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Mujeres que creen en la tierra

Los municipios reconocen el papel de agricultoras, ganaderas o apicultoras en su apuesta por el campo de la Isla | Animan a potenciar más la economía de los pueblos

Gloria Lozano trabaja en sus panales

Gloria Lozano trabaja en sus panales LP/DLP

Son las mujeres del campo. Las que con fortaleza, sacrificio y el coraje que les ha dado toda una vida ligadas a la tierra han sacado adelante a generaciones de canarios. Y también las que, con su trabajo, han aportado recursos y contribuido al desarrollo de su comunidad. Teresa Guedes, Gloria Lozano, Marta Pérez, Carmen Ríos y Bárbara Sánchez han pasado gran parte de su vida vinculadas al sector primario y hoy representan los valores del mundo rural, un mundo que para ellas lo es todo pero que creen que el resto no valora lo suficiente. Y en eso coinciden: el campo debe potenciarse aún más. Estas cinco mujeres son solo una representación de aquellas que hacen la tierra y que esta semana han sido reconocidas por los ayuntamientos de sus respectivos municipios por el Día Mundial de las Mujeres Rurales, que se conmemora cada 15 de octubre.

Apicultura, ganadería, agricultura o al negocio de las tiendas de aceite y vinagre. Y el más importante de los trabajos: ser madres. Cada una de estas cinco mujeres atesora los recuerdos y los conocimientos de una vida conectadas al sector primario y que, aún hoy, continúan ejerciendo. Labores además que intentan trasmitir a las generaciones venideras porque, como solo ellas saben, atender adecuadamente el campo es primordial para obtener alimentos.

La agricultora y ganadera Teresa Guedes rodeada de familiares y la alcaldesa de Ingenio, Ana Hernández LP/DLP

A su 86 años, la ingeniense Teresa Guedes, vecina de Lomo Caballo, en La Pasadilla, continúa levantándose cada día a las cinco de la madrugada, hace su cama, desayuna y sale a su finca a atender a las 18 cabras cuya leche vende a Quesos Flor Valsequillo. Y desde bien pequeña su vida ha estado ligada al sector primario. Teresa ha pasado “mucho trabajito desde chica”, porque se quedó huérfana de madre con tan solo siete años y, junto a sus hermanos, se vio obligada a coger la hoz y segar los cultivos de su padre, un hombre que sacó adelante él solo a seis hijos trabajando en pozos de agua. “Nunca nos acostamos a dormir sin comer ni nos faltó un trozo de pan”, recuerda.

A los ocho años comenzó a hacer queso, y a las 13 empezó a cultivar tomateros durante varias zafras, primero en El Salobre y luego en la Montaña de Las Carpinteras, en San Bartolomé de Tirajana. Trabajó hasta los 46 años, cuando decidió quedarse en casa con su marido, Francisco Guedes, para atender a sus animales. Hoy es madre de seis hijos y abuela de 14 nietos. “Estoy muy orgullosa porque se me reconoce toda una vida dedicada al sector primario”, relata Teresa, “siempre he trabajado y nunca he dependido de nadie para nada; lo que tengo es porque me lo he ganado con el sudor de mi frente”.

La vida para Teresa ha sido dura, pero muy satisfactoria. Sin embargo, después de tantos años vinculada a este sector, ahora reconoce que hoy “el campo no da para comer, antes sí; se cogía trigo, cebada y pasto para los animales, pero hoy está abandonado”. Y eso le sienta mal porque “es lo que nos da de comer; antes la gente tenía de todo e intercambiaba alimentos, pero hoy nadie tiene nada”. Y en medio de su vorágine laboral criaba a seis chiquillos. “Ha sido difícil ser una mujer de campo y cuidar a ser hijos; no había las mismas posibilidades que hoy, pero aún así todos salieron adelante y a nadie le faltó la leche y el gofio”, rememora. Salieron adelante ellos y también ella. Y lo seguirá haciendo dando guerra con sus cabras mientras pueda.

Marta Pérez en un encuentro con el alcalde de Santa Lucía de Tirajana, Santiago Rodríguez LP/DLP

En la misma comarca del Sureste, pero en Santa Lucía de Tirajana, residen otras dos mujeres rurales, Marta Pérez y Gloria Lozano, reconocidas en este caso por su labor en la apicultura. Casualmente, ambas llevan tres décadas dedicadas a la producción de miel, se incorporaron a este sector por herencia familiar y lo hacen como entretenimiento y autoconsumo.

Marta Pérez, de 68 años y residente en Doctoral, es copropietaria de una empresa de desatasco de alcantarillas y lleva 30 años vinculada a la apicultura, una actividad que comenzó como hobby aunque confiesa que si volviese a nacer elegiría esa labor como profesión porque es lo que le gusta. Registró sus panales hace 20 años en Risco Blanco, en las medianías de San Bartolomé de Tirajana, pero traía la apicultura en los genes, dado que su bisabuelo, sus abuelos y un tío ejercían esta labor. Y con ella se acabará la tradición familiar, cree, si una de sus sobrinas no la continúa. “Es una pena que la juventud no se implique en la apicultura; el día en que las abejas fallen, nos moriremos todos porque no se polinizan las plantas y no habrá frutos ni antibióticos”, relata, “la vida de la abeja es una empresa organizada y nosotros deberíamos aprender de ellas”.

