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Tejeda busca a su científico más ilustre

El Ayuntamiento intenta localizar los restos de Domingo Hernández Guerra, fallecido en 1932

Tejeda busca a su científico más ilustre

Los vecinos de pueblo de Tejeda conocen al Doctor Domingo Hernández Guerra porque cada día tienen que recorrer la calle que lleva su nombre, pero realmente muy pocos saben que fue una de las eminencias de la medicina española de principios del siglo XX y que trabajó codo con codo con Severo Ochoa y con Juan Negrín en investigaciones trascendentales en las ciencias de la salud.

Para recordar la figura y la obra de uno de los médicos grancanarios más relevantes de la historia, el Ayuntamiento de Tejeda ha emprendido la búsqueda de sus restos mortales para intentar trasladarlos a su lugar de nacimiento, según desveló ayer Francisco Perera, alcalde del municipio cumbrero.

Aunque se desconoce el paradero exacto, se cree que su cuerpo está enterrado en el cementerio madrileño de La Almudena y, si se logra localizarlo, el siguiente paso será pedir la autorización de sus familiares para la exhumación y reposo definitivo frente al Bentayga y el Roque Nublo, en el sitio en el que vino al mundo el 16 de febrero de 1897. Nació justamente en la denominada Calle Central, luego rebautizada con su nombre. Hijo de labradores, tuvo seis hermanos y dos de ellos también pudieron realizar estudios universitarios en Madrid. Francisco, más conocido en el pueblo como don Pancho, fue oculista. Manuel, el farmacéutico.

De sus familiares cercanos solo viven algunos de sus sobrinos, descendientes también de sus otros cuatro hermanos, Josefa, Concha, Modesta y Heriberto. Según Perera, se mostrado "ilusionados" con la idea de devolver sus restos hasta su tierra natal. José Domingo murió el 2 de octubre de 1932 mientras se ataba los cordones de los zapatos. Tenía solo 35 años de edad, lo que deja la incertidumbre de hasta dónde podría haber llegado su carrera científica de tenido una larga vida.

Testimonios

Un mes antes de fallecer, había viajado a Gran Canaria para visitara sus familiares y asistió a las fiestas del Socorro de Tejeda. Según testimonios orales que han sobrevivido al olvido, uno de esos días de septiembre de 1932 disfrutó con sus parientes y amigos de un sancocho en el Charco Palomas. Fue la última vez que le vieron en su pueblo.

En paralelo a la búsqueda de sus restos, el Ayuntamiento acaba de localizar y comprar dos ejemplares de su obra más importante, Elementos de Bioquímica, que escribió en colaboración con Severo Ochoa, Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1959.

"Hay tres ediciones de ese libro, conocido por los estudiantes como El Guerra, y ya hemos adquirido un ejemplar de la segunda edición y otro de la tercera para exponerlos en el Ayuntamiento de Tejeda", anunció Perera. En las Casas Consistoriales también se conserva uno de los pocos retratos del científico. La otra imagen más conocida de Hernández Guerra es una foto de la década de 1920 en la que aparece junto a Severo Ochoa, Juan Negrín y otros científicos de su laboratorio.

Otro proyecto del Ayuntamiento es editar un facsímil con una recopilación de sus principales trabajos científicos. "Nuestro paisano es una gran eminencia en el mundo de la medicina, pero desconocido tanto en Tejeda como en Gran Canaria, pese a que fue colaborador de Negrín en la República; de hecho, hay quien comenta que si no hubiese muerto tan joven, quizá el premio de Severo Ochoa hubiese sido compartido con él", explicó el alcalde, quien subrayó que "muy pocas personas, salvo los de cierta edad y con parentesco cercano, conocen algo de su vida y su obra".

Los datos aportados por sus descendientes y la biografía publicada por la Real Academia de la Historia refleja su meteórica carrera científica tras salir de Tejeda. En Las Palmas de Gran Canaria estudió en el Colegio San Agustín, como poco años antes había hecho Benito Pérez Galdós. Ello fue posible por el esfuerzo de su padre, que poseía fincas agrícolas en Tejeda, y por el parentesco de su madre, natural de Las Lagunetas, con la familia Negrín. ´

En Madrid, cursó los estudios de Medicina en el Colegio de San Carlos y tuvo como profesor a Santiago Ramón y Cajal. Allí también se inició su estrecha relación con Juan Negrín. En 1916 ingresó como ayudante del Laboratorio de Fisiología de la Junta de Ampliación de Estudios, y al obtener la licenciatura comenzó a trabajar de médico. En 1920 recibió una beca para trabajar en el campo de la Fisiología experimental en el Colegio de Francia, con Eugène Gley y Louis Lapicque. En 1921 se trasladó a Bruselas, donde continuó sus investigaciones con Nathan Zuntz, y luego a Suiza, con León Asher.

Volvió a España en 1922 y obtuvo el doctorado con una tesis titulada La resistencia muscular a la fatiga en condiciones fisiológicas. Fue nombrado profesor auxiliar de la cátedra de Fisiología, que ostentaba Negrín, su maestro y amigo. En 1926, a la edad de 29 años, obtuvo por oposición la cátedra de Fisiología de la Universidad de Salamanca, pero tres años después renunció al puesto porque el sueldo era insuficiente y volvió a Madrid, donde consiguió la plaza de jefe de la Sección de Farmacología Fisiológica del Instituto de Farmacobiología de la Junta de Ampliación de Estudios, lo que le permitió organizar uno de los laboratorios más modernos de España, donde se formó Severo Ochoa, para investigar sobre vitaminas, enfermedades cardiacas o glándulas suprarrenales.

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