Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Juan Ramírez, un junquero de honor en Santa Lucía

"A mí nadie me enseñó cestería; aprendí mirando", afirma este artesano que recibe una placa de reconocimiento en las fiestas

Juan Ramírez, un junquero de honor en Santa Lucía

Juan Ramírez, un junquero de honor en Santa Lucía

"Ha sido maravilloso. No sólo ha sido por recibir ese reconocimiento, sino también porque la entrega de esa placa ha sido dentro de la iglesia que estaba repleta". Así se sentía el artesano Juan Ramírez Pérez, conocido y llamado también como Juanito Ramírez, que la noche del pasado jueves recibió el reconocimiento a la Presidencia de Honor de las Fiestas de Santa Lucía 2017, después de la lectura del pregón que fue impartido por parte de la maestra Mary Carmen López y de la elección de la Lucía Canaria, que en esta edición fue escogida la joven Ciara Alemán, de 22 años.

No es el primer premio o reconocimiento que recibe en su larga carrera como artesano este santaluceño nacido en 1931, hace 86 años. Entre otros, recibió el Ateneo de la Cultura en 2003; también por parte del Cabildo en 2016; un primer premio internacional en La Orotava, como un segundo regional, también en Tenerife. Juanito Ramírez se siente "profeta en su tierra".

Él sabe que es uno de los últimos junqueros que quedan, que trabaja con el junco, anea, centeno y lino para hacer fundamentalmente cestas y otros objetos artesanos. Recibe hoy en día muchos encargos porque, en gran parte, es el único que los hace, como es el caso de las zarandas, cesta circular que hoy en día se emplea para los bailes campesinos y que antes se usaba, por ejemplo, para zarandear el trigo. "Soy el único que los hace y me los encargan desde Lanzarote, Tenerife y La Palma", comentó.

Asimismo hace traperas, como la que hizo de gran tamaño y que cubre la carreta de los labradores, que tiene ocho metros de largo y 0,90 metros de ancho. También "confecciono el Aragán, el muñeco que al día siguiente de Santa Lucía, se le hace un juicio, dentro de las fiestas. Hago la cabeza de barro y lo visto bien", comentó.

Ha dado muchos cursos de cestería, pero desconoce si algún alumno o alumna se ha dedicado profesionalmente a esta artesanía. "Sé que he tenido buenos alumnos. Pero lo seguro es que a mí nadie me enseñó. Aprendí observando. De pequeño es verdad que me entretenía con los trastos, pero aprendí de grande mirando", recordó.

También tiene claro que "da mucho trabajo hacer estas cestas y otras cosas".

Él, octogenario, continúa yendo a los barrancos para buscar junco y anea, siendo lo ideal buscarlo entre mayo y junio. El lino y el centeno los cultiva en la casa. Es soltero. "No me ha hecho falta casarme. Vivo muy contento y feliz con mis cinco hermanos en casa". Después de recoger el junco y le anea, los seca bien y los humedece en el momento cuando vaya a trabajarlos. "Luego hay que trabajarlos con el cuchillo, las manos y la aguja, y con mucha paciencia. Lo muy importante es saber lo que se va a hacer. La mente es vital para este trabajo", relató.

Vida dura

Juanito Ramírez se dedica desde hace muchos años a la cestería y también lo hizo antes a la cerámica. Pero estas actividades artesanales las aprendió y comenzó "siendo ya maduro" y después de haber tenido en su inicio "una vida dura y haber hecho antes otros trabajos".

Ramírez Pérez fue el cuarto de diez hijos del matrimonio formado por Juan Ramírez Perera y María Pérez Rubio. Los vástagos eran cinco hombres y cinco mujeres. En un principio fue aparcero y trabajó en la zafra. Luego hizo el servicio militar obligatorio.

Después trabajó como listero en la comunidad de Francisco Quintana, en Berriel. Sus funciones era pasar lista a los trabajadores presentes en cada jornada. Trabajó en ese puesto durante cinco años. "Allí, por las tardes y las noches, daba clases, primero a los niños, durante dos horas, y luego otras dos a los adultos, para que al menos aprendieran a leer y a escribir", manifestó.

Jugó al fútbol en el equipo del pueblo de Santa Lucía. Lo hacía descalzo, aunque el terreno de juego era de tierra. Tuvo esa dedicación deportiva hasta que cumplió los 28 años, que fue cuando la federación de fútbol le obligó a jugar calzado. Como no quiso, dejó de jugar al fútbol, deporte que bien le gusta. "Me gustaba y sabía jugar así, descalzo, como siempre lo hizo, y no con botas de fútbol", señaló Ramírez, quien agregó que "me gusta este deporte y ver los partidos por la televisión. Soy del Real Madrid. Es un equipo señorial".

Posteriormente, trabajó en un tostadero de café en la calle Aguadulce, en Las Palmas de Gran Canaria, durante 18 años. "Allí aprendí que las cosas se toman como vienen, pero el café no", recordó.

Tras esa etapa laboral, a falta de empleo, decidió regresar al pueblo de Santa Lucía. Como no tenía trabajo, decidió aprender y dedicarse a la cerámica y a la cestería, siendo ahora, a los 86 años, un maestro reconocido y el último junquero.

Compartir el artículo

stats