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De BIC en BIC Barranco Hondo de Abajo (13)

Hay vida en el interior de la tierra

Barranco Hondo de Abajo fue antes y después de la Conquista un El Dorado del interior grancanario. Los europeos desplazaron a los indígenas para quedarse con la 'ciudad'

Hay vida en el interior de la tierra

Hay vida en el interior de la tierra

Barranco Hondo de Abajo son cuatro palabras que denotan que más profundo no se puede estar. Y de hecho, al igual que ocurría en su momento con Artenara la invisible como la bautizaría Fray Lesco a aquél pueblo que en origen fue subterráneo, el enorme entramado 'urbano' que compone BHA está mucho más bajo tierra que sobre la superficie del planeta.

De tal forma que un visitante poco avezado en troglodismos podría pasar por el pueblo con la impresión de que sólo existe el lugar de Las Pozas, donde una pequeña tienda, un extemporáneo colegio hoy convertido en lugar multiusos y una ermita excavada en la roca de la que solo se sabe su existencia por tres campanillas colgando del cantil. Parece que no existe nada salvo bancales y corrales, pero en realidad ha recorrido un entramado urbano diseñado en la noche de los tiempos por unos antiguos canarios que convirtieron aquella geografía abrupta en un mundo de lo más vivo y animado.

El conjunto fue declarado Bien de Interés Cultural relativamente bien pronto, en septiembre de 1993 porque se trata de uno de los núcleos de habitación en cueva más importantes del Archipiélago.

Sus oquedades naturales son convertidas en viviendas gracias a los cerramientos con piedra y barro, muchas de ellas sin los enlucidos de cal ni color, lo que los integra con su naturaleza mimetizándose con las paredes rocosas al punto que de lejos sería imposible saber qué puerta tocar para encontrar a un cristiano.

Es el mismo hábitat heredado del mundo de los antiguos canarios, y adquiere una enorme significación para el conocimiento porque ahí vivió la sociedad prehispánica y la posterior que arriba con la Conquista, dos formas de vida que se desarrollan en un mismo cauce, lo que permite dirimir la evolución histórica de ambas sociedades en un único lugar de ocupación que se mantiene bastante fiel al 'plano original'.

A pesar de su invisibilidad, Barranco Hondo de Abajo es uno de los yacimientos prehispánicos más extensos que existen, y además atesora en su vertiente izquierda las cuevas de Risco Caído que aspiran a formar parte del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Se extiende a lo largo de todo el barranco que une Artenara en el techo insular con la costa que baña a la villa de Agaete, pasando por Gáldar, lo que da de sí a tres municipios y a otras tantas presas, la de las Hoyas, Los Pérez y Lugarejos. Aguas abajo culmina el paisaje con El Hornillo, otra exquisita filigrana vertical embutida en los escarpes del volcán.

BHA fue esculpido después de que la lava dejara pistas de por dónde horadar y excavar, y entre todo su catálogo de recovecos internos se elegían las mejores zonas de la vaguada en materia de humedades, horas de luz y temperaturas, "permitiendo las mejores condiciones para el poblamiento humano", según apunta David Naranjo Ortega, arqueólogo que actúa de cicerone en las visitas guiadas del Servicio de Difusión del Patrimonio del Cabildo de Gran Canaria.

Dentro de la lógica métrica del isleño del siglo XXI se diría que se trata de un lugar remoto, pero en su tiempo lo tenía todo a mano.

La madera para los cerramientos, el mueblerío o el carbón vegetal para el fuego quedaba enfrente, en el pinar de Tamadaba. La pesca llegaba desde la villa norteña por el camino de El Sao y el ya citado El Hornillo, cuyos vecinos más antiguos recuerdan el potente trasiego por los caminos de cumbre a costa, al punto de colas en los requiebros más angostos, cuando no las riscaderas de burros de los que nunca más se supo.

Y de Lugarejos, en la banda de naciente, provenía la loza fabricada en su monumental centro locero que junto con el de Pineda, en Santa María de Guía, y el de La Atalaya de Santa Brígida, aportaban a Gran Canaria el menaje de barro al horno que conformaba el ajuar doméstico.

