, ofreciendo una demostración sobre el terreno en el arte de cultivar.

Chano Domínguez Quintana, ayer en Osorio, Teror, ofreciendo una demostración sobre el terreno en el arte de cultivar. YAIZA SOCORRO

"El que aspire a agricultor debe ser matemático, químico y administrativo", advierte Chano Domínguez Quintana, de 63 años, y referente del arte y los secretos del cultivo en las medianías que viran al norte de Gran Canaria.

Domínguez es colaborador del programa de formación que ofrece el Servicio de Extensión Agraria del Cabildo de Gran Canaria, que ofrece un extenso, y exhaustivo, temario tanto para jóvenes que se inician en la materia como a los profesionales del sector.

Ayer en Teror, 57 alumnos finalizaban unas jornadas sobre el cómo elaborar un cuaderno de campo, en el que se registran todos los pormenores desde que se planta hasta la zafra, y unas nociones prácticas sobre el cómo emplear el tractor sin hacer puré a las papas antes de recogerlas.

Allá viene de lejos Chano sobre su valiente Massey Ferguson 135, de mitad del siglo pasado, y con la sulfatadora a pleno rendimiento chingando a través de la denominada lanza un mejunje contra el mildiu. Parece fácil pero ahí empieza la matemática: "Primero hay que andar muy fino para no sacar la rueda en el surco, y luego calcular que por 12 metros de lanza nos da para cubrir 30 surcos a dos viajes a razón de 15 surcos cada uno".

La mecánica en sí de guiar el tractor no tiene más aquello: "tres marchas largas para ir por carretera, y tres cortas para el campo, y una marcha atrás también larga y otra corta". Para andurriar entre cultivos no hace falta carné, pero sí si se pisa el asfalto: "ahí usted tiene que tener el de segunda".

Es el momento de la química. El director del programa de formación, Armando Rodríguez, capataz y técnico del servicio, subraya la necesidad de saber lo que uno se trae entre manos antes de imaginar plantar, y no digamos obtener un rendimiento. "Esto no es echar la semilla y cobrar. Primero hay que analizar el terreno, conocer su PH, y corregirlo si fuera necesario".

A partir de ahí se abre un mundo en el que las semillas deben casar con el tipo de terreno, si arcilloso o arenoso, el número de horas de sol que reciben, las necesidades de agua y los métodos de riego, los abonos qué de nitrogenados y cuántos fosfatados y, volviendo al tractor, incluso no solo qué modelo sino qué uso se le va a dar.

"Un agricultor debe utilizar un tractor 400 horas anuales para amortizarlo. Si tenemos presente que su vida útil es de 20 años, logrará más que amortizarlo si lo emplea 8.000 horas". No plantearse todos estos números y casuísticas a la hora de lanzarse a la aventura agrícola es la ruina total. "El mercado de segunda mano está lleno de tractores nuevos". Y lo que es peor, de emprendedores arruinados.

Chano ilustra sobre este último aspecto, asegurando que además de llenarse de conocimientos previos hay que atesorar un más que cumplido presupuesto para iniciar la empresa. Porque de entrada, mil sacos de semilla de papa son 20.000 euros. "Y quieren guano, sulfato, personal, tuberías, llaves de paso, y sobre todo agua, de cuatro a cinco mil euros para unas tres hectáreas y media. Eso si vienen borrascas. Si no vienen chubascos se sube a los seis mil euros". A esto se añade que las subvenciones, que son las que dan para sobrevivir, afirma, sólo se dan si se produce cosecha. Y ahí está el abismo. "Si un agricultor no tiene un colchón para el segundo año, está acabado".

Entonces, ¿se vive o no? Armando lo tiene claro. "Por supuesto que sí", responde, "y hay jóvenes agricultores que lo hacen estupendamente, que son justo los que están estupendamente preparados".

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