Si uno pasa de largo sin fijarse, parece que Tasarte actúe como un pueblo normal. Apacible y silencioso. Pero igual que a esta localidad es poco probable que se acceda por casualidad, tampoco es posible evitar poner la atención en las acciones que los vecinos cometen tras el incendio que arrasó con algunas de las viviendas y buena parte de las fincas. Un día después del realojo, los ciudadanos intentan retomar la rutina y la calma, pero saben que el suceso ha marcado un antes y un después.

"Jamás pensé que pudiéramos pasar por esto", expresa Francisco Déniz, aún sin creerse por lo que han pasado. Es posible que ninguno de los residentes sea aún consciente de lo que ha sucedido. "En solo unos instantes nos quedamos sin nada; no nos queda absolutamente nada", cuenta Álvaro Delgado, uno de los principales afectados por el fuego. La humareda no cesa en algunos puntos del barrio, como si de una broma pesada se tratase, y el inconfundible olor a hollín impregna todavía las fachadas de las casas.

Todo el mundo limpia el pueblo tras el desastre. Los bomberos, que hicieron noche en la pequeña localidad tras pasar toda la jornada del lunes refrescando la zona, también ayudaron en la tarea con manguerazos en la tierra. Los vecinos, como agradecimiento a su labor, cocinaron por la noche para poder servirles una cena decente. Tortilla de papas, croquetas y flan de coco. "Se quedaron privados", expresan los residentes, que no pueden evitar sonreír a pesar del desastre.

"Uno nunca sabe lo que puede pasar, por eso hay que disfrutar de la vida", expresa con sabiduría José Medina, con sus 70 años redondos. Las llamas que se extendieron por el pueblo durante el fin de semana llegaron hasta el cuarto exterior de su vivienda, "pero por milagro de Dios que no tocó nada de dentro", asegura contento, aunque admite que la primera noche tras el realojo no fue del todo tranquila, pues el hedor de la madera y el aluminio quemado "es criminal para las personas mayores". Asimismo, a pesar de que Tasarte ha quedado fuera de peligro, el incendio continuó su paso estirándose por el pinar de Inagua, por recovecos de la zona de Pino Gordo y el barranco de la Lina.

A primera hora de la mañana desde La Candelaria, en la Vega de Acusa, se apreciaban con claridad (a pesar de que la calima aún no había menguado del todo y el paisaje se difuminaba) tres humaredas blancas en uno de los riscos. "Llegué sobre las ocho y ahí estaban; es increíble", cuenta uno de los vecinos de la zona perplejo mientras atisba con la mirada el foco. Está tranquilo porque cree que el incendio no llegará hasta la zona, aunque admite que los incendios del verano los pillaron a todos de sopetón. "Mi padre gritaba que era imposible que llegasen las llamas hasta aquí, jamás había visto algo igual", rememora, resaltando además la nueva imagen del pago. "El paisaje siempre ha sido verde, riscos frondosos y curvas cerradas por los árboles; ahora bajo al pueblo y lo puedo ver todo, pero no me gusta la sensación", expresa mientras señala las montañas desérticas de La Aldea.

Juan Francisco González observa desde la caseta de su finca el panorama. "Sobre quemado no se puede prender más", apostilla resignado. No es residente de la zona, pero sube regularmente para cuidar de los terrenos que le dieron en herencia sus padres. "Esto te tiene que gustar", sostiene con una sonrisa de medio lado, aunque en estos meses el trabajo no ha parado de incrementarse. "La tierra está muy seca; hay que limpiar y volver a empezar", explica. Y precisamente eso hace Alexis Espino en la parcela contigua, contratado por los propietarios. Con el tractor remueve y retira la tierra baldía, para que pueda brotar vida una vez más. En su cara se asoman las arrugas propias de una persona alegre, a pesar de que el verano pasado fue uno de los peores de su vida. Es vecino de Tejeda, por lo que abandonó su casa casi con lo puesto en dos ocasiones; en el incendio que se inició en Artenara y en el de Valleseco.

La incertidumbre

"El primero me pilló muy de improviso, con mi hijo de cuatro años; se asustó muchísimo y estuvimos cuatro días fuera de casa", rememora ojiplático ante el recuerdo. "La incertidumbre nos mataba a los vecinos, así que subíamos hasta donde podíamos para ver cómo iba avanzando el incendio; no podíamos estar quietos", explica.

