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De BIC en BIC Patio de los Siete Lagares (5)

La máquina del Monte

El Patio de los Siete Lagares simboliza los cinco siglos de la historia de los caldos de Gran Canaria

La máquina del Monte AIDER GRAN CANARIA

La gran vega agrícola sobre la que asientan los municipios de Santa Brígida y San Mateo guardan paradójicamente dentro de las lindes de la capital grancanaria uno de los mayores símbolos de su pasado vinícola, el llamado Patio de Los Siete Lagares, en Tafira, una reliquia de sillares, grandes vigas y cubiertas a dos aguas declarada Bien de Interés Cultural en el año 2009.

Esa declaración supuso uno de los primeros reconocimientos a un bien que enmarca una cultura, la de la industria tradicional del vino en Gran Canaria que además pone en contexto su importancia en la isla, a veces minimizada frente a las acreditadas producciones de Lanzarote o Tenerife.

El Patio de Los Siete Lagares, hoy destartalado a pesar de la protección inherente a su condición de BIC, es también la excusa perfecta para repasar un arte de transformación que llega con la incorporación de las islas a la corona castellana, y que se refleja en el vocabulario y en las mecánicas de roturar y plantar los montes de las medianías, especialmente en los dos municipios citados. Dos localidades de las que sobresalen los lagares por derecho propio, y que serán las herramientas para unas vides ya casi aclimatadas por provenir de la cercana Madeira, en su misma Macaronesia.

Fue llegar, plantar y regar a esta vera del Paralelo 28 y triunfar de forma fulminante. Es por esto que su cultivo va trepando desde las tímidas lindes de la capital por Barranco Seco, camino de Tafira, Montes Lentiscal y más arriba, para auparse hasta lugares tan insólitos como el fondo de la Caldera de Bandama, como la delata el origen de su toponimia, cuya ''culpabilidad' recae en el mercader de origen flamenco, nacido en Amberes, Daniel Van Damme, a la postre uno de los primeros productores de los que se tiene constancia documental de Santa Brígida.

El holandés construye en el XVI la bodega y sus lagares en una hacienda que ubica en aquél epicentro del volcán, creando unas condiciones únicas para su caldos, esto en paisaje isleño que ya es lo bastante complejo de por sí, y que por sus cambiantes calidades de sustratos y climas en cortísimas distancias produce vinos diametralmente distintos casi por metros.

Estas producciones se camuflan, en los orígenes de la nueva ocupación europea, con el monocultivo de la caña, industria que arrasa desde que pisa tierra insular el primer castellano.

La caña desmantela la masa forestal agrícola de la isla y se montan ingenios en los que a su vez también se instalan prensas y lagares. Canarias vivió de aquél pan de azúcar para España, Flandes, Francia y Génova hasta que, desde las propias islas, partiera la caña madre que parió con una fertilidad pasmosa en un Nuevo Continente con más agua, más tierras y más esclavos, y unas explotaciones de escala infinita que arruinaron de un día para otro alegría isleña a mitad del siglo XVI.

Pero casi milagrosamente, según sostiene el arqueólogo y guía de las visitas que ofrece el Servicio de Patrimonio Histórico del Cabildo, David Naranjo Ortega, "la economía no decae. Se deja de trabajar con la caña, sí, pero automáticamente aparece el vino, lo que da a pensar que ya estaba instaurado junto con aquél cultivo".

El conflicto con Inglaterra

A finales de ese mismo XVI, ya el vino ocupaba con la misma intensidad las bodegas de los buques con destino al Viejo Continente como nuevo eje económico, y cuando rompió el XVII se creó un marchamo con sus caldos que se desparramaron en copas desde Flandes a Francia, y de Francia a las colonias inglesas en América.

Pero sobre todo, en Inglaterra, el nuevo invitado comercial. A Felipe II le llega la estafeta del buen andar de la actividad en el Archipiélago. Y se empieza a hablar del afamado vino dulce de Malvasía, o del Canary como se le conoce en el resto del mundo, y que pone a las islas en el punto de mira internacional.

Como ocurre aún hoy en toda clase de productos, los de mejor calidad van dirigidos a los mercados ingleses y americanos, quedando el de peor sustancia para el consumo insular, hasta que el conflicto entre España y Gran Bretaña, su mejor importador, desvía como proveedor a Madeira, al fin y al cabo Portugal es su aliado histórico.

