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Artenara

Diario de una abeja

Los panales de Francisco Díaz Díaz producen unas mieles campeonas

Las obreras de Francisco Díaz Díaz, de faena en sus panales de Artenara.

Las obreras de Francisco Díaz Díaz, de faena en sus panales de Artenara. YAIZA SOCORRO

Francisco Díaz Díaz tenía apenas 12 años cuando colocó una caja de madera de Conchita Guayaba al lado de un enjambre salvaje donde llaman El Puerto, marinero nombre para un punto de Artenara que se encuentra a 1.270 metros sobre el nivel del mar, justo por detrás de La Cilla. La rica pasta de guayaba era una forma de engoar al insecto para domesticarlo, hacerlo suyo y, rianga, quedarse con su miel.

Un poco antes, con 7 años, acompañaba a su padre con una linterna a dar luz a los panales asilvestrados de aquella cumbre, un padre que siempre tuvo el afán de poseer colmenas propias pero que nunca encontró un lugar disponible con suficiente sol donde ponerlas. En aquél siglo pasado era tanto el meneo en el campo que cuando no molestaba a un ganado jeringaba a una familia. Y no se ve en los Díaz el menor ánimo de chinchar, sino todo lo contrario.

El caso es que aquél galletón, que se llevó el primer picotazo a los nueve años, ha pasado de la caja de Conchita Guayaba a lograr unas mieles de medalla, si bien confiesa que no tiene la más mínima idea del cómo lo consigue. Es más. Pide que por favor “repartan más los premios”, como si le penaran los galardones: “es que a mis amigos también le salen muy ricas”.

Paco El Aldeano, como también conocen a Francisco de Artenara, tiene colmenas en varias partonsas de la banda del oeste grancanario. Arriba, en lo más alto, sus insectos liban del tajinaste, la retama, el escobón, la salvia, el jaramago y los relinchones. Luego, más abajo, en El Hoyo de La Aldea, donde mantiene otro trajín, desayunan flores de almácigo, de tajinaste y tabaiba dulce. Y hacia Mogán, tanto en Artejevez como en Tasartico, son más de “tabaiba normal”, leñabuena o incienso moruno. Con este triángulo de la miel, Paco también hace de abeja volando en su camioneta por decenas de kilómetros de curva profunda para llegar a las algo remotas brescas que atiende con puntualidad cumbrera, a razón de “un día para cada una”, detalla mientras se embute en un medio buzo con careta redonda justo donde un cartelón advierte “peligro, abejas a 15 metros”. Esto está en el Lomo de la Umbría, lugar al que se llega de forma inexplicable metiendo el capó de la Mitsubishi en barrena cuesta abajo por una montaña rusa camuflada de pista forestal.

Paco coge guantes, una espátula para separar las cajas envilmadas en mieles y propóleos y un artefacto tipo tenaza para sacar los cuadros que se llama sacacuadros.

Allá va el hombre. Donde solo se oía el batir de la brisa entre los pinos de repente se monta el inquietante singuío de unas abejas revueltas por la visita. Se ve que conocen al dueño porque las picadas van exclusivamente a la visita. Cada pequeña colmena, en un año bueno y en pleno verano, es una ciudad de 80.000 ejemplares, de tal forma que Díaz Díaz, entre las trece que tiene allí y las otras tantas repartidas más a costa, gestiona en los momentos pico lo que equivaldría a una capital de 1.600.000 individuos, un censo prácticamente idéntico al de Barcelona.

Hace dos días les metió en un tratamiento contra la varroa, y Paco las excusa por lucir en cierto estado de aturdimiento. La varroa, según añade el apicultor, es uno de los peores enemigos de la abeja, animalito que debe pasar su corta vida desalado porque encima tiene que hacer frente a los “pajaritos, como el caminero y el alcaudón, a los ratoncillos, al lagarto y al perenquén”, algunos de ellos con hábitos de insensibles carniceros, como el citado alcaudón, que acecha a los zánganos y a la reina cuando inician el vuelo de apareamiento para zamparse el cortejo en bruto. Esto cuando no aparece “la nueva avispa asesina”, un mal bicho que, en según qué años, hace verdaderas matanzas de Texas en las poblaciones isleñas.

Trabajar mata

Mientras Díaz revisa panal por panal ofrece más datos pavorosos sobre el esclavo nivel de vida de este personal eminentemente laboral, “y que nos enseñan a trabajar a nosotros. Al día de nacida”, recuenta, “empieza a darle de comer a las que están acabadas de nacer. Cuando tienen de seis a siete días se dedican a la limpieza del hogar. A partir del séptimo u octavo día se ponen a recolocar bien la miel, a fabricar celdas y a calafatear las grietas de la colmena con el propóleo, y cuando alcanzan los 18 ó 20 días salen a recolectar”.

Y a ver mundo a cuatro kilómetros a la redonda, a ocho en línea recta como mucho. Pero solo durante las siguientes tres semanas de vida que le quedarán si es verano, que es cuando lo dan todo de sí. En invierno duran unos cuatro meses, más sosegadas, de ahí que Paco Díaz concluya, “que trabajar mata, amigo mío”.

Hoy no hay mieles chorreando de las celdas. Es noviembre aún. Y tiene que llover sí o sí esta semana. Si no cae agua en los próximos días “no hay flor”, y sin flor no existe el combustible que catalice la alquimia de la golosina.

Esto le pasó el año que ahora se va, que en la parte alta de la cumbre y en su vertiente hacia el sur y el oeste ha sido muy flojo en aguas y en el que recolectó de junio a julio, los meses propios de la cosecha, apenas unos 120 kilos frente a la media tonelada que le produce un año con fundamento.

Francisco Díaz Díaz, que para ser apicultor conoce de flora, de fauna y de veterinaria, añade nociones de meteorólogo, y se atreve con el ya casi extinto arte de las cabañuelas, especialidad en vientos, “porque en lluvias si le soy sincero a veces no doy una”, para terminar pronosticando una entrega de aire africano en diciembre, “con su g calima, que es donde vienen esos tiempos”, pero en cualquier caso, y según subraya, “el clima esta cambiando y no lo digo yo, lo dicen hasta las abejas”. Es ahí, en este punto y seguido, cuando saca de la camioneta sin disimular su orgullo dos botes de una preciosa miel dorada, marca La Abejera, que envasa en las instalaciones que el Ayuntamiento de La Aldea ha puesto a disposición de sus apicultores.

Lo que no va a cambiar es la maña de la zaga, con su hijo Daniel que empieza en el arte y que heredará los panales de un padre que, a su vez, lamenta que otro hijo, “el que más afición tenía, naciera alérgico a las picadas. Pero amigo, en esta vida no se puede tener todo”.

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