La mística también rondaba allí, a la vera del 'reloj' que marca las estaciones agrícolas en la cúpula de Risco Caído y de los espacios sagrados de poco más arriba, desde Acusa hasta el Bentayga, lo que convierte a Barranco Hondo de Abajo en una isla interior surtida de todo lo necesario para el rumbiar de los siglos y que según autores, se trata del epicentro del mítico Artevirgo.

Paredes amarradas

Hay que imaginar a los primeros pobladores convirtiendo la orografía vertical en horizontal para cultivar el grano, aliñándolo de higueras, acorralando espacios para el ganado, desviando los hilos de agua, cortando la maleza y excavando las cuevas generación tras generación, en una interminable antropización de un espacio que al final parece que no ha cambiado.

Llaman la atención esos bancales que conforman las cadenas de cultivo con unas paredes de piedra seca que siguen amarradas pero que empiezan a sucumbir a los derrumbes por chubascos y la invasión de zarzas, cañas y tuneras que lo camuflan aún más como si fuera un mini Angkor Wat donde cada centímetro fue aruñado por el hombre en un gigantesco esfuerzo contra la gravedad terrestre.

Su carácter escondido y fortificado por el propio barranco convertido en ciudad es el sello de la ingeniería indígena en el que fue en su momento el límite de la laurisilva, el extramuros de la Selva de Doramas que reinaba hacia naciente y a una cota algo inferior virada a la costa, pero lleno de recursos.

Por eso mismo, inmediatamente después de la Conquista europea es demasiado goloso para no convertirse en codiciado objetivo de unos ocupantes que obligan al desplazamiento de los primeros pobladores. Una materia fértil y muy bien regada que aparece en los repartimientos citados por Manuela Ronquillo y Aznar Vallejo, como el de un tal Sebastián del Hierro que el 20 de marzo de 1522 hace alusión al barranco de Facarcaz o de Facaracas, probable toponimia de la zona en tiempos de los canarios, para reclamar cuevas y riquezas. Es una época de pleno contacto y otro de los repartimientos es revelador del crucial momento en el maridaje entre europeos e indígenas, como el fechado en el año 1524 sobre la compra de varias fanegas por parte de la familia Cerezo "a la canaria María Sánchez, mujer del poblador Pedro Magdalena".

Hay que remontarse a apenas 'antes de ayer' para determinar el momento en el que se acabó el bullir de la chiquillería, el instante en el que se silenció el barranco mientras comenzaba a bullir el sur insular con la llegada del turismo.

Aunque ya antes, a partir de 1934 Barranco Hondo sufriría la plaga de las tres presas, con la finalización ese año de la de Los Pérez por parte del antiguo Sindicato Agrícola de Regantes, a las que seguiría la de Lugarejos y la de Las Hoyas. Aquellos embalses, muy del franquismo, margullaron cuevas y un buen grueso de los tesoros patrimoniales que antes se encontraban en los escarpes y que ahora asoman en los tiempos de sequía, además de anegar las mejores zonas de cultivo.

Un mundo caótico y repetitivo

En la propia carta etnográfica del primer embalse, se anota que en su construcción, realizada a mano por 70 obreros", se tuvo que "deshabilitar el antiguo poblado de casas cueva de Lugarejo". De tal forma que el antiguo tinglado humanizado es hoy arqueología subacuática, y del cauce hoy, agotados sus recursos hidráulicos, no quedan trazas de las yuntas de vacas, de los ganados de cabra, de los celemines rubios en los que se mecía el trigo y la cebada ni del aprovechamiento del pinar que fundamentaba el trasiego del lugar.

En una mecánica que se repite ahora es foco del turismo rural, que de alguna manera intenta recrear la vida que se fue por el turismo industrial. Los ayuntamientos de Artenara, de Agaete y Gáldar lo codician como un atractivo para los visitantes a los que invitan a sentir las sensaciones que solo otorgan los peculiares espacios en cuevas.

Pero también de su entorno, que en los días de invierno rezuma caidero y murmullos que hacen de su visita una experiencia, o en primavera cuando explota en colores, y que es una forma de recrear, como sentencia a Naranjo Ortega, "la cultura de nuestros antepasados, que vuelve a resurgir como necesidad de salvarnos de un mundo tan caótico como repetitivo".

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