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Arucas

Emprender contra viento y pandemia

Los jóvenes Ana Knudsen y Octavio Sanchez abren una ludoteca en plena crisis sanitaria

Emprender contra viento y pandemia

Emprender contra viento y pandemia

Un sueño de tres años por abrir su propio centro infantil llevó a los jóvenes Ana Knudsen y Octavio Sánchez ha convertirse en peones obreros para montar con sus propias manos una ludoteca de 1.200 metros cuadrados que abrió en plena pandemia, y con un final de éxito en forma de una treintena de pequeños.

Ahí están. Son 35 pollitos saltapericando, jugando, dándose trastazos o, cuando no, atendiendo con los ojos como platos el cómo son las hojas secas del otoño. Un grupo de niños de uno a tres años que hoy son el símbolo del éxito de una empresa nacida en plena pandemia, en la que ni el confinamiento, ni las trabas impuestas desde el pasado mes de marzo, tanto legales como sanitarias, han podido con el tesón de dos jóvenes isleños, Ana Knudsen Iniesta, de 28 años, y Octavio Sánchez Delgado, de 31.

El logro se llama El jardín de Ana, un centro infantil que funciona como servicio de guardería por las mañanas y como ludoteca por la tarde, ubicado en la urbanización San Francisco Javier de Arucas, y levantado palmo a palmo a cuatro manos.

La idea nace en octubre de 2017, y el martillazo al primer clavo de la obra se pega el 15 de octubre de 2018. Por delante queda alicatar, pavimentar, electrificar y dotar de todo aquello que El jardín de Ana necesita sobre 1.200 cuadrados de superficie. A pelo.

Desde su reciente apertura el centro infantil cobra vida con sus 35 felices pequeños

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Octavio es una suerte de navaja suiza. Informático, monitor de ocio y tiempo libro en campamentos de Estados Unidos y un manitas en formato Bricomanía. Y Ana es titulada en Educación Infantil por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, con ocho años de experiencia en las escuelas infantiles de la capital, y también peón a tiempo completo mientras duraron las obras. “A veces quince horas diarias, con el bombo, cemento, pintura, el pladur, pon tú que he envejecido diez años”, ríe Knudsen, canaria de pura cepa a pesar del noruego apellido. “Mi abuelo que era marino se enamoró en Mogán, y ahí se quedó”.

Todo iba viento en popa, a pesar de la marejada propia de la burocracia, “pero cuando faltaba por cementar el patio llega la pandemia, todo se para, incluida las disposiciones legales, y tuvimos que reiniciar los trámites”.

Una auténtica jaqueca. “Te mandan un requerimiento, tú lo contestas el mismo día, y de nuevo a esperar meses por una contestación”. Esto, para una pareja que “en un día éramos capaces de ponerle todo el parqué a una sala”, supone como enrocar un ancla en lo hondo del marisco.

Con todo terminan la obra y obtienen los permisos en agosto. Casi justo cuando ha acabado el estado de alarma preparan una jornada de puertas abiertas, “con una demanda de 70 personas que querían venir a verlo…, pero vuelven los rebrotes”. Ahora Canarias es uno de los puntos calientes con mayores contagios del país. “Pues vamos a esperar”.

Desde el 2018 han hecho de peones equipando con sus manos 1.200 metros cuadrados

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Hasta el 1 de septiembre, que es cuando se abre El jardín de Ana, y que queda de lo más animado con 25 pequeños. A los que se suman otros diez más. “Y de aquí a enero, otros diez más”, cuenta Ana con el mismo entusiasmo con el que colocaba el pladur, pero ahora con la tranquilidad de que el buque navega a toda máquina.

Hoy el Jardín está dividido en aulas para niños de uno a dos años, y otra de dos a tres, y ya cuentan con otra compañera más, Patricia Ramos Sosa, también profesora de educación primaria, técnico en educación infantil, y con una experiencia de once años trabajando en las escuelas. En la mañana de ayer andaba liada en una mesa de tamaño gnomo enseñando a un grupo de enanos qué es el otoño, y qué los colores amarillos, mientras un aspirante al arte abstracto pintarrajeaba la pizarra en lo que probablemente sea una de sus primeras grandes obras.

La creciente demanda pone a tiro la contratación de otra persona más, según explica Ana, en un pequeño alto entre cambio de pañales a granel, y un plan de actividades que comienza por las mañanas con lo que denomina “la asamblea, donde los pequeños se dan los buenos días, se cuentan entre ellos, se les pregunta qué tiempo hace, se les dice lo que vamos comer y se nombra al encargado del día”.

Y más aún. “Cuando termina la asamblea, cantamos la canción del otoño, que es lo que ahora toca”. Pero, ¿los chiquillos, a gusto? “Bueno, hay niños que lloran porque no se quieren ir, y uno que hasta tenemos que levantarlo y llevarlo hasta la puerta”.

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