“Es una pena que la juventud no se implique en la apicultura; el día en que las abejas fallen, nos moriremos todos porque no se polinizan las plantas y no habrá frutos ni antibióticos”, lamenta Marta Pérez

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Tiene cuatro panales con los que produce apenas seis litros de miel al año para consumir en casa y que atiende, si no requieren de más cuidados, una vez al mes. “Si por mi fuera estaría allí todos los días observando cómo entran y salen del habitáculo; las abejas con un mundo”, cuenta. Está orgullosa de su vida ligada al sector primario, aunque añora contemplar todas las tierras de cultivo sembradas, con recuerdos tan marcados como la pérdida de su última colmena y la aparición semanas después de nuevas abejas en la estructura. “El campo hay que tratarlo como se merece, hay que cuidarlo”, advierte.

Valor del sector primario

Su reconocimiento tiene un significado importante porque “reconoce a todas las mujeres que están en el anonimato, que son esclavas del trabajo y que hacen el trabajo que siempre han hecho los hombres demostrando que son igualmente válidas y que tienen cabida en el sector”.

Gloria Lozano, por su parte, tiene ocho colmenas en el barranco de Los Cernícalos de Telde y desde joven le ha apasionado el mundo de las abejas. “Me enorgullece el reconocimiento porque se le da valor a la apicultura y a las mujeres que la ejercen”, afirma. Esta mujer, de 54 años y esteticista de profesión, produce 20 kilos de miel al año.

Gloria considera que el sector necesita potenciarse más. “El problema que tenemos los apicultores es que no llueve y la escasez de néctar y pólenes hace que las colmenas estén débiles y tengamos que alimentarlas, aumentando así los costes de producción”, señala. Por eso considera que el sector profesional necesita ayudas para subsistir y destaca el trabajo de Apigranca como asociación que lucha por los intereses de los apicultores.

Veía un futuro negro al sector, pero reconoce que durante la pandemia “parece que la gente ha vuelto a mirar al sector primario”. “Con la Covid nos damos cuenta de que el campo es más importante que nunca; si lo hubiésemos potenciado más, hoy habríamos estado en otra situación económica”, apunta. A lo largo de su trayectoria ha realizado cursos en Guadalajara y en EE. UU. “Cada vez que viajo intento visitar a algún apicultor porque siempre puedo aprender algo nuevo”, sostiene.

Bárbara Sánchez junto a sus animales en Teror LP/DLP

No así Bárbara Sánchez, quien en los últimos 30 años solo ha tenido vacaciones en su luna de miel y visitas por la Isla. Y es que para esta terorense, la ganadería lo es todo. “Llegué a esto por hobby cuando me casé y ahora es mi sustento; te tiene que gustar porque si no no se aguanta”, dice. Se dedica al engorde de sus ahora 23 cabezas de ganado y este reconocimiento le ha cogido por sorpresa. “Da ilusión para seguir adelante porque reconoce un trabajo sacrificado que no te permite ni vacaciones”, señala.

Es feliz con su trabajo, aunque esté poco valorado. “Nunca me he sentido discriminada, es un trabajo para el cual estoy cualificada”, apunta, “pero es una labor que se ha dejado de lado; con la crisis nos hemos dado cuenta de que es un sector primordial”. Así, cree que somos más consumistas que productivos. “Tenemos las neveras llenas sin darnos cuenta de dónde vienen los alimentos”. Y para resolverlo, Bárbara apuesta por la educación en las escuelas. “Hay que instruir a las nuevas generaciones”, afirma.

Se levanta cada día a las siete de la mañana y después de sus labores se marcha al establo con la pena de que nadie seguirá la tradición familiar. “A mis hijas les gusta, pero tienen otras aspiraciones”, relata. Mientras tanto, ella todavía tiene camino por delante. “A las mujeres del campo se les reconoce, pero todavía hay pocas; si descubren lo que les gusta estarán satisfechas”.

El alcalde de Guía, Pedro Rodríguez, entrega el reconocimiento a Carmen Ríos LP/DLP

Y de Teror a Guía. Allí, Carmen Ríos la de Bascamao, de 68 años, regentó durante cuatro décadas una tienda de aceite y vinagre que reconvirtió en un bar cuando se jubiló. Pero su vida laboral comenzó mucho antes, cuando era pequeña y ayudaba a sus familiares y vecinos a lavar la ropa acercándoles el agua sujetando cacharras sobre su cabeza. “Yo desde pequeña me sentía una persona rural; ayudaba a todo el mundo para que tuvieran un poco de agua y con eso ya me daba por satisfecha”, confiesa Carmen, quien se ha mostrado orgullosa por su reconocimiento porque considera que se lo merecía. “El que siembra, recoge”, afirma.

Durante años ejerció la agricultura ayudando a su padre en las fincas de papas y a segar las ramas, hasta que se casó. Y ya en su tienda Carmen se ganó el cariño de sus vecinos. “Siempre tuve el cariño de la gente, y también mis hijos, aunque ninguno quiso seguir con la tienda ni el bar”, recuerda.

Considera importante el papel histórico de la mujer porque “siempre hemos colaborado en todo”, sobre todo en el campo. Un campo que se ha abandonado. “Si mi padre reviviera y viera cómo de secas están sus tierritas volvería a morirse”, lamenta. “Antes Bascamao en mayo era un jardín plantado de papas, millo o judías, pero hoy no hay nada; nadie se hace rico con la tierra, hay que hacer muchos números”. Ahora, solo dos de sus seis hijos se dedican al sector primario. Pese a todo, está orgullosa de su vida.

“Yo desde pequeña me sentía una persona rural; ayudaba a todo el mundo para que tuvieran un poco de agua y con eso ya me daba por satisfecha”, confiesa Carmen Ríos

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Carmen, Bárbara, Marta, Gloria y Teresa son solo cinco ejemplos de mujeres luchadoras que durante años han dado su vida por el campo y que ahora recogen lo que durante décadas han sembrado: la satisfacción y el orgullo de ser mujeres que creen en la tierra.

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