Así entra en decadencia a partir de finales del XVII. Se sustituye el Malvasía por el Oporto. Y en los bancales de Gran Canaria las vides por la barrilla o cochinilla, en un paisaje de tuneras que se prolonga, como un emblema de lo árido de los nuevos tiempos hasta el siglo XIX, con la llegada posterior del plátano, y después del tomate.

Pero el vino en todo ese tiempo de transición sigue teniendo un tímido comercio interior localizado en los mismos puntos en los que se vio nacer, con el epicentro en el Patio de los Siete Lagares.

En cualquier caso aún debía sufrir otras dos zajadas casi mortales. En 1852 las parras quedan heridas por el oidio, una plaga originaria de Norte América. Y en 1878 casi rematadas por el hongo Plasmopara viticola, o mildiu.

Pero eso sí, escapa de la gran enfermedad mundial, la de la filoxera, algo que será determinante para un sorpresivo regalo que vendría después, el del preservar en el archipiélago las más antiguas variedades de uva, desaparecidas en el resto del globo.

De todas formas, las dos plagas son suficientes en aquellos momentos para dejar tocado al sector vitivinícola de Gran Canaria.

Pero solo a modo de paréntesis, porque reaparece a finales del XX, de momento para consumo local con pequeñas exportaciones, pero casi extendido por todo el Archipiélago, y en el que se rescatan esas citadas añejas vides que lo hacen tan característico y únicos con respecto a otros caldos del mercado.

En esta línea temporal de altibajos hay que resituarse de nuevo en el siglo XVIII, cuando en la Hacienda de La Data comienzan a construirse los Siete Lagares, una construcción fabril que va a recibir durante los 200 siguientes años continuas reformas para irlos adaptando a los nuevos usos.

Si se ponen ojos de cernícalo desde su patio se radiografían unas tripas que dejan al oreo el patrimonio que esconde, los trabajos del pedrero, o la filigrana del metal que unen sus sillares. O la enorme viga, que según tradición oral proviene de Arucas, un tarajullo de tea con un peso de varias toneladas del que se deduce el trabajo físico del hombre apoyado por las yuntas de vacas y toros y de la ingeniería de elevación, y que ahí sigue como un testimonio azocado con sus cubiertas de tejas árabes, del trajín y el esfuerzo por exprimir de la uva la magia del vino.

Ahí aparece el Lagar del Diezmo, que también abre el libro de la historia con el pago de la décima parte de la producción que debía ser entregada a la Iglesia, un mixturado entre el símbolo de una época de sombras, penurias, escasez, de una inmensa incertidumbre económica, pero asimismo del afán industrial que delata a una sociedad empeñada en sortearla.

Quizá con más empeño que el que existe por conservar su arcano en el siglo XXI. A pesar de que consta que el Cabildo de Gran Canaria envía periódicamente cuadrillas para la limpieza y mantenimiento de la zona, -que no hay que olvidar que se encuentra en una propiedad privada pero de dominio público por su condición de BIC-, el tinglado ofrece un estado manifiestamente mejorable.

Parte de sus instalaciones han sido desmontadas, por el evidente peligro de derrumbe. A día de hoy, de tres de los siete lagares solo quedan la base, y el último se encuentra de una de las propiedades, que a veces a alternado su situación entre el aire libre y el interior de una casa. Y si bien es casi imposible, como subraya David Naranjo Ortega, de volverlas a poner en funcionamiento porque los métodos actuales han cogido otro rumbo, sí que podrían volver a retomar su esplendor ya no solo por responder a un acervo especialmente marcado en el sector primario de la isla, sino para enmarcar a una de las joyas de la mesa de la isla, "la de unos vinos que cada vez están más presentes en el ámbito nacional y que no tienen esconderse ante un Rioja o un Duero".

A la espera del museo

  • No son pocas las propuestas para levantar un museo del vino en el Patio de Siete Lagares, un lugar a pesar de valor histórico sufre de un trasiego continuo por la cercanía de un instituto y que amanece con restos de residuos. Algunas de esas iniciativas se centran en resaltar su valor etnográfico, el de la cultura vitivinícola en un momento en que está revalorizándose, pero que no es más, como apunta el arqueólogo Naranjo Ortega, que otra fase "de un proceso que se inició en Canarias hace 500 años, con su mayor o menor suerte a lo largo de la historia, pero que pone en el gusto, en el paladar un legado de hombres y mujeres que han dejado en las islas palabras, construcciones y herramientas específicas de nuestra idiosincracia".

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