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Aúllan los bucios del Valle

El pueblo de San Pedro, en Agaete, entrega los ramones de poleo, pino y eucalipto al patrón tras doce horas de periplo en Tamadaba

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La Rama inunda El Valle de Agaete

Diez y media de la mañana. Desde las cuevas prehispánicas de Berbique aúllan los bucios estremeciendo al Valle. Es la segunda vez que suenan en doce horas.

La primera, la noche anterior, para anunciar y reunir la partida de romeros que arrancan con luz de luna rián a Tamadaba por el camino vertical que se eleva a más de mil metros sobre la ermita fundada el 8 de abril de 1902 por decreto del obispo Fray José Cueto, y donde San Pedro descansa para solventar firme, de pie y sin mover un pelo su larguísimo día grande.

Una vez despiertos los jilgueros, y mientras en el pinar se desbroza laurel, poleo, eucalipto y otros matos para formar los ramones, el santo se despereza y se asoma al zaguán, mirando de soslayo a los papagüevos asocados bajo el laurel de indias de la plaza.

En San Pedro, como en cualquier valle de respeto que merezca el nombre, el alba se hace esperar. Desde que amanece a que aparece un rayo transcurren las horas que le cuesta a sol remontar Montaña Alta, Caideros y Fagagesto, para luego volcar toda su fuerza con un solo balde sobre Vecindad de Enfrente rebotando en todas direcciones. Ahí es cuando el mixturado del verde del cauce gigante y el negro de los paredones volcánicos provoca una avalancha de endorfinas y con ella los alegatos en voz baja y los susurros con el que los vecinos se dan las horas y los buenos días. Y también arranca el generador del puesto de polos y cornetos.

Los chiringos que lo mismo ofrecen rones mañaneros que potingues como la estremecedora salchipapa abren sus puertas de latas y los perros, tanto flacos como gordufos, merodean alrededor de los primeros ramones que, no se sabe cómo, ya empiezan a desaparecer al patrono entre esa maleza portátil formando una selva abigarrada de quita y pon.

Son ramos tempraneros y milagreros, llegados camuflados en la noche, casi a mesa puesta. En casa de Ana Roque, que se erige en una atalaya con vistas sin igual sobre San Pedro con su terraza guindada del aire, existe un ramón de este tipo completo, regalo de Cristo, -pero Cristo, el de Tera, que es un amigo-, y lo tiene en una esquina perfumando la atmósfera mientras en los fuegos burbujea un fenomenal puchero.

De ahí sale "el caldo y las verduritas para los niños", y la sustancia cárnica para los más recios, como lo es Santiago Rodríguez, marino que fue durante años del Esperanza del Mar.

Santiago Rodríguez capitanea a la visita con la misma delicadeza y cortesía con la que servía de camarero de oficiales y rescataba de las aguas a los pescadores malparados, cuando no la tira de muertos que arrojaba cada poco el Atlántico oriental desde la Mauritania al Reino de Marruecos.

Desde ese otero de Roque y Rodríguez rebota otra vez el sonido de las caracolas. Leisha, de nueve años, agarra el ramón que trajo Cristo, lo cimbrea y detrás, muy detrás a lo lejos y un poco hacia arriba, se ven a distancia de telescopio a personas chicas como microorganismos saltando en la Era del Molino. Ahora son las once y pico. Se acerca el meneo.

Calle abajo ya hay música de salsa sonando. Es Óscar D´León, que dice: "ella vive contigo, es tu amiga, es tu mujer, es tu esposa y es tu amante, ella es toda un cuerpo fiel, no le causes angustia, no le hagas padecer...", y de frente ajeno al rebumbio Jaime Godoy, que viene de una casa a otra por una travesía en escalera de la calle Santiago Suárez con un caldero hirviendo en carne mechada.

En realidad ya hierve todo el pueblo en sí. En la cancela de Vecindad de Enfrente se agolpa la Banda de Guayedra, la policía local y los romeros, por ese orden de popa a proa, tapizando la cuesta a ritmo de La Madelón, Soldado de España y La Bandera.

La velocidad de crucero de la comitiva es la misma que la del crecimiento vegetativo de las plantas y aún así, cuando coge dos pasos de avance más de la cuenta, un señor mayor frena con un "déjensen dir que no hay prisas".

A esas alturas del mediodía la fiesta llega para quedarse. Cualquier bucio, cualquier redoble de mayor intensidad que el anterior, es suficiente para impulsar más saltos, risas, y hasta besos y achuchones a medida que se van a acercando al cruce donde se apuestan los chiringos, escala previa de la plaza donde ahora sí, se está tapiando prácticamente al santo mientras se le pide que cumpla su parte de promesa.

Lasso, un hombre del Valle que ha hecho de su primer apellido su único nombre, tiene 63 años. Sube a Tamadaba desde que tenía doce, y ni aún pasando como ha pasado allá arriba las noches más frías de su vida, dejará de dormir al raso de Tamadaba mientras le quede un punto de resuello, "porque hay que cumplir con la tradición de nuestros antepasados", como los carboneros y pinocheros que hicieron de esos caminos una autopista comercial en la que se hacía el trueque de pescado fresco de Las Nieves con los productos forestales del pinar.

Eran los mismo que tocaban las caracolas a mitad de sendero "para avisar a madres, esposas y novias que estaban prontos por llegar". Lasso, que lleva desde la noche del miércoles rumbiando de abajo arriba y viceversa descansa a la sombra a pocos metros de la vanguardia de la rama.

Y suelta: "Yo he nacido en un valle,/ entre barrancos y montañas/ donde la alpispa y el mirlo canta,/ bajo la sombra de Tamadaba".

"Es que me preguntan por esto, se me saltan hasta las lágrimas".

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