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Aníbal Martel, América en foto

El prestigioso fotógrafo grancanario expone en Luisiana la huella de los pioneros que fundaron el estado sureño. Es premio Descubrimientos del Festival Internacional de Artes Visuales 2017

Aníbal Martel,  América en foto

Aníbal Martel, América en foto

Para contextualizar al fotógrafo Aníbal Martel hay que recrearlo descalzo y rumbiando barranco arriba y de tierra a marea en el Juan Grande de finales de los años 70. "Mi infancia", subraya, "es hoy parte de mi trabajo, de los recuerdos de mi familia, que es ganadera, de ese mundo costumbrista de la zafra y los pastores. Muchas veces pienso, qué pena que no pude fotografiar esas imágenes que guardo en mi memoria".

Nacido el 16 de junio de 1978 estudia EGB en el colegio público de Juan Grande, para cursar la secundaria en el instituto de Vecindario. Allí tiene la "gran suerte" de conocer a Nono Castro, responsable del ateneo, "un tipo genial que llevaba la sección de fotografía del centro cultural".

Así es como se apunta a un curso de fotografía, "sin ni siquiera tener una cámara, hasta que al final mi amigo Yeray Abadín me presta una maravillosa Nikon F, que aún tenía el exposímetro de selenio, nada de electrónica, sino solo una palanquita que te indica que la foto iba a estar más o menos bien".

En la vida a veces la diferencia se encuentra en el detalle, en una frase, en un aliento. "Me hizo un comentario..., que tenía ojo, que le gustaba lo que estaba haciendo". Y aquello le abrió el futuro.

Así es como decide una vez termina en el instituto matricularse en Fotografía Artística en la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Gran Canaria. "Aquello fue encontrar la suerte. Me encantó porque conocí a una gente increíble, maravillosa, como Pablo Mendoza, Chiqui García, Santi Blanco o Yaiza Socorro que amaban la fotografía y sentí que me apasionaba, que quería seguir haciéndolo. Fue algo que no había sentido nunca. Solo tenía que aprender más".

Es 2002 y con esa ambición se matricula en dos master que ejecuta en simultáneo en la Escuela Superior de Fotografía e Imagen de Madrid. Uno de Fotoperiodismo y el otro de Fotografía Creativa. "Un tute. Intenté cortar tiempos porque quería viajar a otros sitios. Y de hecho cuando termino me voy a Chile".

Solo está un año en el país, pero le da para trabajar en el Fotocineclub de Chile, dar clases de fotografía, trabajar en una agencia y pasar esos doce meses yendo y viniendo desde Santiago a la Araucaria patagónica a fotografiar y vivir con los mapuches, a mochila, sin electricidad ni agua corriente. "Algo que me marcó muchísimo por la pasión de contar quiénes eran".

En 2004 regresa a Madrid y se matricula en Periodismo, mientras compagina los libros con el trabajo en bares, restaurantes, o repartiendo pizzas "con la motillo por ahí, arriba y abajo", para luego coger la bici para acudir a la facultad por las tardes. Hasta que en el tercer curso le entrevistan para un puesto en la revista Yo Dona de Unidad Editorial.

"En ese momento me ofrecen trabajar como ayudante de edición gráfica de la publicación, y mi jefe es Chema Conesa, un fotógrafo hiperreconocido. Estoy con él tres meses hasta que abandona el cargo porque hay cambios en la revista. Pero sigo de editor gráfico, hablando con agencias, buscando fotógrafos, temas de contenido, recopilación de imágenes y fotografiando en la calle. Pero lo mío era eso, la calle, y terminé saliendo fuera para diferentes secciones, también para el periódico de Unidad Editorial y de freelance para otras agencias, pero siempre dentro del fotoperiodismo".

Llega 2012. Su pareja se había ido un año antes a Estados Unidos, becada por la Universidad de Harvard para hacer un doctorado. Y él le sigue los pasos. En Boston se incorpora a varias agencias, pero trabaja, sobre todo, para la propia universidad de Harvard, cubriendo desde actos a contenidos para la revista de la institución, o haciendo retratos de escritores importantes que luego se utilizarán en el archivo. También deja su impronta en el Rockefeller Center.

Pero todo parece poco, porque el tiempo le da para colaborar con Ruptly TV, en vídeos de prensa, o con la agencia internacional turca Anadolu, además de en revistas como Etiqueta Negra y Ballena Blanca, dedicada a la economía y el medio ambiente. No da abasto.

Pero eso no le impide seguir maquinando. "Mi pareja, Thenesoya V. Martín de la Nuez, es filóloga, y especialista en literatura y el intercambio cultural entre las islas y América. Así fue como nos decidimos contactar con los canarios de Luisiana", los descendientes de los 2.000 isleños que se asentaron en el Estado trasladados allí por Carlos III entre los años 1778 y 1784, y cuya huella histórica permanece aún muy presente, tanto en instituciones como en el acervo cultural.

"Descubrimos esa comunidad y nos dimos cuenta de que era una historia muy bonita de contar. Y en ello llevamos cinco años, trabajando en el proyecto, que es de ambos, autofinanciado, pero que ahora lo exponemos de forma itinerante durante dos años y medio".

El próximo 20 de diciembre, "a las cinco de la tarde", puntualiza Aníbal Martel, abre sus puertas en el Luisiana State Museum, ubicado en The Cabildo, por más señas. Son 59 fotografías de gran formato, de un metro por 70 centímetros, y que ya han sido admiradas en lugares emblemáticos, como en la embajada de España en Washington, o en certámenes como el Festival Foto DC, además de figurar como cartel de ese mismo festival con una exposición de la agencia Magnum. Pero ojo. Porque para Aníbal uno de los lugares más importantes por los que ha pasado la obra es la Casa Museo de Colón de la capital grancanaria. Según el autor lo realizado en el museo capitalino "fue algo increíble, que no tiene nada que envidiarle a ningún otro museo del mundo. Elena Acosta y Javier Puello", directora del centro, y profesor de Historia del Arte, respectivamente, "hicieron un trabajo impecable".

Lo dice alguien que ha llevado sus fotos a tres portadas de la revista Forbes, o que ha sido seleccionado en el Festival Internacional de Fotografía y Artes Visuales como 'Descubrimientos PHotoEspaña 2017'. Hoy desde Nueva York, donde ha fijado su residencia hace tres meses, fija la vista en Canarias y reflexiona sobre la dicotomía de su amor a la tierra, "mis raíces están en Canarias", y lo complicado que es volver, algo que considera que los isleños deben hacer "para devolver a las islas lo otorgado".

"Poco a poco acumulas muchos años lejos de mi familia y es para reflexionarlo", sentencia mientras observa y mima a la mejor fotografía de toda su trayectoria: Olivia Martel Martín, de tan solo diez meses de vida.

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