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Entrevista.

Mari Monzón Santana: "Soy la que primero me tiro a la piscina en mi familia de origen humilde"

"He hecho de todo en el bar de Valsequillo: cocinera, camarera, comercial y relaciones públicas", afirma la pregonera de las fiestas de San Miguel

Mari Monzón, en Valsequillo.

Mari Monzón, en Valsequillo. JUAN CARLOS CASTRO

Su familia, que ha sido designada para dar el pregón de este año en las fiestas de San Miguel, la ha elegido a usted como representante. ¿Es la más adecuada para representar a todos?

La más adecuada no sé, pero soy la que primero me tiro a la piscina siempre. Mis hermanos son más tímidos. Hemos sido una familia muy humilde que nunca ha querido estar en primer plano, sino entre bastidores. Me dijeron que fuera yo, que siempre soy la que habla. Y le dije: pues venga pa'lante. Sin mí casi nunca se ha hecho nada. Menos cuando me fui a Venezuela, siempre mis hermanos contaron conmigo para cualquier cosa familiar. Siempre me decían que era la comerciante del negocio.

Ha hecho de todo en el bar.

Sí, de comercial, de relaciones públicas, de cocinera, de camarera, de todo. A la vida le he plantado cara para todo.

Y muchas horas de trabajo.

Sí, muchas. A veces contaba 14 o 15 horas un viernes, un sábado o un domingo, deseando que llegara el lunes. Lo que me daba fuerzas era oír a los clientes decir que la comida estaba buena, que estaba muy rica. Eso te daba más fuerzas, hasta que no he podido más.

La siguiente generación no ha querido secundar el negocio.

Lo fundaron mis padres y los hijos lo seguimos. Todos los siete hermanos éramos pequeñitos, nos llevamos un año o dos cada uno. Mis hijos y mis sobrinos han visto que toda nuestra vida ha sido una lucha, pero al final cada uno ha optado por su vida. Es normal y lo he respetado al máximo.

Pero ninguno se ha interesado por la hostelería a pesar de la tradición familiar.

Un sobrino estaba estudiando cocina pero le dije que volara y que hiciera su vida, que ya habría tiempo de llegar aquí si el día de mañana le apetecía. Es muy joven y hay momentos para todo. Es verdad que se cierra un ciclo de los hermanos Monzón, pero era necesario.

Es un trabajo muy sacrificado este de la hostelería.

Claro, y hay que partir de la base de que era un negocio que yo, que tengo 60 años, estaba haciendo el trabajo de una persona de 25 o 30. Para trabajar aquí se requiere juventud y movimiento, yo no podía más.

Y la salud se resentía.

Se resentía, sí, muchísimo. Porque claro, yo lo daba todo, mi cuñada Gloria también. Es que estábamos haciendo cosas y trabajos de una persona joven. Yo llegaba al lunes baldada, sin fuerzas. Cerrábamos el martes, pero no me recuperaba de una semana para otra de tanta gente que nos venía.

Ha sido duro.

Ha sido muy duro. Apenas puedo pasar por delante del restaurante porque es una agonía verlo cerrado. Mi hermano Pepe era el referente ya que mantuvo abierto el negocio más de cincuenta años bajo todas las circunstancias que se puedan imaginar. Él siempre estuvo en lo bueno y lo malo. No se fue, no cerró, pero su salud se quebrantó y se tuvo que jubilar en enero de 2014. Y claro, hoy en día no se podía más. Llevé 30 años sin conocer lo que era un fin de semana.

¿Qué siente ahora al ver el bar cerrado?

Es una pena y un dolor el que siento al ver el local cerrado.

Usted hizo un paréntesis en Valsequillo y se fue a Venezuela cuando se casó.

Sí, me fui con mi marido, que era carpintero, y cuando mi primer hijo cumplió siete meses. Emigramos en el 77, el año en que cerró la tienda de aceite y vinagre. Se continuó con el bar, regentándolo Pepe y Antonio Luis. Luego se incorporó mi hermana Teri, que fue la que falleció el año pasado. Más tarde se incorporó también mi cuñada Gloria. Para mí Venezuela siempre ha sido mi Valsequillo. Siempre mi familia la tuve en mente. Estuve trece años en Venezuela. Regresé con mis dos primeros hijos y embarazada de seis meses de Pablo, el tercero. Vine un 26 de septiembre, en plenas fiestas de San Miguel. Es lo mejor que me ha podido pasar en la vida: volver a la casa de mis padres en Valsequillo. Arranqué de cero porque el padre de mis hijos se quedó en Venezuela, pero gracias a mi familia salimos adelante.

Poco a poco fue mermando el personal.

Mi hermano Antonio Luis cayó enfermo hace 15 años y se retiró. Se quedó Pepe solo y los demás continuamos echándole una mano. En 2003 yo trabajaba en Las Palmas, decidí apostar por esto y me vine definitivamente. Entonces estábamos Pepe, Gloria (esposa de Antonio Luis), Teri y yo.

Cuando su hermano Pepe enfermó y su hermana Teri falleció solo quedaron su cuñada Gloria y usted.

Sí, así fue, y ya no dábamos abasto porque el negocio iba a más y nosotras solas no nos bastábamos. La salud se fue quebrantando.

¿No se plantearon contratar a gente joven para que las ayudara a seguir con el bar?

Sí, eso pasó y se hizo, pero cuando tú das la talla y la cara durante tantos años, la gente no se acostumbraba. Yo veía que al final, por mucho que hiciera cambios, yo tenía que estar ahí: en la cocina, con el público, en todos sitios. Nos dimos cuenta de que esa etapa se había terminado porque no se podía seguir así.

También tiene usted derecho a jubilarse y disfrutar de la vida.

Como familia había llegado el momento de disfrutar. Porque aunque Eusebio, Miguelo y Pacuco no estuvieran trabajando directamente en el bar, siempre estuvieron vinculados al negocio familiar. Iban todos los domingos a ver cómo había ido todo. Nunca se desligaron. Ni los maridos ni las mujeres. Era una familia completa siempre con el afán de que todo fuera a mejor, que lo fue. Éramos una piña.

Era un negocio peculiar.

El bar siempre fue como una ONG porque siempre se acogía al que al pueblo venía. Unos echaban una mano pelando papas, otros con otras cosas. Por ahí pasó muchísima gente y siempre tuvimos la costumbre de atender bien al que venía. Siempre. Se jugaba al dominó, a la zanga, a la baraja? Hubo muchas historias en aquel local que fundó mi padre.

También había tertulias y debates desde sus inicios.

Así es.

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