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La Provincia - Diario de Las Palmas

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De BIC en BIC Acusa, Artenara (7)

La capital de piedra

La Mesa de Acusa, en Artenara, Bien de Interés Cultural desde 2010, acogió durante siglos una ciudad vertical

La capital de piedra FOTOGRAFÍA: CARLOS MORALES DEL ROSARIO

Es del común que recorrer el amplio espacio geográfico que conforma la Mesa de Acusa es recorrer una mesa del tiempo, como la denominan varios autores porque permite pasear por la historia, desde el momento de los primeros habitantes de Gran Canaria hasta la era de la cueva 2.0.

El lugar en su conjunto, Bien de Interés Cultural como Zona Arqueológica y Etnográfica, está conformado por topónimos como la propia Acusa Seca, El Álamo, La Candelaria, Fortamaga, El Hornillo y Acusa Verde, entre otros.

Al visitante que llega a esa mole edificada por volcanes le impresiona la mesa de cultivo, la que dio, y sigue dando hoy en menor medida, sustancia y contenido de cebada y trigo a las despensas desde al menos el año 1020, la fecha más antigua datada a un gorgojo encontrado entre sus silos, y que se alza hacia la cota de las nubes desde el mismo fondo de la cuenca hidrográfica de Tejeda.

En el descenso por las patas y por la parte inferior del tablero de La Mesa continúa el pasmo con Acusa Seca y el nutrido grupo de cuevas asocadas en el gran zócalo que conforma el mueble. Ahí se esconde la síntesis del hábitat en cuevas de los primeros canarios, abiertas en el propio solapón y hoy utilizadas como segunda residencia de alquiler, vía internet, para una o dos noches. O la cueva 2.0.

Autopista prehispánica

El que ahí se aloja comparte el espacio ocupado desde la época indígena con un reloj marcando mil años atrás desde un otero estratégico dotado de cultivos, de acceso al agua del fondo del barranco, y sobre todo de un dominio visual que tiene presente toda la Caldera de Tejeda, en un nudo de comunicaciones que lo empata entre los grandes poblados de La Aldea y La Cumbre. Es el centro de la gran autopista de caminos indígenas que se utilizaron como tales hasta mediados del siglo pasado, y que en estos días también ven pasar a los aldeanos que recurren al piche de entre sus desfiladeros para sortear el cierre de la carretera del Norte.

Prácticamente todas las cuevas ocupadas, cuando no fabricadas por los indígenas, fueron reutilizadas por la población europea desde los primeros tiempos de la Conquista, haciendo del solapón la cabeza de partido tras su segregación del municipio de Gáldar. El sitio así, llego a ostentar más población que el actual casco de Artenara, constituyendo un pueblo en risco que albergaba iglesia, cueva para los bailes, cárcel y hasta un alambique para elaborar el ron, "como una especie de Manhattan del norte", sentencia el arqueólogo David Naranjo Ortega, que dirige las visitas guiadas que organiza el Cabildo de Gran Canaria por los distintos BIC de la isla. Y es que, como explica, Acusa ofrecía lo suficiente para asegurar el autoconsumo de sus habitantes.

"Todo en Acusa giraba alrededor del pueblo". Y si se extrapolara la vida cotidiana al siglo XIX, "no hacía falta desplazarse a lugares lejanos", en una suerte de mundo en sí mismo. Siguiendo por el camino de Acusa Seca hacia abajo aparece el enorme y no menos sorprendente granero de El Álamo, con una considerable cantidad de silos que se encuentran en una zona elevada de difícil acceso y fácil protección, una constante en la época prehispánica por la necesidad de defender las cosechas frente a otros pueblos, cuando no ante insectos como los gorgojos.

Naranjo Ortega pone en situación: "Perder la cosecha ante un ataque o por las plagas no solo supone el peligro de no comer mañana, sino el más importante, el de perder la simiente para poder volver a plantar. Cuando eso ocurre hay que armarse y expoliar al pueblo de al lado".

El insecticida de las torres

Corroboran esa función defensiva las cuevas habitacionales que casi siempre están asociadas a estas torres naturales, donde se alojaban los guardianes del grano.

Naranjo Ortega alude a un "estudio del historiador Jacob Morales, sobre el contenido de los silos, donde predominan los higos y la cebada, y el trigo en menor medida ya que es más mimoso y delicado, y con ellos lentejas, habas y guisantes, además de támaras y piñones, acompañados de hojas de laurel, al que identifica con un posible uso como repelente de gorgojos". Un recurso que, según añade Naranjo, "recuerda al que hacían nuestros abuelos con las papas".

Pero Acusa no acaba ahí, sino que continúa con sus cuevas pintadas de las que destaca, en la zona de Cruz de la Esquina, "la famosa Cueva de Las Estrellas, una estancia con el techo de fondo negro y puntos blancos, que si bien nosotros identificamos como un cielo nocturno no podemos conocer cuál era la interpretación que de ella hacían los antiguos canarios".