El fuego se estabilizó tras casi cuatro días sin control por el suroeste de la Isla, pero la inquietud permanece todavía con los vecinos de Tasarte. Los nervios no han parado de aflorar desde el sábado, especialmente para aquellos a los que el incendio les pilló fuera de casa. "Estaba fuera, cuando me acerqué a La Aldea para ver a mi hermana me preguntó sobre el incendio y yo no tenía ni idea", cuenta Pilar Diaz, empleada del único supermercado de la localidad, un Spar que permanece aún cerrado. La mala suerte azotó esta zona del pago, pues bajo la cadena de comestibles se encontraba el garaje de Francisco Déniz, que estalló por la presencia de tres coches (dos de ellos, un Mercedes y un Ford, comprados hace apenas un año) cargados de combustible. "Había rellenado el depósito pocos días antes", cuenta el vecino, que asegura que habrá perdido más de 100.000 euros por todo el material calcinado, en el que además se incluía toda la documentación personal y de la propiedad de sus inmuebles.

La explosión no sólo afectó al interior del garaje, sino también a la superficie del supermercado y a los motores de electricidad. "Las baldosas están todas levantadas, las neveras dejaron de funcionar y toda la carne se echó a perder", explica Diaz, que además como vecina de la zona siente una impotencia tremenda por la situación. Los vecinos tienen que trasladarse estos días hasta el pueblo de Mogán o a La Aldea para poder comprar lo que necesitan, aunque la dependienta cree que el jueves vendrán a retirar la mercancía chamuscada y quizá pueda llevarse a cabo una reapertura parcial. "Lo primero que tenemos que hacer es limpiar, porque aunque no llegó a entrar el fuego está todo sucio", sostiene.

Otro de los pocos negocios del pueblo que también se vio afectado es la única panadería, situada a escasos metros del supermercado. "Cuando salimos del pueblo sobre las tres de la madrugada pensé que me había quedado sin casa y sin trabajo", recuerda con apuro Ana Rosa Segura, pues se libró por los pelos y la angustia no le dejó dormir en toda la noche. "Lo que sentimos es una impotencia grandísima, algo así te bloquea y te rompe toda la rutina", sostiene porque no sabe por donde empezar. Las llamas no llegaron hasta su panadería, pero igualmente tiene una buena cantidad de productos que deberá retirar y mucho polvo que limpiar. "Lo que nos queda es irnos recuperando poco a poco, como se pueda", sentencia.

Para personas como Álvaro Delgado, que no se esperaban la densidad del problema hasta que no pisó el pueblo, esa frase es lo único a lo que puede agarrarse. "Nos quedamos completamente desnudos", explica metafóricamente, pues es el mayor de los afectados al quedarse su vivienda completamente calcinada. La historia de su vida reducida a cenizas, como él mismo describe. "Construí esta vivienda poquito a poquito y ya no queda nada", contesta apático, sin saber cómo expresarse ante el choque emocional. El edificio servía como residencia de cuatro matrimonios, el suyo y el de sus tres hijos. "Mi hija estaba en Maspalomas cuando todo sucedió y no quisimos contarle nada hasta hoy -ayer para el lector-", cuenta, pues los padres no querían disgustarla por encontrarse a apenas un mes de dar a luz. "Todos los juguetes para el nieto se desvanecieron con las llamas", junto a los aparatos electrónicos, los electrodomésticos, los muebles y muchos otros objetos, así como a sus dos perros. Al entrar por segunda vez a la casa, se da cuenta de que en realidad no se ha salvado nada, e incluso quedan algunas brasas en la superficie.

Delgado saca algo bueno de todos los problemas. "Los vecinos se han volcado para ayudarnos, Tasarte es una gran familia", declara con una sonrisa triste. Nada más arribar en el pueblo y ver el panorama, unos amigos de la zona les ofrecieron su casa hasta que pudieran buscar la fórmula para mudarse. "Nos han dado de comer y ropa, porque nos quedamos sin absolutamente nada", asevera. Solo les queda recomenzar. "Es como si dejásemos la partida en cero", exclama.