Otras se encuentran decoradas con almagre, la característica pintura roja de las poblaciones prehispánicas, todo ello con un pasaje que, según la misma fuente, "últimamente está dando mucho que hablar: la conocida como zona de El Vedado, que se encuentra justo encima del poblado de Acusa Seca y que recibe el topónimo por que su paso estaba prohibido a los ganados para evitar la caída de piedras sobre la población".

Allí, a mitad del siglo pasado unos hijos de pastores que estaban jugando en el lugar encontraron algunas cuevas cerradas donde se encontraron una serie de momias, "momias entre comillas", puntualiza el arqueólogo, "porque no son tales, hoy depositadas en el Museo Canario", y que deben su estado de conservación no a técnicas de momificación no propiamente dichas sino a procesos naturales.

A todo este conjunto no le podía faltar su lado más espiritual, que tiene conceptualizado como yacimiento estrella. En el solsticio de invierno, el 21 de diciembre, el sol aparece, según explica Naranjo, por uno de los farallones del Roque Nublo, "y desde Acusa, aparentemente, el sol sale por un lateral del Bentayga, casi como se colocara encima, "insinuando una conexión entre lo terrenal y lo sagrado". El celaje y su configuración, su movimiento y la ubicación de los cuerpos celestes es algo común al conocimiento de las poblaciones cuyas necesidades básicas dependen de los fenómenos atmosféricos, de las estaciones, del sol, de la lluvia, "y ese saber heredado de padre a hijos son propias de las culturas agrícolas y ganaderas".

La metáfora de Acusa invita a reflexionar que "quizás seamos las primeras generaciones que hemos perdido ese legado. Hoy para saber si va o no a llover ya no miramos al cielo, bajamos la vista al móvil". Y acercarse a La Mesa de Acusa sugiere el reencontrarse con el mundo celeste, con el sol asomando en el solsticio de invierno hacia al sur, y en verano por el norte, y que en Acusa supone un viejo saber por reasimilar.

Las técnicas olvidadas

Como el que se puede recrear la vida en sus riscos habitados, comenzando por los sacrificios de la primera ocupación para horadar aquellas oquedades donde vivir, el de bajar y trepar desde el barranco con tallas para traer el agua todos los días y el ingenio para expremir de ese paisaje durísimo los recursos para la supervivencia. "Un lugar que lo tiene todo, sí", sentencia el arqueólogo, "pero que hoy no tiene nada porque, de nuevo, hemos olvidado las formas de obtenerlos: hoy solo sabemos conseguir agua abriendo un chorro".

En ese mundo el calzado, "eran los callos del pie, no el Gore-Tex y el momento de buscar novia o enamorar el de las grandes fiestas de la trilla, como las que se celebraban en la era de Acusa donde hombres y mujeres podían entablar relación, o en la cuevas de los bailes aliñados con ron de Acusa que adormecía la crudeza del lugar".

Por todos estos valores el Cabildo lleva años adquiriendo propiedades en Acusa, hasta formar un catálogo de 18 cuevas para promover su conservación, dado que muchas de ellas, sobre todo las primeras, están alteradas con patios que han sido cubiertos con planchas de plástico que han trastocado la virtud de su calidez de invierno y frescura de verano.

La Corporación ya tiene tres de ellas restauradas que previa solicitud pueden ser visitadas. Una de ellas es una pequeña casa de piedra que levantaron dos hermanas adineradas al regreso de su emigración, "y que lo primero que hacen para distinguirse es dotarla con un suelo de cemento lavado", según explica Naranjo. Ahí se ofrece una pequeña exposición con paneles donde se muestra el recorrido histórico y cultural de Acusa.

Más abajo, una especie de cuevas-piloto atesora mobiliario de los siglos XVIII y XIX que incluyen la cocina. El visitante tiene la oportunidad de sentarse junto al arcón para intentar captar el enorme valor de ese patrimonio etnográfico que ha ido terminando en los puntos limpios de la isla, sustituidos por enseres de desembalar y montar. Allí todavía están los muebles de tea que pasaron de manos entre generaciones, testigos de muchas alegrías y tristezas y que también se integran en el Bien de Interés Cultural.

Son las antiguas sillas, la cama, o la mesa de noche que de repente pasaron a verse como vetustas y anticuadas y que se perdieron en el tránsito de los años 60 y 70 del pasado siglo, en plena década de la formica, el mueble castellano y el turismo, justo cuando la hostelería y los nuevos servicios vació Acusa y la cumbre entera, descapitalizando a Gran Canaria de un acervo único madurado durante cientos de años por una tierra tan áspera y dura como generosa.

Una visita a golpe de clic

  • El Cabildo de Gran Canaria ante la gran demanda que está provocando su programa de visitas a los principales hitos del patrimonio insular, ha puesto en marcha una página web para facilitar tanto la inscripción como la información de cada uno de ellos. Para ello los usuarios deberán registrarse primero en la dirección http://visitas.grancanariapatrimonio.com, si bien se mantienen la posibilidad de solicitar la participación a través de la Oficina de Información y Atención al Ciudadano de la calle Bravo Murillo, 23, de 08.30 a 14.00 horas.

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